domingo, 29 de mayo de 2016

DOLOR

Ferrowhite y la Asociación Amigos del Castillo comunican que el evento programado para esta tarde queda suspendido y expresan su dolor por la muerte de Micaela Ortega.

Hasta mañana lunes, el museo permanecerá cerrado.

sábado, 28 de mayo de 2016

PASARÁ, PASARÁ, PERO EL ÚLTIMO QUEDARÁ

"Qué rápido ruedan las ruedas del ferrocarril", la muestra de trenes de juguete qué circuló por el tren de verdad, llegó a su fin. Y el final nos encontró jugando.

Casi ninguno de los chicxs que nos acompañaron hoy viajó alguna vez en tren. Pero a todos les gustaría. Los trenes que imprimimos, pintamos, recortamos y armamos esta tarde, van cargados de esas ganas. La historia del ferrocarril no sólo mueve recuerdos, también tracciona expectativas.

Gracias a Cecilia Pitrola, Susana Maresca y Marcela Giorla del Museo del Juguete, gracias a los amigos del Envión Saladero Bulevar y al maestro maquinista Néstor Ibarra. Gracias a todos los que se acercaron al museo esta tarde. Como no podía ser de otro modo tratándose de locomotoras y vagones, terminamos todos enganchados. La pasamos buenísimo.








jueves, 26 de mayo de 2016

TREN PARA ARMAR

La muestra itinerante que paseó una colección de trenes de juguete de todas las épocas por los vagones del servicio ferroviario que viaja entre Constitución y la Estación Sud, llega a su fin. Y lo hace con un taller para chicos y no tan chicos que pondrá en marcha una gran fábrica de locomotoras y vagones de cartón. Armá tu tren y volvé en él a tu casa.

Vienen a jugar al "Cartero" y al "Martín Pescador" los amigos del Museo del Juguete de San Isidro, socios en este proyecto que ganó en octubre pasado el concurso "La Coronación", organizado por la Fundación TyPA, de Argentina, y la American Alliance of Museums, de los Estados Unidos, en el marco de las jornadas "El Museo Reimaginado".

La actividad es gratuita y para todo público. No se suspende por lluvia ni hace falta inscripción previa.


QUÉ RÁPIDO RUEDAN LAS RUEDAS DEL FERROCARRIL
Un museo de juguete para los trenes de verdad

El Museo del Juguete de San Isidro y Ferrowhite -museo taller del puerto de Ingeniero White-, se subieron al tren de pasajeros que une Bahía Blanca con Buenos Aires para inventar por sus pasillos un pequeño museo ambulante con locomotoras de lata que preguntan: ¿Dónde quedó aquella promesa de un mundo en el que todo iba a marchar sobre rieles?

Existen muchos medios de transporte pero la imaginación, señoras y señores, viaja en tren. ¿Será por eso que existiendo cohetes, submarinos e internet, los chicos siguen jugando con trenes a vapor? En nuestra colección minúscula cabe la historia de un país. O la historia de cómo ese país se soñó a lo largo del tiempo: trenes que acarrean frutas desde la Patagonia, trenes que transportan combustible de YPF, trenes llenos de pasajeros felices en épocas en que “el tren de la alegría no anda por la vía”.

14 horas dura el viaje entre Buenos Aires y Bahía Blanca arriba de la formación de Ferrobaires. 14 horas sobre una ruina que rueda sobre vías que parecen más viejas que el Partenón. Mucho tiempo con poco y nada por hacer. Correr un trencito “Matarazzo” por los pasillos de un coche clase turista que traquetea destartalado, acaso sea la ocasión para tensar la imagen de los servicios ferroviarios de los últimos años -y sus recientes tentativas de recuperación- con los pronósticos de prosperidad que forjaron nuestro imaginario sobre este medio de transporte.

La idea, entonces, fue crear un museo en miniatura. Un museo de juguete sobre los trenes de juguete que viaje en tren de Boulogne a Ingeniero White. Un museo con rueditas para llevar las reliquias del ferrocarril soñado hasta los postergados pasajeros del ferrocarril real. Y para jugar, porque de eso depende, en definitiva, nuestra capacidad para modelar el porvenir. Puede que al cabo del trayecto ya no se sepa si viajamos en un tren de juguete o jugamos con un tren de verdad.

martes, 24 de mayo de 2016

REVOLUCIONÁ TU DOMINGO


La Asociación de Amigos del Castillo celebra la Revolución de Mayo con chocolate, pastelitos y música en el parque de la usina General San Martín. ¡El pueblo quiere saber de qué se trata! Enterate este domingo 29, a las 15 hs.

miércoles, 18 de mayo de 2016

MÚSICA Y MUSEO

El domingo 15 de mayo se presentó en Ferrowhite el quinteto de vientos "Lakmé", en el marco del ciclo "Música de Cámara" 2016, y en conmemoración anticipada del Día Internacional de los Museos que se celebra en el mundo hoy, 18 de mayo.



El conjunto musical, integrado por Gabriel Braña (Flauta traversa), Andrés Vigil Mendoza (Oboe), Cristian Fabris (Corno), Micaela Scaramuzzino (Fagot), Diego Casoni (Clarinete) -integrantes de la Orquesta Sinfónica Provincial de Bahía Blanca-, interpretó obras de Samuel Barber (EEUU, 1910-1881), Claude-Paul Taffanel (Francia, 1844-1908), y Paul Hindemith (Alemania, 1895-1963).



El ICOM (International Council of Museums), una red compuesta por más de 35.000 museos y profesionales de la actividad, celebra cada año el Día Internacional de los Museos con el objetivo de compartir con el conjunto de la sociedad las motivaciones que movilizan a la comunidad museística mundial.



En 2016, el evento gira en torno a la relación entre "museos y paisajes culturales", tema que, acá en Ferrowhite, trabajando entre elevadores, usinas y muelles, nos toca de cerca. ¿Cuál es la responsabilidad de los museos con respecto al paisaje del que forman parte? ¿De qué manera contribuyen a su conocimiento y puesta en valor? son preguntas involucradas en nuestro quehacer cotidiano, tanto a la hora de construir La Rambla de Arrieta como de organizar un concierto que suma el sonido de oboes y fagots al de los camiones y las locomotoras que atraviesan este puerto.

sábado, 14 de mayo de 2016

DE FIERRO


Un ferroviario, observa Ariel Scolari, no deja de ser ferroviario al final de su día de trabajo. Tampoco, como nos enseñó hoy Mario de Simón, cuando se jubila. Eso es lo que distingue a un ferroviario de un simple empleado del ferrocarril. Su adhesión a una cultura organizacional forjada en un empleo que alguna vez fue "para toda la vida". Como si el tren, además de un medio para alcanzar largas distancias, hubiera terminado por afianzar en este remoto lugar del mundo una manera de concebir las cosas a largo plazo. Dominar la desmesura de un país en formación requirió el esfuerzo sostenido de varias generaciones de ferroviarios. Los compañeros que volvieron a verse las caras esta tarde saben, de algún modo, que forman parte de ese linaje. ¿Eso los vuelve anacrónicos? Nosotros preferimos pensar que los convierte en una suerte de amenaza. Su mera presencia vital desmiente los dogmas de un presente volátil orientado, por norma, al rédito más o menos inmediato. Los jubilaron a la fuerza, rifaron sus herramientas, demolieron sus lugares de trabajo, y sin embargo, estos hombres aún son ferroviarios. Así se presentan. Décadas de abandono y destrato han sido incapaces de disolver su identidad como grupo, su conciencia de ser actores relevantes de una historia que va más allá de ellos mismos, y que nos abarca, lo sepamos o no.



De Simón se acuerda de un capataz del aserradero hincha fanático de Arturo Toscanini. ¿Tenía oído para el sentimental Verdi una persona que se pasaba la vida con la oreja pegada el bramido brutal de una sierra que maquina rollizos? Claro que sí. Es más, Mario no olvida que aquel capataz solía comparar a los Talleres con una gran orquesta. La imagen alude a la necesidad de concertar la acción de un contingente tan numeroso como heterogéneo. En boca de Mario es un elogio para las personas que tuvo a cargo -muchos de ellos artesanos virtuosos-, y a la vez, una manera elegante de señalar su delicado lugar como jefe dentro de aquella estructura. Porque tampoco hubiera habido ferrocarriles sin Toscaninis a cargo. Si los Talleres eran un organismo de funcionamiento más o menos armónico, dicha armonía no surgía de la nada. Por el contrario, era el resultado de una negociación intrincada entre realidad y reglamentos. Una negociación subordinada, por otra parte, a un contexto político de permanente peripecia. Con el paso de los años, hubo que cambiar de partituras, lidiar con instrumentos que envejecían, cubrir vacantes que no tenían reemplazo, y sin embargo, como los músicos del Titanic, los trabajadores de Talleres encontraron la manera de hacer sonar la melodía ferroviaria lo mejor que se pudo hasta la caída obligada del telón.



En el relato amable de Mario, en su pintura sin lamentos de un espacio que ya no existe, sedimenta esa historia plagada de vaivenes. La extensa trayectoria de los Talleres Bahía Blanca Noroeste se relaciona con la de una Argentina sometida a lo que los economistas llaman en su jerga "restricción externa", es decir, al déficit crónico derivado de tener que importar y sostener tecnologías creadas en otros lugares del planeta. La capacidad de los Talleres para reparar o reponer todo lo que se rompía testimonia acerca del ingenio y el potencial de sus trabajadores pero, al mismo tiempo, habla de las limitaciones que, con variantes, afronta el desarrollo industrial de la nación desde entonces hasta ahora. En definitiva, Talleres no hacía otra cosa que mantener el gran mecanismo de la agroexportación en marcha. Era el suplemento industrial necesario para que una economía basada en la producción primaria continuara, como hoy, en lo suyo.



¿El pasado de estos hombres desaparece junto con las paredes demolidas? El encuentro de hace un rato dificulta una respuesta afirmativa. Cuando "todo lo sólido se desvanece en el aire", aún queda en el aire el relato compartido, las múltiples voces a través de las que una experiencia, con sus aciertos y errores, va en busca del porvenir.

viernes, 13 de mayo de 2016

VUELVE A SONAR EL SILBATO


Mañana, a las cinco de la tarde, vuelve a sonar el silbato. Los inmensos Talleres Bahía Blanca Noroeste se ponen otra vez en marcha ahí donde no hay cierre ni desmantelamiento que valga: en la memoria de Mario de Simón, último jefe del taller, un ferroviario DE FIERRO.

miércoles, 11 de mayo de 2016

¡A LA FLAUTA!


Este domingo, a las 17 hs., en conmemoración anticipada del Día Internacional de los Museos, música de cámara en Ferrowhite con el quinteto de vientos "Lakmé".

lunes, 9 de mayo de 2016

MATERIALES PARA UNA BIOGRAFÍA


Vuelve De Fierro. En mayo, Mario de Simón, último jefe de los Talleres Bahía Blanca Noroeste charla con Ana Miravalles y Ariel Scolari, y juntos recorren pasado y presente del trabajo ferroviario a través de los objetos del museo.

Los Talleres Bahía Blanca Noroeste fueron una pieza clave de la infraestructura logística de la región. La mayoría de los vagones que durante más de 100 años llegaron a puerto -de las chatas a las tolvas graneras, de los vagones fruteros a los de cargas paletizadas-, pasaron por Talleres para su reparación o reconstrucción completa. Mario de Simón trabajó en ellos durante 43 años, y fue su jefe entre 1982 y 1993. El último antes de la privatización, el vaciamiento y el posterior desguace.

Sellado tras su cierre, el destino de estos Talleres convoca sin embargo cuestiones pendientes: ¿Qué rol puede cumplir el ferrocarril, a más de 20 años de las privatizaciones, a más de 30 del retorno de la democracia, en el desarrollo económico de la nación y en el mejoramiento de la vida de sus habitantes?

jueves, 5 de mayo de 2016

MUSEO, COMUNIDAD Y QUILOMBO

2.733 kilómetros separan a Bahía Blanca de Belo Horizonte. Hasta allí viajó Analía Bernardi para representar a Ferrowhite en la mesa sobre museos comunitarios del seminario “Buenos Horizontes”, organizado por la Red Informal de Museos y Centros Culturales de esa ciudad y el grupo BH16, conformado por participantes del Laboratorio TyPA 2014.

En esta entrada, Analía nos cuenta sobre el encuentro, reflexiona sobre la relación entre museo y comunidad, y apunta: trabajar en un museo comunitario supone aprender que “la comunidad no existe” si por ella entendemos “una entidad cerrada, estable y ajena a los conflictos”.

Las fotos que acompañan el texto fueron tomadas por nuestra compañera en el MuQuiFu, el Museu dos Quilombos e Favelas Urbanos de Belo Horizonte.





VISITE ANTES DE QUE SE ACABE

2.733 kilómetros en línea recta separan y unen a Bahía Blanca de Belo Horizonte. Hasta allá fui a participar del seminario “Buenos Horizontes”, un encuentro de trabajadores de museos de Brasil y Argentina organizado por la Red Informal de Museos y Centros culturales de esa ciudad y el grupo BH16, conformado por participantes del Laboratorio TyPA de 2014.

Ahora de vuelta, con la temperatura de otoño en el cuerpo, intento compartir algunas notas que tomé en ese encuentro. “Museos comunitarios” era el nombre de la mesa en la que participé junto con representantes de otros tres museos de por allá: el Espacio Cultural Luiz Estrela, el Museo de Quilombos y Favelas Urbanos (MuQuiFu), ambos de Belo Horizonte y el museo Casa Guimaraes Rosa, de Cordisburgo.

Atravesada por un montón de preguntas, lecturas e intentos de esclarecer qué entiendo por comunidad desde un lugar como Ferrowhite, escribí “El museo como entre”. Un texto que tuvo poco tiempo de ser procesado y discutido colectivamente antes de viajar y del que, por lo tanto, me hago responsable. Un texto que lleva una controversia: la de arriesgar que la comunidad no existe, al menos si por ella entendemos una entidad definida, cerrada, idéntica entre todos sus miembros, estable a lo largo del tiempo y ajena a cualquier conflicto. Pero más allá de los esclarecimientos o las confusiones conceptuales, lo que las mesas de diálogo permiten, además, es la posibilidad de conocer otras personas y experiencias de trabajo. Y de ver qué problemas y desafíos podemos tener en común con espacios que quedan tan lejos de acá.


El espacio social Luis Estrela funciona desde 2013 en una casona de principios de siglo que fue primero un hospital militar y luego un neuropsiquiátrico infantil. En estado “ocioso” desde 1994, el edificio fue recuperado por un colectivo integrado por antropólogos, arquitectos, artistas, psiquiatras, abogados y arqueólogos para convertirlo en un centro cultural autogestivo. Lleva el nombre de un artista callejero asesinado en una manifestación, también callejera. Por eso ahí se reivindica el uso popular de los espacios públicos de la ciudad con acciones que van desde la puesta en común de una memoria “silenciada” sobre lo que fue ese lugar, pasando por obras de teatro, danza, ferias y talleres, hasta llegar a instancias de encuentro y organización de movimientos sociales.

La Casa Guimaraes encuentra en la obra de este escritor y en la literatura en general, la excusa para vincular al museo con el territorio. “Este no es un museo de la comunidad (como si la comunidad quedara por fuera), sino que acá la comunidad está implicada”, dice Rodrigo. Niños, jóvenes y adultos mayores son quienes guían las caminatas literarias que empiezan en la grilla de la ciudad, pero que a veces se salen de sus límites y se pierden en el sertao, una suerte de “desierto” mucho más parecido a la pampa argentina que a los cocotales brasileros.

El MuQuiFu queda en el conglomerado Santa Lucía, una zona que comprende cinco favelas de Belo Horizonte. La idea de hacer un museo surgió del propio Quilombo del Papagayo, un punto de organización social barrial en el que se abordan cuestiones de salud, vivienda, educación y derechos humanos. Porque el derecho a la ciudad también se pregunta por el derecho a la memoria.

Nació para resistir a dos situaciones que a esta altura son complementarias: la de la marginalidad social y simbólica de estos barrios, considerados sólo como espacios de sufrimiento y de privaciones, y la de la gentrificación, ese proceso por el cual se expulsa a algunos vecinos de ciertos espacios de la ciudad a fin de “recuperarlos” (a los espacios) para otros (¿vecinos?).

“¿Un museo para quién?”, se pregunta Mauro, sacerdote y museólogo que, junto a otras tres personas, lleva adelante el proyecto. Es decir, para que lo frecuente quién, para que se reconozca quién en él. Reivindicar la memoria colectiva “de los favelados”, todo el tiempo se dirime entre la “normalización” que se articula tras el deseo de cierto reconocimiento “social” y la defensa de un modo propio, peculiar de ser. Desafío y tensión que se actualizan y se materializan en cada rincón y acción del museo: al preservar una colección de objetos muchas veces sacados literalmente de la basura, al hacer de cajas de fruta y pallets vitrinas “sin vidrios”, al compartir el espacio con una iglesia que también es una cocina donde un grupo de vecinas se junta a preparar el té.

“Patrimonio amenazado. Visite antes de que se acabe”, propone el MuQuiFu mientras sale con un carrito de pocholo a “explotar memorias” por ahí. Y yo, tal vez un poco confundida por la turbulencia del avión o por el golpe en la cabeza que me di el primer día, tal vez un poco acertada al percibir que hay unas cuantas semejanzas, empiezo a ligar lo que escucho con lo poco que queda del galpón de montaje de los talleres Bahía Blanca al Noroeste, la locomotora manicera que pronto vamos a estrenar o el buque metanero que justo entra al puerto de Ing. White trayendo 55.000 toneladas de gas natural licuado.




EL MUSEO COMO ENTRE
Algunas reflexiones sobre la idea de “comunidad” desde Ferrowhite museo taller

Vengo de un lugar que queda bastante lejos de acá. Un lugar donde la marea sube y baja calma, y en ese ir y venir casi imperceptible, vienen y van (sobre todo van) muchas cosas. Cosas que, fíjense si serán muchas, se miden por toneladas. El año pasado, por ejemplo, el tráfico fue de más de 13 millones de toneladas entre granos (porotos de soja, maíz, trigo, cebada), aceites vegetales, pellets de polietileno y combustibles. Ingeniero White, se llama ese lugar, puerto de Bahía Blanca, una ciudad de mediana escala ubicada a 700 km al sur de la Ciudad de Buenos Aires. Allí, además, se encuentra uno de los polos petroquímicos más grande del país.

Pero el agua y el barro de la ría, lecho fangoso donde aún habitan cangrejos, jumes y espartinas, no son tan accesibles como el mapa físico- político pareciera prometernos. Más de una vez llegan turistas de otras partes del país o de otros países, con el mapa en la mano como reclamando la incongruencia entre Mercator y la proliferación de alambrados, construcciones de hormigón o garitas de seguridad que concretamente impiden el acceso al mar. El mapa no es el territorio.

Sin embargo, yo vengo de un lugar desde donde todavía es posible contemplar parte de la ría y todo lo que en ella interactúa. Rodeado de terminales cerealeras, usinas eléctricas, playas ferroviarias y de camiones (y un poco más lejos plantas petroquímicas), es prácticamente el único espacio público dentro de la franja costera de Ingeniero White. Ferrowhite, se llama ese lugar. Es un museo taller, y llegar a él, en el contexto de este puerto en el que nuestros “vecinos” usan el espacio portuario de una manera muy diferente a la nuestra (lo “explotan”), es casi como encontrar una aguja en un pajar.

Durante mucho tiempo, “puerto y playa”, “trabajo y ocio”, “producción y recreación” fueron espacios teóricos que, aunque no en una plena armonía, convivieron en la práctica. De modo que si hoy ya no es posible pasear cerca de los barcos o de los elevadores, si ya no es posible bañarse en las aguas de la ría, estas restricciones se deben a una gran transformación que sufrió este lugar sobre todo a partir de los años 90’.

Un proceso de “modernización” y “eficientización” del puerto y de los procesos productivos que implicó por un lado, el retiro del estado de la actividad económica, con la privatización o liquidación de empresas estatales en las que trabajaba gran parte de la población de Ingeniero White, y por otro lado, el arribo de empresas de carácter transnacional que con sus inversiones millonarias, no sólo ampliaron la zona de “explotación” del puerto (a costa de un uso recreacional de estas aguas), importaron nuevas lógicas de producción (automatización de los procesos productivos y nuevos regímenes laborales), sino también se instalaron con todo un arsenal de estrategias relativas a la “comunidad”, políticas de “Responsabilidad Social Empresaria” que van desde los tradicionales padrinazgos y donaciones hasta una serie de consejos sobre seguridad vial o el arbolado urbano.

Si hasta entonces el estado funcionó como el gran empleador, y el trabajo en la sociedad salarial fue un organizador de la vida social más amplia (articulador de relaciones extralaborales: sindicatos, clubes, sociedades de fomento…), cuando el estado se canceló a sí mismo como actor económico, también cedió su lugar como agente de aglutinación social. En ese sentido, la pérdida de los espacios de trabajo y de recreación como espacios de sociabilidad, transformaron y hasta en algunos casos, clausuraron las posibilidades de reproducción de ciertas dinámicas que hacían a la vida en común.


La propia historia como deuda

La historia del propio museo está ligada a ese proceso de reforma del estado. En efecto, de ahí derivan sus condiciones de posibilidad. Ferrowhite abrió sus puertas en noviembre de 2004 en lo que funcionó como el taller de mantenimiento de la usina eléctrica Gral. San Martín. Ambos edificios, usina y taller, habían sido completamente desguazados durante el proceso de liquidación de la empresa eléctrica provincial y privatización de los bienes que tenía en el puerto.

El vacío del taller fue ocupado, en parte, por otras herramientas provenientes de otros talleres y espacios de trabajo. Una colección interminable de llaves, remaches, telégrafos, canastos, faroles, mazas, bigornias, sillas, máquinas de escribir, objetos y herramientas que un grupo de trabajadores se encargó, en medio de las privatizaciones de los bienes y servicios ferroviarios, de salvar del remate, la chatarra o la hoguera. Insistían en ver en eso que para otras personas era un montón de fierro, madera o mimbre viejo, una historia valiosa por contar.

En un principio, el proyecto del museo surgió como un espacio de conservación derivado del Museo del Puerto. Y podría haberse quedado con esa función clásica de los museos: conservar y poner a disposición del “público” presente y futuro rarezas de un mundo perdido. Pero no, habilitar una memoria del trabajo ferroportuario pasaba por otro lado. En principio por asumir una deuda con esa historia reciente, en el sentido de que esa experiencia de ruptura no sólo estaba en nuestra propia genealogía material, sino también simbólica. En el sentido de que esa historia reciente y aún “abierta” (traumática y conflictiva) nos alertaba de caer en una mirada cerrada, nostálgica y unívoca del pasado y del presente. Nos alertaba, sí, pero sin muchas más certezas que la advertencia misma. El desafío implícito era: ¿qué tipo de memoria éramos capaces de construir y qué relación tenía esa operación simbólica con la clausura real de esos espacios de sociabilidad donde el “sujeto colectivo” o “la comunidad” se “recreaban”?


El todo y las partes

Ferrowhite es un museo que depende del Instituto Cultural de la municipalidad de Bahía Blanca. Podríamos decir que por lo tanto es un museo “estatal”. Y tal vez este carácter, asegura ciertas cuestiones básicas a la hora de que un museo entre en funcionamiento: disponer de un espacio físico propio, cumplir con el pago de los servicios de luz, agua y gas y de los salarios que permiten contar con un personal más o menos estable. Todo lo cual permite, en principio, que podamos abrir la puerta. Y, lo que es menos evidente, que la entrada al museo pueda ser gratuita.

Si bien es una dependencia del estado, el museo no se comporta como una oficina burocrática de esas en las que te piden el DNI para empezar a dialogar, sino que la conversación arranca por preguntarte si sos de Bahía (Blanca). Es Florentino “Cacho” Mazzone quien rompe el hielo con esa pregunta, y no porque esté haciendo una estadística o un estudio de públicos, sino porque lo que intenta es un comenzar una comunicación. Cacho suele estar en el parque del museo, más que para vigilar quién entra al predio, para acompañarte hasta la puerta del museo, sugerirte un recorrido o simplemente darte la bienvenida. Adentro, te recibe Pedro Marto que, aunque vestido de Guarda del ferrocarril, no está para controlar si pagaste o no el boleto, sino para dártelo: acá el boleto no es un “pase”, es un “recuerdo”. A su lado está Zulema Soria, la casera del castillo, para tranquilizar al visitante con la aclaración de que la entrada al museo es gratuita y que en todo caso, “primero recorran, dense una vueltita y si quieren a la salida, dejan una colaboración voluntaria para la Asociación Amigos del Castillo”. Mientras tanto, en la cocina Roberto “Chapa” Orzali corta la pastafrola que hizo Manina y prepara el mate para sus amigos, pero si estás un ratito ahí en la puerta, seguro que te convida uno. Y si tenés suerte, a la mesa de la entrada también pueden estar sentados Cacho Romero, Ida Muhamed, Cacho Santamaría, Bocha y Pochi Conte, Hugo Del Cero, Pepe y Juanita Morelli…

De manera que a este museo se entra y se recorre en cuanto espacio físico (público) pero también a la historia que ahí se cuenta (y se pone en cuestión) de la mano de estas personas. “Personajes”, diría el Chapa, que no son precisamente “guías de museo”, pero que, junto con los trabajadores de FW, “cumplen horario” todos los sábados y domingos. Una suerte médiums de la experiencia de (y con la) alteridad que el museo habilita, en el sentido de que ofician de mediadores entre el afuera y el adentro, el presente y el pasado, vos y (nos)otros.

Entre todos asistimos a la construcción de una memoria colectiva, cada uno haciendo su aporte desde “lo que le tocó vivir”, encontrando los puntos en que esas historias coinciden, en qué se complementan o se diferencian; preguntando con curiosidad, o escuchando con extrañeza las anécdotas del puerto, de la estiba, de los viajes de ultramar. Porque si bien es cierto que a veces basta con que dos o tres “amigos del taller” se reúnan para que esos relatos circulen y se actualicen, también es cierto que esa “sociabilidad del recuerdo” y ese ejercicio de la memoria son más divertidas si se combinan con cierta distancia. Si hay alguien que “no sabe”, “no conoce” pero que se entusiasma con escuchar, enterarse, aprender. De algún modo, si no todos somos uno.


El museo como entre

En el museo no creemos que estemos recreando a “la comunidad” porque en definitiva no creemos que exista. Es decir, que pueda ser un ente reconocible que queda por fuera del museo y a la que este puede representar, reflejar, hablar de ella. Como un ente cerrado, homogéneo, idéntico en todos sus miembros, coherente, estable a lo largo del tiempo. ¿Porque, cómo hacemos para contemplar en una misma, idéntica, idea de “comunidad” a vecinos que participan en sociedades de fomento barriales y empresas que tienen su sede en Hamburgo, a los trabajadores que participaron de la huelga ferroviaria del ‘61 y a los que la “carnerearon”, a los hinchas de los clubes de fútbol archirrivales Huracán y Comercial, a gente que inmigró a principios de siglo y otros que acaban de llegar? Si lo que distingue a las comunidades “no es su verdad o falsedad, sino el estilo con que son imaginadas”, ¿es posible imaginar una “comunidad” de fragmentos? ¿Es posible renunciar a la tentación de “reunir la diferencia” e intentar subsumir el conflicto que la diferencia lleva latente?

Podríamos decir, por el contrario, que a “la comunidad” la llamamos por teléfono y la visitamos en su casa. Para concertar una entrevista o invitarlos a una fiesta, para pedirle un consejo al carpintero Adolfo sobre cómo cortar el quebracho, para recordarle a los chicos y chicas que no se olviden que el sábado arranca el taller de Prende. A Leandro para preguntarle si en la empresa en la que él trabaja no tienen un par de botines de seguridad para prestarnos, a Ida para saber qué dijo la contadora de la Asociación de Amigos, a Pedro para saber cómo anda, que hace rato no lo vemos por acá. Pero, de algún modo, la ventaja de reconocer a “la comunidad” en lo concreto (con nombre, apellido y apodo), es siempre a costa de perderla como idea íntegra. Al cabo de esta deconstrucción o concretización, terminan por quedarnos las personas y los grupos, las relaciones y los lazos; los proyectos y las acciones concretas que a lo largo de estos once años nos han tenido como partícipes / participantes.

Y si empezamos a enumerar, lazos y relaciones las hay de todo tipo en cuanto a su duración, intensidad e implicancia. Desde la relación casual y cordial que mantenemos con un visitante pasajero que viene de otra ciudad o alguien que viene a pasear al puerto una tarde de domingo, al vínculo que cada sábado se renueva y crece con los chicos del taller Prende; desde el pacto de confianza que establecemos durante las dos horas que puede llegar a durar una entrevista o una visita escolar a la intensa convivencia que mantenemos cuando viene un grupo a proponer y desarrollar un proyecto puntual (como un festival de danza o una serie de intervenciones en distintos espacios ferroviarios de la ciudad); desde a los lazos que se aceitan todos los días entre los compañeros de trabajo, con las amigas de la Asociación y los amigos del taller y que hacen del espacio del museo un espacio “familiar” a los que se cortan y se retoman después de mucho tiempo.

El museo, entonces, se plantea como un entre, no como algo ya definido, sino como el espacio posible para la elaboración de ese algo, de esa acaso tensión o tercer ficción entre lo común y lo público. Un umbral, un limbo, una frontera en el sentido de que es una zona de contacto, un lugar para el encuentro, un entre físico, pero a la vez relacional. En el museo taller no sólo podemos estar juntos, sino lo que es más complejo, podemos intentar hacer juntos.

Pero ese “hacer juntos” no inventa un “nuevo sujeto” (es decir, que al atravesar la puerta del museo estatal, nos volvamos enteramente “públicos” o –si se quiere una “identidad” más local- “ferrowhitenses”), sino que en todo caso lo pone a prueba. Pues entramos en esas relaciones (que también son múltiples) con todos los fragmentos que somos: de edad, de género, de clase, de barrio, de consumo, de poder, de gusto musical, de ideas políticas, de prejuicios y de preferencias de helado. Lo que el espacio y el tiempo del museo, habilitan, en todo caso, es la posibilidad de que entren en una relación de (in)cierta duración e implicancia un diseñador gráfico con un buzo de usina, una bolsera con un licenciado en arte, un marino mercante con una historiadora, un chico de la escuela con una administrativa, un estibador con un visitante dominguero, un bailarín con un abogado, un gerente de empresa con un empleado municipal.

Tal vez, sea en esa producción compartida donde se encuentra el acto generativo de “la comunidad”; es decir que la comunidad no existe independientemente de las cosas, las tareas que nos vinculan. En cierta medida no hay nada que la preceda, sino que es el hacer el que nos convoca a la posibilidad (efímera) de que exista: un asado de estibadores; un libro que reúne cientos de entrevistados, una balsa para una fiesta de carnaval, un almanaque impreso con la técnica de serigrafía que contiene los dibujos que los chicos del taller hicieron de su propio barrio, una fiesta por los 80 años del castillo que dura una noche. Haceres puntuales que acaso también dibujan “comunidades” igualmente pasajeras.


La construcción con conflicto

Vinculados desde el trabajo, en él se actualizan y se ponen en juego, se combinan, negocian (y a veces también se pelean) saberes y destrezas de oficio; se mezclan ideas y lenguajes, se redefinen las identidades y las jerarquías de saber. En estos ejercicios prácticos, parecería que diéramos con eso que nos parecía imposible: que Huracán y Comercial fueran alguna vez un mismo equipo.

Sin embargo, más allá de la ilusión, no estamos acá para decir que el museo es un pequeño laboratorio experimental de convivencia armónica. Porque así como dijimos que las relaciones concretas que establece el museo son múltiples, para ser enteramente honesta, hay que decir también que no todos entran en el museo, ni que el museo entra en todas las relaciones. A veces decimos que no. Porque si algo sabemos es que “convivimos” con el conflicto, con la experiencia cotidiana de que los lazos de “la comunidad” permanentemente se “laceran y se reproducen (podríamos agregar también que se redefinen y se reordenan) según la urgencia histórica”.

En ese sentido, el museo es un espacio, un proyecto en construcción, dinámico, inacabado, acaso también susceptible de ser por momentos contradictorio. Con quién, de qué modo y para qué entrar en relación, constituyen un trinomio dialéctico que se actualiza cada vez que intentamos hacer algo, bajo el siempre frágil y a la vez potente equilibrio entre “el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad”.