lunes, 28 de septiembre de 2015

PALABRAS DE MUSEO

Entre tantas buenas noticias se nos había pasado contarles esta: Ferrowhite es uno de los ganadores del concurso "Palabras de Museo" organizado por el Museo de las Escuelas de la ciudad de Buenos Aires.



El jurado seleccionó 16 textos finalistas y 5 fueron los ganadores. "Todos estos textos pasaran a formar parte del 'Banco de buenas prácticas de escritura de textos para exposiciones' y serán exhibidos en la muestra PALABRAS DE MUSEO 2015."

COSAS EN COMÚN




El pasado sábado 26 de septiembre participamos de las “II Jornadas de Prácticas comunitarias en museos y espacios culturales”, organizadas por la Asociación de Trabajadores de Museos.

Lo hicimos junto al Museo del Puerto contando nuestras “Cosas en común”, una ponencia en la que a partir de un pellet de polietileno y un bidón hecho con millones de esas bolitas plásticas, intentamos compartir dos prácticas que llevamos adelante a la hora de pensar a los museos como agentes de sus propios territorios. Una que tiene que ver con pensar a las cosas que nos rodean cotidianamente como objetos de indagación y otra que hace del museo un taller, es decir, un activo espacio de trabajo.

Del encuentro también participaron Claudia Villamayor, docente de comunicación popular de la Universidad Nacional de La Plata y l*s colegas del Museo IMPA (Industria Metalúrgica y Plástica Argentina) del Trabajo, del Ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio “Club Atlético”, de la FM “La tribu”, del Museo Etnográfico “J. Ambrosetti” y del Museo de la estancia jesuítica de Alta Gracia.

Juntarse para compartir experiencias, dudas y por qué no también las inquietudes políticas que surgen después de preguntarse por el para qué de nuestras prácticas cotidianas. Acaso, para “hacer teoría”, como alguien dijo ese día, entendiéndola no como algo que está por fuera de la realidad sino precisamente como las ideas que surgen (y permanentemente se cuestionan y replantean) a partir de la práctica, propia y situada.

Aprender haciendo, que tal vez sea lo mismo que aprender habitando.

jueves, 24 de septiembre de 2015

TRABAJADORES DE MUSEOS

Nos vamos a Berazategui. Junto al Museo del Puerto participamos de las II Jornada de Prácticas Comunitarias en Museos y Espacios Culturales.

Un pellet de polietileno y un bidón vacío son el punto de partida para compartir la experiencia de trabajo de dos museos que habitan una misma localidad: Ingeniero White, puerto de la ciudad de Bahía Blanca. Ferrowhite museo taller y el Museo del Puerto se juntan para indagar en estos objetos -¡que nos rodean cotidianamente!- y preguntar a partir de ellos, qué significa, cuáles son los límites y qué implicancias tiene la noción de “comunidad” en este puerto transnacional.

domingo, 20 de septiembre de 2015

"LOS LOCOS DE LA SIEMPRE VERDE"


"Conozco la canción", hace un ratito, en el museo.

jueves, 17 de septiembre de 2015

martes, 15 de septiembre de 2015

MANOS A LA OBRA


Desde hace tres meses venimos trabajando junto a la Asociación Amigos del Castillo en la recuperación de una de las salas de la ex usina General San Martín y en la apertura del paseo “La Rambla de Arrieta”. Dos obras que buscan colaborar con aquello que tantos, desde hace tanto, reclaman como un derecho evidente: “entrar al castillo” y “salir al mar”.

La sala en cuestión se encuentra ubicada en la planta baja de la usina, sobre una superficie de alrededor de 200 metros cuadrados. Un estudio realizado por especialistas del Departamento de Geología de la UNS certificó que en el lugar no hay asbesto, material contaminante presente en otros sectores del edificio. Por lo que la obra a encarar consistirá, en primer lugar, en aislar este recinto del resto de la construcción, y en realizar una limpieza de acuerdo con los protocolos de seguridad sobre el tema, para avanzar luego en su acondicionamiento como nueva sede para los talleres que el museo realiza. Es decir, como un espacio en el que la historia del trabajo que Ferrowhite elabora se tense y traduzca en trabajo comunitario.



Con la Rambla de Arrieta nos proponemos crear en torno al castillo un paseo público con vista al canal principal de la ría de Bahía Blanca. O sea, convertir en una posibilidad cotidiana aquello que el museo viene tanteando con cada recital, cada visita escolar, cada fiesta realizada en los últimos años al borde de las aguas más complejas del planeta. Complejas, sí, porque en este puerto pasa de todo, lo advirtamos o no. La Rambla es un enclave privilegiado para comprender procesos en los que naturaleza e historia no pueden concebirse por separado, pero además quiere ser un lugar para pasarla bien. Un sitio para afirmar que en el paraíso de la soja y el polietileno, también se vive de cara al sol.

Desde que fue inaugurada por las Empresas Eléctricas de Bahía Blanca (una filial de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad), el 1° de octubre de 1932, hasta su salida de servicio el Día de los Inocentes de 1988, la Central General San Martín bautizada en un principio "Ingeniero White", iluminó durante décadas a toda la ciudad. Allí se produjo la energía necesaria para activar elevadores y muelles, pero también cada una de las lamparitas, heladeras, radios, lavarropas y televisores que fueron poblando los hogares de la región a lo largo del siglo XX.

Primero el apagón y luego el desguace convirtieron a la usina en un agujero negro del patrimonio público. Su recuperación forma parte de un proceso que, más allá de los proyectos fastuosos que el castillo comprensiblemente inspira, confía en la labor sostenida y cotidiana junto a las personas que habitan, en concreto, este lugar. Un itinerario que inició allá por 2002 con la restauración del Taller Regional de Mantenimiento, espacio en el que funciona Ferrowhite desde fines de 2004; que continuó con la puesta en valor de la residencia del jefe de planta, convertida en el café La Casa del Espía; con la regeneración del parque de la usina y con el despliegue de innumerables actividades en la última década.



Las obras en la Rambla y la usina son posibles gracias al apoyo, ganado en concurso, del Fondo Argentino de Desarrollo Cultural y del programa “Puntos de cultura” de la Secretaría de Cultura de la Nación, al aporte de la Fundación Cargill, y a la colaboración de los guardaparques de la Reserva Natural Bahía Blanca, Bahía Falsa, Bahía Verde.

lunes, 7 de septiembre de 2015

YO ACUSO

Entre las actividades de El Museo Reimaginado se llevó a cabo un juicio simulado al uso de dispositivos electrónicos móviles en los museos. Por alguna razón que aún no puedo determinar, se me pidió participar de esta puesta en escena testimoniando en favor de la fiscalía. Demás está decir que el acusado fue absuelto. Y está bien. No es cuestión de acusar o defender tal o cual tecnología sino de "favorecer sus usos convenientes", y sin embargo...



Sr. Juez, miembros del jurado, público presente,

Debo confesar que dudé en responder al llamado de la fiscalía. No tengo para ofrecer ninguna prueba contundente ante este estrado. Traigo conmigo, en cambio, algunos interrogantes y la impresión de que, inocente o culpable, no es para nada fácil trazar el identikit del sospechoso que hoy sentamos en el banquillo, como tampoco resulta simple caratular el presunto delito que se le imputa.

Para fundar nuestro juicio sobre los dispositivos electrónicos no alcanza con someter a examen la utilización en nuestros museos de, por ejemplo, este teléfono [saco mi celular del bolsillo y lo muestro]. Lo que aquí estamos juzgando no son las obvias virtudes de tal o cual artefacto sino el intrincado entramado de intereses al que estas tecnologías sirven. Porque cuando nos referimos al uso de dispositivos electrónicos en los museos estamos hablando, en realidad, del problema de la técnica entendida como fenómeno civilizatorio, es decir, como ese sistema de creencias, modos de imaginar y experimentar la vida que vuelven al día de hoy casi impensable vivir sin este aparatito, e incomprensible la experiencia de aquellas personas e instituciones cuya concepción del mundo prescindió hasta hoy, en lo esencial, de él.

Supongo que por eso me convoca la fiscalía. Porque mi oficio suele ponerme al otro lado -el lado oscuro- de la "brecha digital". Desde ese lugar tenebroso llego aquí para advertirles: los dispositivos electrónicos no vuelven nuestros museos necesariamente más atractivos a los ojos de quienes los visitan, ni siquiera de los más jóvenes. Los “smartphones” no nos convierten en “smart people”. No nos dotan de mayor “definición”. No “aumentan” nuestra realidad. Ninguno de los atributos predicados sobre este aparatito [vuelvo a mostrar el celular] se transfieren por arte de magia a su portador. Puede, por el contrario que nuestro afán por estar a la moda, por implementar el último gadget tecnológico, licúe aquello que nuestros museos tienen para contar, nos distraiga de lo que vuelve nuestra tarea realmente relevante para la sociedad de la que somos parte.



Trabajo en Ferrowhite. Un pequeño museo al sur de la provincia de Buenos Aires dedicado a la historia del trabajo en el ferrocarril y el puerto de Ingeniero White. La colección de mi museo no es otra cosa que un montón de herramientas que ya no sirven para nada. Y la mayoría de sus colaboradores espontáneos un montón de personas cuyo trabajo en más de un caso dejó de ser considerado útil porque una máquina, controlada por un dispositivo electrónico, ocupó en algún momento su lugar. Quien sabe si, en mi situación, no me convendría testimoniar hoy en favor de la defensa. Se me dirá que simplifico pero, en definitiva, si yo tengo trabajo es porque muchos de mis vecinos ya no. Debería ser agradecido con esta circunstancia. El celebrado cambio tecnológico acabó con el pleno empleo en White y, de manera irónica, generó la necesidad de abrir un museo del trabajo para, como dicen los psicoanalistas, "elaborar el duelo".

El caso no es novedad. Forma parte de una consolidada tendencia del mundo capitalista. Puede que el asunto les resulte lejano o ajeno pero me temo que los museos, incorporados desde hace rato a la industria del espectáculo, tampoco se encuentran a salvo de este problemita. En realidad, desde que el software “tomó el mando”, cuesta imaginar qué competencia humana económicamente relevante no podrá ser desempeñada por alguna máquina en un futuro más o menos mediato. Esto vale incluso para la periferia de la periferia. El Instituto Cultural de Bahía Blanca implementó hace poco un tour virtual por los museos de mi ciudad. Ahora podés recorrer Ferrowhite sin necesidad de visitarlo, interactuando desde tu teléfono con fotos panorámicas en 360 grados. Me pregunto si mis días de acompañar visitas no estarán contados.

Los dispositivos tecnológicos mejoran la productividad de nuestra labor. Pero junto con las ventajas innegables que suponen, modifican la naturaleza de nuestro trabajo y abren, en el largo plazo, la posibilidad de reemplazarlo. Esto no resulta necesariamente malo para todos. La situación tiene, desde luego, sus claros beneficiarios. En primer lugar, ha maximizado las ganancias de los dueños de las máquinas; en segundo, ha abierto inéditas oportunidades para aquellos que las diseñan, construyen y programan; y por último, aunque varios escalones más abajo, representa una chance de prosperidad para quienes son capaces de adquirir las competencias necesarias para operarlas creativamente. Gente importante, sin duda, pero poca. ¿Qué es entonces lo que hace que el interés de este grupo, por necesidad reducido, pase por el de toda la población? La única alternativa concebible a las consecuencias no deseadas de la innovación, se nos dice, es volvernos más competitivos a fuerza de ser aún más innovadores. Como actores de la cultura, somos conminados a educarnos y a educar para las nuevas tecnologías, o a atenernos a las consecuencias. Tal parece que, con nuestra mochila decimonónica a cuestas, los trabajadores de museos corremos con desventaja en esto. Nuestro temor a que nos tilden de anticuados, a que confundan nuestra edad mental con la edad de nuestras colecciones, es síntoma de vulnerabilidad ante el gran mandato contemporáneo.



Pero mi propósito no es asustarlos con un viejo argumento luddita. Tranquilos. Puede que el acusado y su equipo de abogados no atenten en lo inmediato contra vuestras fuentes de trabajo. Mi testimonio busca apenas recordar aquello que en el lugar del que provengo no puede ser olvidado, o sea, el contexto histórico en el que el imperativo de la innovación tecnológica, y sus progresistas augurios de conectividad, horizontalidad y creatividad colectiva, suelen desenvolverse: todo cambia, pero el creciente poder de las nuevas tecnologías permanece en manos de aquellos que las utilizan como una fuerza de dominación, mientras se apropian privadamente de los conocimientos y riquezas que ese poder genera. Esto no es sólo cuestión de cómo las tecnologías se usan sino de las posibilidades implícitas en su diseño y distribución segmentada, asuntos por los que, lamento recordarles, ningún invento es “inocente” o “neutro”.

Y aquí es donde los dispositivos electrónicos -más precisamente, eso que solemos llamar TICs (Tecnologías de la Información y la Comunicación)-, me resultan tan obviamente atractivos como específicamente inadecuados a la hora de abordar la experiencia vital del pequeño museo que represento. Con su capacidad de conexión remota y móvil [muestro el teléfono por última vez], este telefonito liquida el clásico efecto de clausura que el museo produce en los visitantes que ingresan a él. Hemos llegado a concebir la distancia que las paredes del museo imponen con el resto del mundo cómo la rémora de un pasado autoritario que debemos abolir, sin percibir que el poder ha cambiado hace rato de paradigma. La chance de experimentar un aquí y ahora no mediado por dispositivos electrónicos representa hoy una oportunidad para el pensamiento crítico antes que una mera desventaja.

Estas palabras que leo las escribí en un dispositivo electrónico. Eso debería bastar para anular la validez de mi testimonio pero también la posibilidad misma de este juicio. Uno de los problemas de la crítica de la tecnología es que no existe un punto exterior con respecto a lo que se critica. ¿Cómo juzgar soberanamente aquello en lo que estamos inmersos? ¿Cómo absolver o mandar al calabozo aquello de lo que somos inadvertidos y gozosos rehenes? Puede que, en lugar de ceder a su aggiornamiento compulsivo, museos como Ferrowhite constituyan una oportunidad estupenda para poner a las nuevas tecnologías en perspectiva con las viejas.



Cada innovación tecnológica trae consigo un potencial paradójico de promesa y amenaza. Ese es, ni más ni menos, el secreto que cuentan las viejas herramientas que guarda Ferrowhite. Nosotras fuimos el invencible futuro murmuran las llaves y las tuercas de una locomotora a vapor que ya no existe. Nosotras prometimos prosperidad, progreso indefinido, una humanidad liberada. Y todos, a su manera, nos creyeron. Los liberales y los socialdemócratas, los marxistas y los fascistas, nos creyeron. Tu abuelo nos creyó. Nosotras fuimos sus lentes de realidad aumentada, su internet 3.0, su dron. Y mentimos. Cumplimos sólo a medias. Fuimos el paraíso para algunos y el infierno para muchos otros. Eso confiesan al oído las herramientas obsoletas, pero sólo a aquel que esté dispuesto a guardar por un rato el bendito teléfono en el bolsillo para sostener entre las manos su tremendo peso.

domingo, 6 de septiembre de 2015

VIDA Y OBRA

Durante las jornadas "El Museo Reimaginado" participamos de la mesa "Los museos cambian vidas. Nueva visión de museos comunitarios.", en la que aprendimos de la experiencia de colegas brasileros, ingleses, estadounidenses y mexicanos. Junto con unas cuantas fotos que no podemos reproducir acá, presentamos a Ferrowhite contando más o menos lo que sigue.



No estoy en condiciones de garantizar que Ferrowhite le haya cambiado la vida a alguien -o en todo caso, no me corresponde afirmarlo- pero sí tengo claro que este museo no sería el que es al margen de la trayectoria vital de un montón de gente. Así que para introducir diez años de labor en diez minutos cronometrados se nos ocurrió que podíamos contarles un poco sobre dos de esas personas: Adolfo Repetti y Pedro Caballero. O, mejor dicho, acerca de cómo Adolfo, Pedro y muchos otros cambiaron nuestra manera de entender qué es este museo, cuál es su patrimonio y por qué tiene valor.

Ferrowhite es un museo ferroviario. Pero la mayoría de los objetos que guarda no fueron donados por el -hasta 1992- Ferrocarril Nacional General Roca. Tampoco por los concesionarios privados que vinieron después. Todas esas cosas están en el museo porque algunos ferroviarios supieron tomarlas del lugar en el que estaban y con, o sin, el visto bueno de sus jefes, lograron llevárselas a su casa. A nadie se le ocurriría decir, sin embargo, que las robaron. Estiraron la mano cuando ya se veía cuál iba a ser el destino de la empresa estatal, es decir, cuando fue evidente que el verdadero robo era aquel que ocurría a la vista de todos y con firma de ministro. Es cierto, no todo el que se llevó algo lo trajo al museo después, pero también es verdad que si en nuestras salas no exhibimos una locomotora se debe, en definitiva, a que nadie encontró la manera de hacerla caber en un bolso. Al menos por ahora.



Una de mis primeras tareas en Ferrowhite consistió en acompañar a Adolfo Repetti en busca de un lote de herramientas arrumbado en el viejo Hotel de Inmigrantes de Bahía Blanca. Me acuerdo porque traerlas costó. Esos fierros pesaban. Fue durante una de aquellas excursiones que ayudando a cargar una bigornia sobre la camioneta de la Delegación Municipal, sentí por primera vez el dolor de cintura que cada tanto me recuerda la trágica obviedad de que no seremos jóvenes ni estaremos vivos para siempre. La bigornia podría haber terminado en una fundición y mi cintura, junto con mi sentimiento de eternidad, hubieran permanecido a salvo, al menos por un tiempo. Pero no, fue a parar al museo. Una, y otra, y otra vez, martillan con empeño los chicos de las escuelas que mis compañeros guían. TAN, TAN, TAN, golpean los visitantes domingueros que llegan al museo para descubrirse mortales. Y acaso resultó así porque quienes en los años noventa lograban la pequeña proeza de robarle al ladrón, entendieron además que la porción escamoteada del botín no formaba parte exclusiva de su interés o memoria personal, sino que funcionaba también como el nexo necesario con una historia considerablemente más amplia.

En una Argentina en la que el desguace de la empresa ferroviaria estatal se llevaba a cabo con la anuencia de buena parte de la propia "familia ferroviaria" y la abierta complicidad de sus cúpulas sindicales, ferroviarios como Adolfo Repetti nos dejaban, con su tesoro, una pregunta difícil de responder: ¿De qué somos dueños en este museo? Pregunta complicada, porque en tanto sobre las cosas sí se puede, sobre el interrogante no parece posible colgar ninguna etiqueta de inventario. De la vitalidad de esta pregunta, ambicionamos al borde del delirio, depende la potencia política de este modesto museo municipal: de la posibilidad de examinar con lupa el descontado, "natural", reparto de los bienes producidos por nuestra sociedad.

Puede entonces que lo primero que convenga ver en Ferrowhite no sean los objetos que guarda sino las manos que los sostienen. Porque además de un museo sobre la historia del trabajo en el ferrocarril y el puerto, Ferrowhite es un museo taller. Un lugar en el que las cosas, además de ser exhibidas, se fabrican. Y un museo taller es como la mugre. Deja marcas. Crea una mancha identitaria que viaja debajo de las uñas.

Estas son las manos de Pedro Caballero.



Para decirlo con palabras de Marcelo Díaz, compañero de trabajo entre 2004 y 2010:

"Una llave inglesa es un pedazo de hierro. Pero una llave inglesa en las manos de Pedro Caballero, como en las manos de cualquier otro ferroviario, es un objeto valioso. En esa llave inglesa está el imperio inglés, el trazado urbano de Bahía Blanca con los barrios que quedan a un lado y otro de las vías, el puerto, la Junta Nacional de Granos, el Banco Mundial, el General de los Estados Unidos Thomas Larkin y su plan para “racionalizar” la red ferroviaria argentina, y también está el dirigente gremial Osvaldo Ceci, y los huelguistas del 58, y Hugo Llera, arquero notable que dejó Estudiantes de la Plata para venir a Bahía a trabajar al ferrocarril, en épocas en que un futbolista no ganaba ni la mitad de lo que ganaba un ferroviario!, y la mujer de Hugo, que marchó por Avenida Alem cuando él y todos los huelguistas fueron presos (...) Todo eso sabía Pedro Caballero. Por eso podía donar una llave inglesa al museo diciendo "es un objeto histórico". Porque no hay una Gran Historia y una pequeña historia, no hay una historia de notables y una historia de la "gente común". Hay historia, a secas. Y vida: cambiante, contradictoria, diversa."

Sin embargo, lo que las manos de Pedro sostienen en la foto no es una llave de locomotora. Es un puntal de obra. Si Ferrowhite se armó con las herramientas que algunos ferroviarios se llevaron a su casa, puede que hoy, diez años más tarde, el gran donante de objetos de esta institución no sea una persona sino el mar. Por esa lengua de ría que lame la platea de hormigón sobre la que se levanta el museo, llegan decenas de cosas a diario. Restos, dirá alguno, de ese naufragio en perpetua expansión y fuga que llamamos capitalismo. Aparecen cascos, neumáticos, granos de soja, cartones de vino y, cada tanto, maderas que la marea arrastra desde el flamante muelle de la cerealera Toepfer o las suspendidas obras de la minera Vale.

Pero ¿Por qué valdría la pena incorporar estos deshechos a la colección de un museo? Porque, trabajo mediante, un puntal de obra es la punta de un ovillo. La astilla de un árbol de relaciones que nos lleva, por el espacio y a través de las épocas, del elevador de granos de una cerealera trasnacional a la infraestructura y las labores que han facilitado, a lo largo del tiempo, el negocio agroexportador, con sus cambiantes protagonistas, con la renta, a menudo extraordinaria, que ha sido capaz de generar, y su desigual apropiación por parte de los capitalistas, los trabajadores, la comunidad y el Estado.

Todo un mundo encuentra sostén en este puntal que Pedro pone aquí y a ahora en las manos de todos ustedes, pero comprender eso depende en un punto de que hagamos algo con ese puntal, entre ese preciso puntal y los brazos que se organizan en este lugar para darle un uso imprevisto. Por lo pronto, este humilde objeto encuentra hogar pero también perspectiva histórica, rodeado de cientos de voces y miles de papeles, junto a durmientes de quebracho chaqueño y relojes de roble francés que alguna vez cumplieron su función dentro del gran mecanismo. Con su madera fabricamos cajas de herramientas, bancos de plaza, mesas de bar, las piezas de un juego que nos sirve para estudiar el movimiento portuario junto a las chicas y chicos que nos visitan y, además, este banquito.


Construir en un museo taller implica hacer propias y en ese acto volver una cuestión pública, las prácticas de la escasez, para reconfigurar a partir de la parte descartada una imagen de conjunto que, aún en su parcialidad, nos ayude a advertir las continuidades pero también las alternativas a un orden que suele negociar en el cambio su fundamental permanencia. Misión, para qué les vamos negar, poco menos que imposible, pero a la que vale la pena, creemos, ponerle algo de banca.

A diez años de su inauguración, podemos decir que Ferrowhite no hubiera sido lo que es sin tipos como Adolfo y Pedro, personas que ya no están. Hecho que nos confronta con la idea de que el principal patrimonio de este museo -que no son sus objetos, ni su arquitectura, ni su supuesto ingenio curatorial-, no puede ser conservado. En un museo taller se vive asediado por la sospecha de que, en definitiva, sólo es posible conservar aquello que se transforma y, tal vez -aunque suene raro, ingenuo o temerario-, sólo somos dueños de aquello que se comparte.

¿Y el banquito? El banquito es un punto de apoyo provisorio. Un lugar para deshacernos por un rato de lo que traemos entre manos, para tomar distancia de las cosas que nos ocupan, descansar de ellas o estudiarlas mejor. El banquito es también la oportunidad portátil de tomarnos un respiro y apoyar el culo para empollar una idea. Y es el escalón donde hacer pie para, por fin, pegar el salto.


Esta presentación retoma lo escrito en este mismo blog el 18 de julio de 2009 y el 4 de julio de 2014

viernes, 4 de septiembre de 2015

CORONADOS DE GLORIA, ¡A LABURAR!



Con orgullo demócrata les contamos que El Museo del Juguete y Ferrowhite ganaron ayer "La Coronación", el concurso de proyectos museológicos organizado por la Fundación Typa y la American Alliance of Museums, en el marco de las jornadas "El museo reimaginado". Ahora hay un montón de trabajo por hacer. Y celebramos por eso.



QUÉ RÁPIDO RUEDAN LAS RUEDAS DEL FERROCARRIL
Un museo de juguete para los trenes de verdad

El Museo del Juguete de Boulogne -San Isidro-, y Ferrowhite -museo taller del puerto de Ingeniero White-, se suben al tren de pasajeros que une Bahía Blanca con Buenos Aires para inventar por sus pasillos un pequeño museo ambulante con locomotoras de lata que preguntan: ¿Dónde quedó aquella promesa de un mundo en el que todo iba a marchar sobre rieles?

Existen muchos medios de transporte pero la imaginación, señoras y señores, viaja en tren. ¿Será por eso que existiendo cohetes, submarinos e internet, los chicos siguen jugando con trenes a vapor? En nuestra colección minúscula cabe la historia de un país. O la historia de cómo ese país se soñó a lo largo del tiempo: trenes que acarrean frutas desde la Patagonia, trenes que transportan combustible de YPF, trenes llenos de pasajeros felices en épocas en que “el tren de la alegría no anda por la vía”.

14 horas dura el viaje entre Buenos Aires y Bahía Blanca arriba de la formación de Ferrobaires. 14 horas sobre una ruina que rueda sobre vías que parecen más viejas que el Partenón. Mucho tiempo con poco y nada por hacer. Correr un trencito “Matarazzo” por los pasillos de un coche clase turista que traquetea destartalado, acaso sea la ocasión para tensar la imagen de los servicios ferroviarios de los últimos años -y sus recientes tentativas de recuperación- con los pronósticos de prosperidad que forjaron nuestro imaginario sobre este medio de transporte.

La idea, entonces, es crear un museo en miniatura. Un museo de juguete sobre los trenes de juguete que viaje en tren de Boulogne a Ingeniero White. Un museo con rueditas para llevar las reliquias del ferrocarril soñado hasta los postergados pasajeros del ferrocarril real. Y para jugar, porque de eso depende, en definitiva, nuestra capacidad para modelar el porvenir. Si tenemos éxito, puede que al cabo del trayecto ya no se sepa si viajamos en un tren de juguete o jugamos con un tren de verdad.


martes, 1 de septiembre de 2015

ENVIÓN



El sábado que pasó se festejó el Día del Niño en el barrio Saladero. Y esto dicen los anfitriones de la fiesta, nuestros amigos del Envión Saladero Bulevar:

"Qué bueno nos salió!!!!! Qué alegría tenían los chicos y los grandes!!!
Homenaje y agradecimiento, a todos los que fueron participantes activos, en este proceso en los festejos del 'Día del Niño Barrio Saladero'. (...)

GRACIAS TOTALES:
Sociedad Vecinal Barrio Saladero, Museo del Puerto de Ing. White, E.P. Nº 40, Museo Ferro/White, Amigas del Castillo del Museo Ferro/White, Asociación Amigas del Museo del Puerto, Montañeros De Santa María de Ing. White, Murga 'Los Rumberos', Murga 'Fileteando Ilusiones', Profes de danzas Helena Sepulveda y Matías Moreno, Asociación Cooperadora del Centro de Salud Leonor Natali de Cappelli, Envión Saladero-Boulevard, Cargill, Profertil, Central Termoeléctrica Piedrabuena, Municipalidad de Bahía Blanca."