domingo, 21 de octubre de 2007

INGENIERO WHITE, UN PAISAJE DE POSGUERRA.

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El pasado jueves 18 de octubre, se inauguró en la Universidad de Quilmes, la muestra “Ingeniero White, un paisaje de posguerra”, con fotografías tomadas por Nazareno Russo durante su visita al predio de la ex usina General San Martín. A continuación, algunas de esas imágenes y parte del texto que acompaña la muestra.


1.

Atilio Miglianelli es buzo. Trabajó toda su vida sumergido en las cañerías submarinas de la usina General San Martín, una réplica de castillo medieval ubicada, entre silos y muelles, en el borde mismo de la ría de Bahía Blanca, en el puerto de Ingeniero White. Construída entre 1928 y 1932, la usina proveyó de energía a Bahía Blanca y a su región por más de cincuenta años. Luego, entre 1989 y los primeros años noventa, la usina fue cerrada, sus calderas y turbinas fueron vendidas como chatarra, y sus trabajadores jubilados o despedidos. Atilio se para frente al castillo en ruinas y dice “acá es como si hubiera caído una bomba”. Acá es el edificio de la usina, pero de manera más amplia o genérica, acá es Ingeniero White.


2.

A fines del siglo XIX la compañía inglesa de ferrocarriles Great Southern Railway estableció una playa ferroviaria y un muelle para la exportación de granos y otros productos del campo. Conocido en un principio como Nueva Liverpool, o Puerto de la Esperanza, Ingeniero White creció como un espacio cosmopolita: en torno a sus muelles, elevadores, usinas y grandes talleres, italianos, españoles, alemanes, griegos y croatas levantaron barrios, instalaron pensiones y bares, clubes y parroquias.
En las últimas dos décadas, a partir de la privatización de los ferrocarriles, y de la instalación en sus costas de empresas cerealeras y petroquímicas de origen trasnacional, el puerto ha sufrido un proceso de acelerado cambio. Esta transformación macroeconómica produjo a su vez una transformación en las condiciones de trabajo y vida de sus habitantes: alza del desempleo, precarización laboral, cierre de comercios, talleres y pequeñas industrias. El paisaje que Atilio imagina de posguerra es el paisaje del capitalismo global en su adaptación local. No fue una bomba la que cayó en este puerto, o en todo caso fue, como dice Paul Virilio, una bomba económica.


3.

Las fotografías de Nazareno Russo no nos muestran la usina, sino el misterio que supone su existencia presente. Sin máquinas, ni trabajadores, la usina continúa en pie como un enigma. Un castillo en plena pampa. Algo sucedió allí que ya no podemos recordar. Las fotos de Nazareno documentan esa imposibilidad. No intentan glorificar el pasado a través de la imagen grandiosa de sus ruinas, sino registrar en el paisaje el proceso de amnesia por el cual aquello que funcionaba hasta ayer, es percibido como la ruina de un tiempo que parece no haber tenido lugar. "Acá cayó una bomba -dirá Atilio- y nadie se dió cuenta". A su modo, Nazareno lo entiende. Eso es lo que transforma su proyecto de arquelogía industrial en un extraño ejemplo de fotografía bélica: la conciencia de que la historia de la destrucción es también una crónica del debilitamiento de nuestro vinculo vital con el pasado.
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