viernes, 26 de febrero de 2016

ARRIBA LA PERSIANA


Pedro Marto y toda la barra del museo taller te esperan este y todos los fines de semana, de 16 a 20 hs.

martes, 23 de febrero de 2016

domingo, 21 de febrero de 2016

FIN DE SEMANA ENMASCARADO



Con las chicas y chicos de nuestro taller ¡Prende! marchamos en el corso de Ingeniero White. Entre tanto, en el museo, recibíamos con máscaras de cangrejo a los visitantes del programa "¿Conocés Bahía?" de la oficina de Turismo de Bahía Blanca. Ponernos la careta de carnaval supone sacarnos la que llevamos puesta el resto del año, para dejarnos llevar y, si se puede, pasar un buen rato.





lunes, 15 de febrero de 2016

UN MUSEO EN LA PILETA



Ferrowhite se mudó por un rato al Balneario Maldonado. Convertimos nuestra balsa de bidones en una sala flotante. En lugar de vitrinas pusimos una palangana y, adentro, bolsitas con el único pero escurridizo objeto de esta muestra para visitantes descalzos: las aguas de la ría. Esas mismas aguas que, por precisas razones históricas, ya no llenan la pileta de este balneario.

Las aguas del estuario de Bahía Blanca no son justamente cristalinas, pero su opacidad oculta tanto como deja ver. Pinzas de cangrejo, porotos de soja, hilos de tanza, pellets de polietileno y bacterias coliformes, son indicios minúsculos de grandes procesos en los que naturaleza e historia no pueden entenderse por separado. Como si la ría fuera un descomunal archivo a la espera de su intérprete, en el que sedimenta, tal vez, nuestro propio retrato.

Queremos agradecer a Patricia González y Daniel Porte de la Reserva Natural Bahía Blanca, Bahía Falsa, Bahía Verde (OPDS), por la ayuda fundamental. También a Esteban Sabanés, Guido Poloni y a todos nuestros compañeros municipales que hacen de Maldonado un lugar en el que tantos la pasamos tan bien.




viernes, 12 de febrero de 2016

AFICHE VS. CARTEL

Afiches para una noche de corso en el Parque Noroeste.




jueves, 11 de febrero de 2016

EL TESORO DE LA ESTACIÓN GARRO

Como todo tesoro que se precie, este estaba bien escondido. Rubén Cesar Pérez apareció por el museo con una caja de cartón entre manos. Adentro, decenas de remitos y guías de carga de trenes que llegaron a Ingeniero White allá por 1911. Cuenta Rubén que encontró estos papeles en el alto entretecho de la estación Garro. Imposible saber quien los puso allí, pero en ese lugar esperaron, tal vez, más de un siglo para volver a salir a la luz.

Inaugurada en 1903 bajo el nombre de Murature, Garro fue la estación que el Ferrocarril Bahía Blanca Noroeste construyó en Ingeniero White. A partir de 1904 en manos del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico (BAP), funcionó como una estación de enlace, próxima al punto en el que las vías del BAP, propietario de Puerto Galván, empalmaban con las del Ferrocarril Sud, que había establecido en White sus instalaciones de embarque. No era, por tanto, una estación a la que llegaran muchos vagones con cereal. Estos papeles registran, en cambio, el arribo de los materiales que iban dando forma a un puerto y un pueblo por entonces en plena expansión: de leña a caramelos, de bibliotecas a bordalesas de vino.

De estos hallazgos está hecha nuestra pequeña fortuna. El pasado, en definitiva, se parece al entretecho de una estación fuera de servicio. Es un lugar oscuro y de difícil acceso. Cada documento encontrado es un agujerito en la chapa, una hendija en la pinotea, un punto de luz.



La foto es de Carlos Mux, las manos de Ana Miravalles. Luego de décadas de polvillo acumulado, estos papeles se leen con guantes, pincel y barbijo.

miércoles, 3 de febrero de 2016

HISTORIA QUE CAMINA LA CALLE



Jorge Moyano y Federico Ritacco decidieron transformar en afiche una de las fotos que forma parte de la colección del museo. Una imagen de los Talleres Bahía Blanca Noroeste "para no olvidar lo que pasaba", dicen, en el lugar en el que hoy gana forma, con ayuda de muchos vecinos, el Parque Noroeste. Las impresiones se hicieron en el taller de serigrafía "Prende" -nuestras compañeras Malena Corte y Silvia Gattari dieron una mano en eso-, y con los afiches a cuestas, Federico y Jorge salieron de pegatina por el lugar en el que hasta no hace tanto funcionaron los talleres.

La imagen del galpón de montaje en plena actividad se adhiere, engrudo mediante, a las paredes arrasadas de ese mismo galpón, última construcción en pie del que fuera uno de los establecimientos ferroviarios más grandes del país. Unida al ladrillo, ampliada y multiplicada más allá de la sala del museo que la exhibe y del archivo que la protege, la imagen nos interpela de otra manera. Como si dijera: entre aquello que hubo y esto que queda, algo pasó. Algo falta porque fue demolido sobre el terreno y también en nuestra propia conciencia.

Pero, en rigor, la imagen no dice nada. No tiene rótulo, no comunica un eslogan, no porta ninguna consigna. No hay un solo modo de entender la acción de Fede y Jorge. A nosotros nos parece, en todo caso, que invita a formular preguntas. No sólo ¿Qué pasó acá? sino también ¿Cómo fue que dejamos que sucediera? ¿Cómo fue que estos talleres, claves para la vida del barrio y de la ciudad, pasaron a ser concebidos como un mero obstáculo? Y más allá: ¿Cómo se fabrica a lo largo del tiempo ese "sentido común" que impone en cada uno una idea de lo propio y de lo ajeno, de lo que es patrimonio de una comunidad o de apenas de unos pocos? ¿Y quiénes lo producen?



Un museo taller es algo más que un espacio de muestra. Supone, por ejemplo, la capacidad de salir con una imagen a la calle, pero sobre todo, la posibilidad de colaborar con otros -sin que importe demasiado el rótulo, "vecinos", "artistas", "ferroviarios"- en esa tarea, que no es sólo la de conocer un poco mejor el pasado sino la de convertir ese conocimiento en el fundamento de una noción compartida de solidaridad y de igualdad que, aunque así dicho suene ingenuo o desmesurado, nos ayude a hacer de esta, una sociedad un cachito menos injusta.

Coordinada por Agustín Rodríguez, la producción de estos afiches forma parte de "Intervenidos", un programa de UNSTV que promueve la realización de "intervenciones en espacios públicos de nuestra ciudad que combinan la acción de artistas y vecinos del lugar". Las fotos que integran este álbum fueron tomadas por Dani Aduriz.

sábado, 30 de enero de 2016

WINCOFON



Hoy se cumple un año de la muerte de nuestro querido Pedro Caballero. En Ferrowhite, Ravel y su bolero vuelven a girar en el Winco.

miércoles, 27 de enero de 2016

ESTALLÓ EL VERANO

Enchufar a trifásica, arrancar la sierra, manguerear con la hidro, limar con la mola y hacer piruetas sobre la barreta para que el clavo, por fin, zafe del durmiente. Mientras en otras orillas el verano "estalla", en La Rambla de Arrieta es una construcción paciente.








viernes, 22 de enero de 2016

YO SOY BENTEVEO





El último sábado, junto a nuestro amigo Ezequiel Semo, fuimos a Saldungaray a conocer el taller de Adolfo Ferreira. Llegamos, por las dudas, después de la siesta, pero como intuíamos, a esa hora Ferreyra tampoco descansa.

“Del museo Ferrowhite”, le decimos, “venimos a conocer el cochemotor”. Y en eso estaba precisamente Adolfo, esa tarde calurosa. Una "idea loca" que de a poco va tomando cuerpo: fabricar un vehículo doble comando con capacidad para 26 personas. Ya están listas las ruedas y el chasis. La idea es andar por la vía entre Carhué y Epecuén "o por donde la Comisión Nacional de Regulación del Transporte me habilite". Y si no, "lo corto en pedacitos y lo vendo como souvenir”, bromea. 

Adolfo trabajó un año en los talleres de Boulogne del ferrocarril Belgrano. Entró de peón y terminó siendo jefe de cuadrilla de relevo, haciendo la reparación de los coches de pasajeros en el turno de la noche. Desde hace 35 años vive en Saldungaray. En la esquina de Pellegrini 107, atiende junto a sus hijos la carpintería que ocupa el edificio de la antigua Farmacia de las Sierras. Ahí fabrican, entre otras cosas, puertas, muebles, alacenas y ruedas para carruajes. La carpintería no ocupa sólo el salón sino que se extiende por el patio: sierras, tupís, tornos, agujereadoras y otras herramientas de todo tipo y tamaño se entreveran con árboles de ciruela, fierros y lonjas de madera cortadas ahí mismo y apiladas.



Como las pestañas de las ruedas de un tren que se balancean sin tocar el riel, la conversación hace equilibrio entre temas varios. Adolfo pasa de explicarnos cómo funciona el cochemotor que está fabricando -“sencillo, para que cualquier mecánico pueda arreglarlo”- a los problemas del transporte en Argentina, muchos menos fáciles de resolver: camiones muy grandes y autos veloces sobre rutas hechas para carretas como las que él repara. De mostrarnos el barco que hizo para la escenografía de un acto escolar (cuyo efecto de navegar entre olas no pudo ver porque era él mismo quien lo hacía funcionar), a contarnos el chiste de un paisano que al bajarse del tren en Retiro encuentra una locomotora manicera y empieza a golpearla diciendo que “a estas hay que matarlas de chiquitas, porque de grandes te arruinan el ganado. A mí ya me mataron tres.”

Ir a conversar con Adolfo no es hacer una entrevista del modo convencional: no concertamos una cita, no llevamos grabador, no tenemos en mente una serie de preguntas insoslayables. En este caso el orden, “el despacho” de la información, como diría Semo, adquiere una forma particular. Sucede a medida que se muestran unos bocetos, se acciona una palanca o se dibuja, o se cuenta, a medida que se conoce al interlocutor: “¿Vos qué sos, carpintero o benteveo?”, le pregunta a Guillermo. Y enseguida distiende, “yo soy benteveo”.



Lo ponemos al tanto del proyecto que estamos llevando adelante en la Rambla de Arrieta de construir mobiliario exterior con viejos durmientes de ferrocarril, y de los problemas que surgen de enfrentar en la práctica una madera tan pesada y dura. “¿Cómo se corta, cómo se agujerea el quebracho?”, preguntamos entre urgidos y esperanzados. Adolfo pone a disposición lo que aprendió en los tres años que hizo en la escuela industrial Raggio pero sobre todo lo que experimentó en sus treinta y cinco años de oficio. “Mejor si está mojado”, dice, y enseguida aclara "no es que sea un genio”. Descubrió ese yeite luego de que una lluvia de invierno le empapara una pila de durmientes que tenía en el patio lista para cortar. “Y se cortaban como manteca”. Como un alquimista generoso, nos revela uno de los descubrimientos de su laboratorio a cielo abierto. Acaso porque sabe que para aprender carpintería hay que mirar “lo que se hizo antes”. "Descular un oficio" como se devana un ovillo de lana o se desarma un vagón de madera, empezando justo por el final.

miércoles, 13 de enero de 2016

VERANO EN LA RAMBLA DE ARRIETA

En Ferrowhite el verano nos encuentra en malla y borcegos de seguridad, acarreando toneladas de durmientes. Más de un centenar de durmientes de quebracho colorado que Ferroexpreso Pampeano reemplazó en la playa de maniobras de Ingeniero White, con los que vamos a armar bancos, mesas y fogones para La Rambla de Arrieta.


Quebracho, o sea: árbol que quiebra el hacha de quien quiere talarlo. Madera tan dura que soportó el peso de miles de vagones sepultada por décadas en la tierra salitrosa. Durmientes cuya fortaleza evoca el esfuerzo descomunal de los hacheros del monte chaqueño, de los carpinteros ferroviarios y de los catangos que con ellos tendieron kilómetros y kilómetros de vías. Pero también nombres como el de "La Forestal", la compañía inglesa que, entre fines del siglo XIX y principios del XX, arrasó con 2.000.000 de hectáreas de quebrachales en Santa Fe, Chaco y Santiago del Estero. Una historia que hace eco con los desmontes que el boom sojero de los últimos años impulsó en el norte de nuestro país.






Levantar estos durmientes supone tantear el peso de esa historia y el desafío de construir a partir de ella.

¿Y QUÉ QUIEREN? CON EL CALOR QUE HACE


Estamos probando nuestras balsas de bidones para una visita sorpresa. Novedades en breve.

jueves, 31 de diciembre de 2015

FALTA, ENSAYO Y ERROR

(sobre las visitas educativas al museo)




Este año faltó Pedro Caballero. Sentimos su ausencia los días de semana, con sus efemérides y sus análisis políticos; la docena de facturas que traía envuelta en papel de diario cada sábado; y también, claro, lo echamos de menos durante las visitas educativas. Hubiera estado chocho de conversar con las más de 2.000 personas que participaron de las 81 visitas que tuvieron lugar durante este año: de adult*s mayores y chic*s de jardín de infantes, de escuelas rurales y urbanas, de cerca y de lejos, de estudiantes universitari*s y de profesionales de museos.

Pero la vida siempre se acaba cuando estamos en medio de algo, y por eso es que vivimos en proceso. Eso lo sabemos bien acá, en este lugar que permanentemente está en transformación. Rehecho en grandísima parte por el capital, es cierto. Pero también por nosotros que estamos acá, intentando que aparezcan cosas y prácticas que dejaron de existir o que volvemos a soñar de otra manera. En cierta medida, podríamos decir que lo que nos mueve es lo que no está: la playa que fue, lo que soñamos hacer con el resto del castillo, la forma que va adoptando el paseo al lado del mar. La falta entonces como motor de búsqueda.




Este año, durante las visitas fuimos testigos y partícipes de los procesos en curso. Pudimos dar una vuelta por la Rambla de Arrieta sin tener que atravesar puertas y alambrados; incorporamos al recorrido la visita a la sala de Prende (lo que dio lugar a contar, mostrando shablones y maniguetas, qué es y cómo se trabaja en el taller de serigrafía); fabricamos unas “boletas de trabajo” como dispositivos para generar recorridos por el museo más autónomos; usamos, usamos y usamos el Mecano de la Marea tanto en las vacaciones de invierno como con las escuelas.

Lo que hicimos no fue otra cosa más que probar. Cómo salir del “formato visita guiada” para meternos un poco más en el taller; cómo no separar la historia de este ferropuerto de lo alta o baja que está la marea; cómo mezclar el trabajo con el ocio. Seguro que nos salió a medias o que todavía falta, y mucho. Pero seguimos insistiendo porque encontramos un estímulo en el ensayo, la prueba, incluso en el error.




Durante este 2015, llegaron hasta acá:

Jardín N° 910, Jardín N° 425, Jardín n° 942, Jardín N° 920, Jardín N° 919, Jardín N° 917, Jardín N° 918, Jardín Pimpollito, Jardín Mis abuelitos, Escuela N° 39, Escuela N° 78, Marina Copa, Colegio Bonafina, Colegio Puerto del Sur, Colegio Sarmiento, Colegio Rosario Vera Peñaloza, Colegio San Martín, Escuela rural de Dorrego, Escuela de Pringles, Escuela de La Adela, Escuela de Jacinto Áraoz, Escuela Media N° 13, Escuela Secundaria N° 6, Escuela Secundaria N° 1 de Tornquist, Colegio Sarmiento, Escuela Técnica N°2, Escuela Técnica N°4, Escuela Secundaria N° 8, Colegio Claret, Instituto N° 1 de Indio Rico, Escuela Media N° 8, Escuela secundaria de Guardia Mitre, Escuela Media de Pedro Luro, Escuela Secundaria de Darregueira, CENS N° 451 de Monte Hermoso, Profesorado Inicial del Instituto Avanza, Cátedra de Museología I y II de la carrera Historia del Arte de la UNLP, Cátedra de historia del Arte y de la Cultura de la carrera Lic. en Historia de la UNS, cátedra de Metodología de la investigación histórica de la UNS, cátedra de Taller integrador I: problemática educativa contemporánea de la carrera de Lic. en Ciencias de la Educación de la UNS, cátedra de Improvisación de la carrera Expresión Corporal de la Escuela de Danza, Casita Madre Teresa de Buratovich, Sueños de barrilete, Casita de Miramar, Curso de Museología de U-PAMI, Centros de Jubilados de PAMI de toda la ciudad.

viernes, 18 de diciembre de 2015

ARQUEOLOGÍA Y TRAVESÍA

Ana Miravalles, entrevistada por Marina Yuszczuk, cuenta sobre su labor en Ferrowhite en el Página 12 de hoy. http://www.pagina12.com.ar/…/suplementos/las12/13-10257-201…

LAS12
VIERNES, 18 DE DICIEMBRE DE 2015
EXPERIENCIAS

Quetrén quetrén

La historiadora Ana Miravalles, a cargo del archivo del Museo Taller Ferrowhite, en la zona portuaria de Ingeniero White, reconstruyó el universo de la actividad ferroviaria enhebrando cientos de relatos que atesoran sus obrerxs. De allí surge Los talleres invisibles. Una historia de los Talleres Ferroviarios Bahía Blanca Noroeste (edición del Museo, 2013), especie de arqueología del trabajo en Bahía Blanca, pero también travesía íntima y curiosa de Miravalles en un mundo casi por exclusión masculino.
Por Marina Yuszczuk


Forma parte de un museo atípico, uno de los pocos en el país dedicados al trabajo y no tanto a aquello que se selecciona como las grandes gestas de la historia, con sus hombres notables como protagonistas, o al recorte deliberado de lo que se designa como “cultura”. Ferrowhite está ubicado en la zona portuaria de Ingeniero White, cerca de Bahía Blanca, y en su recinto se pueden encontrar herramientas que un visitante no podría ni nombrar, como si procedieran de un planeta desconocido: alcuza, bigornia, matrices de fundición, zapatos de freno, bielas, fresadoras. Elementos básicos que sostienen la cotidianidad de tantxs que viajaron y viajamos en tren, pero que quedan afuera del foco de atención mediático que casi siempre desplazó a las labores manuales y a los obreros. De todo esto se ocupa la historiadora Ana Miravalles, que está a cargo del archivo de Ferrowhite (Museo Taller), un espacio de trabajo en el que la actividad de los ferrocarriles que desde fines del siglo XIX llevaron la producción cerealera del sur de la provincia de Buenos Aires hasta los puertos de Ingeniero White y Galván se reconstruye principalmente desde los testimonios de algunos de los miles de obreros que le pusieron el cuerpo.
Ana se desempeña en el Museo desde que se inauguró en 2004, y las cientos de entrevistas que hizo desde entonces, junto con el relevamiento de materiales de archivo, dieron lugar a publicaciones como Las libretas de Geniale Giretti, especie de diario de un inmigrante italiano que trabajó en la zona de Ingeniero White y Bahía Blanca entre 1905 y 1907. Así, desde voces silenciadas por la historia, se revisan los mitos de origen de una Argentina que se quiso granero del mundo y crisol de razas. De allí surgió también un proyecto mucho más ambicioso como es Los talleres invisibles. Una historia de los Talleres Ferroviarios Bahía Blanca Noroeste, que el Museo publicó en 2013. A diferencia de otros libros de historia, este es uno que tiene olor, vida cotidiana además de trabajo, ruidos, y una proliferación de objetos y nombres como los de Aldo Temperini o José Magnani, los de aquellos que permitieron reconstruir a partir de sus testimonios (orales en su mayoría) las intensas jornadas de reparación y construcción de piezas de ferrocarriles en los galpones que albergaron a los Talleres Noroeste desde 1890 hasta 1996, año en que llegó el cierre como consecuencia del proceso privatizador de la década del 90. Todos los vagones y locomotoras de carga que funcionaban en la zona eran reparados ahí pero hoy muy pocos saben de qué son esas ruinas, paredones de ladrillos entre pastizales que pueden verse todavía en Bahía Blanca, a sólo unas cuadras de la cancha de Olimpo.

Los talleres invisibles es un libro que permite recomponer la cotidianeidad de un ámbito laboral hasta en el último detalle. ¿Pensás en ese sentido que la imaginación cumple un papel en el conocimiento histórico?

–Claro, la imaginación está en la raíz del placer por conocer la historia, de ella depende la capacidad de figurarse una realidad que es por definición inaprehensible y en este caso, trabaja contra el adjetivo “invisible” del título. Es verdad que en Los talleres invisibles resuena el nombre de Las ciudades invisibles de Italo Calvino, pero la invisibilización de los talleres fue, y es, literal. El libro podría leerse como el capítulo de una arqueología de la (no) representación del trabajo en Bahía Blanca. Esa negación abre paso a la pregunta: ¿Qué había ahí? ¿Cómo era ese lugar vedado? Ese fue el estímulo para intentar recomponer un orden muy complejo a partir, por ejemplo, del recuerdo de un simple olor. Después, gracias a los recursos del oficio (entrevistas, documentos, planos, fotografías, bases de datos), la imagen de todo ese mundo se fue volviendo cada vez más nítida. Lo que no podía verse detrás de los paredones fue apareciendo en el papel, y me gusta pensar que sigue completándose en la imaginación de los lectores del libro. Las entrevistas fueron muy valiosas para poner ante los ojos del lector eso que por tantos motivos estaba destinado a pasar desapercibido, porque lo que cuentan sus trabajadores permite prestar atención no solamente a los edificios ingleses sino también a las construcciones más nuevas, incluso a aquellas que, en su fragilidad, volvían un poco más amables las rutinas del taller, como las “covachas” para tomar mate o el “árbol” de la playa de reparaciones, al pie del que se hacían los asados en Navidad.

¿Por qué te interesó recuperar la historia de los talleres al punto de dedicarles varios años de investigación?

–El libro deriva de mi trabajo en Ferrowhite. Ahí empecé haciendo entrevistas a ferroviarios, y sus historias generaron en mí el deseo de mostrar a otros ese mundo que, perteneciendo a un pasado tan reciente, parecía tan lejano. Pero mis razones profundas siguen siendo un poco un misterio. Hace algunos años leí el libro de Calvino y me impactaron dos frases: “de una ciudad no gozas de sus siete o setenta y siete maravillas sino de la respuesta que da a una pregunta tuya (o de la pregunta que te formula, obligándote a buscar una respuesta)”; y esta otra “El que habla, habla, y pareciera que cuenta siempre lo mismo, pero el que escucha retiene solamente las palabras que espera. Lo que dirige, lo que ordena el relato no es la voz de quien cuenta sino el oído del que escucha”. Ahora me pregunto cuál habrá sido mi pregunta inicial, por qué mi oído estuvo dispuesto a escuchar a estos ferroviarios durante todos esos años. Porque de entrada todo jugaba en contra de esa posibilidad, por una cuestión de género, de edad y de formación: yo, una mujer de alrededor de 40 años que venía de una experiencia académica, me metí en ese mundo casi exclusivamente masculino. Creo que fue justamente esa distancia la que generó las ganas de conocer.

¿Qué otras cosas te acercaron a ese universo?

–Una permanece unida a esta historia por el dolor. La historia de los talleres y de los ferroviarios que trabajaron en ellos es difícil. La bronca de muchos entrevistados por los despidos o los retiros “voluntarios”, su pena por ver los edificios en los que trabajaron arrasados, mi propia indignación ante el silencio en el que permanecieron ocultos, me llevaron en un punto a querer aprender todo. Pregúntenme qué se hacía en la herrería a las seis de la mañana, qué era caldear, cómo funcionaba el almacén local, cuántos pares montados se podían tornear en una hora con el torno polaco... La posibilidad de poner en palabras esta historia tuvo cierto efecto terapéutico que tiene que ver justamente con trascender la dimensión biográfica individual. Confrontar las experiencias personales en un relato común da como resultado una historia de la que no están ausentes las tensiones, pero que permite que los propios recuerdos se transformen en otra cosa: en historia de la ciudad, del ferrocarril, de la economía regional o nacional, del trabajo, es decir, en una herramienta para conocernos mejor como personas y como sociedad.

En tu opinión, ¿qué se pierde cuando se permite que se derrumbe la historia de ciertos espacios junto con los edificios?

–Creo que el olvido definitivo de los talleres implicaría un empobrecimiento drástico, tanto del pasado compartido como de nuestra capacidad para imaginar un futuro mejor. Esa historia es vital porque continúa convocando cuestiones pendientes, como pensar el rol que cumple nuestro sistema de transportes en el desarrollo económico del país y en el mejoramiento de la vida de sus habitantes, a más de 20 años de las privatizaciones. Y un interrogante más urgente tiene que ver con qué lugar tiene la industria ferroviaria nacional, su capacidad instalada aún existente, en los actuales planes estatales de reacondicionamiento de las líneas de trenes. En este sentido la historia de los talleres, antes que la elegía por un mundo perdido, es un llamado a la acción. Por eso sigo con Calvino. En Las ciudades invisibles, Marco Polo le dice a Kublai Kan que “cada ciudad recibe su forma a partir del desierto al que se opone”. Podemos ver los talleres como el cadáver de un gigante recortado contra la luz de un pasado que, ligado a la juventud de quienes lo evocan, puede parecer un sueño idealizado que terminó por convertirse en una pesadilla. Pero también podemos verlos como un desafío para la ciudad que vive, sigue creciendo y afrontando nuevas necesidades.

Hay ciertos tipos de trabajos que se ocultan dos veces, primero mientras se llevan a cabo, como bien decís con respecto a los talleres (“nunca estuvieron muy a la vista”) y luego cuando se los olvida. ¿Qué perspectiva te dio al respecto formar parte de uno de los pocos museos que tienen al trabajo como objeto central?

–Es cierto, el trabajo, y quienes lo sostienen, tienden a quedar ocultos en las cosas que el propio trabajo produce. El museo va un poco a contramano de esta tendencia reponiendo en sus salas no sólo los objetos del pasado ferroviario o portuario sino la figura de sus trabajadores en acción. En Ferrowhite está aquella vieja máquina de coser, y también Ida Muhamed, que te cuenta cómo era perder las huellas digitales fabricando tres mil bolsas de arpillera por día, mientras te ceba un mate y compagina los números del té bingo que prepara para este fin de semana. Si aceptás el mate y te quedás con ella, puede que al rato te ponga a trabajar también a vos. Ferrowhite es un lugar en el que, mil y un conflictos mediante, una comunidad, o parte de esa comunidad, cuenta su historia a la vez que organiza su día a día, un museo en el que aprendí que tanto el mundo del trabajo como el trabajo del historiador son casi siempre algo más que lo que habitualmente entendemos por eso. Como escribimos en una de las paredes del taller que hoy ocupa el museo, “Un trabajador nunca es sólo un trabajador” –lo que hace por un salario– “sino también lo que desea y lo que teme, qué come y cómo baila, las cosas por las que brinda y aquellas por las que lucha”.

jueves, 17 de diciembre de 2015

LOS CAMINOS DE LA VIDA



Durante la segunda mitad de 2015 recibimos la visita de Centros de Jubilados de toda la ciudad. Cada jueves, vecinos de Cerri, Maldonado, Vista Alegre, Villa Serra, Grünbein, Loma Paraguaya, Puertas del Sur, Colón, Villa Cerrito, Villa Delfina, Villa Muñiz, Don Bosco, Nuevo Horizonte, Abertano Quiroga... llegaron hasta White para recorrer y desayunar en el Museo del Puerto y Ferrowhite.

La iniciativa forma parte del programa “Caminos Culturales” que organiza PAMI bajo la idea de que la salud de los más grandes no solo tiene que ver con la atención médica, que salir, por ejemplo, a disfrutar de la ciudad en la que se vive también hace a una vida saludable.



Muchas de estas personas se acercaban el museo por primera vez. Y sin embargo, casi todo les resultaba familiar. Las bolsas de arpillera “tan parecidas a las que tenía que remendar cuando vivía en Copetonas”; el banco de estación “que se parece a ese en el que me senté cuando me puse de novia”, o el puente La Niña, “ese mismo que cruzaba para venir a pescar pejerreyes en la playita de la usina”. De repente los visitantes sabían más del museo que nosotros mismos, los recorridos se convertían en charlas y el guía dejaba por fin de parlotear para empezar a escuchar un poco.

Escuchar a Enrique y a su esposa María Iris, que aún conservan el acento chileno. Primero vino él. Trabajó en el valle del Río Negro y en el 57’ llegó a Bahía Blanca. Tiempo después fue a buscar a su señora, estuvieron 5 años acá y retornaron a Chile. Pero se volvieron a venir.

O a Rosenda, que hace mucho partió a Jacobacci junto a un marido ferroviario. Volvió a principios de los 90, con tres hijas y otra en camino. “Él vino a dejarme”, cuenta. Entonces empezó a hacer panes y rosquitas que vendía casa por casa. Recorrió barrios y barrios en bicicleta. Hoy camina con bastón.

O a Teresa, que en los ‘80 entró al Departamento de Vías y Obras del ferrocarril. Parte de su trabajo consistía en hacer copias de planos con un producto sulfúrico que había que exponer al sol. “La gente de YPF ya usaba fotocopiadora en ese entonces, pero en el ferrocarril no”. Ahora tiene EPOC, aunque nunca fumó.

Historias como estas se bajan, cada jueves, del colectivo, y antes de volver a subir, se sacan mil fotos, se toman un café con leche, y por ahí, hasta terminan cantando, los brazos en alto, los dedos en V.

viernes, 4 de diciembre de 2015

UN CHICHE

"Qué rápido ruedan las ruedas del ferrocarril" la muestra itinerante de trenes de juguete que llegó en tren a la ciudad, los espera en Ferrowhite este sábado y domingo, de 16 a 20 hs.