miércoles, 31 de diciembre de 2014

SALIR A BRINDAR


Salimos afuera para brindar con todos ustedes. Feliz año les desea Ferrowhite (museo taller).

lunes, 22 de diciembre de 2014

VÍ LUZ Y SUBÍ

El viernes 19 y el sábado 20, despedimos el año abriendo otra vez las puertas de la usina General San Martín.







martes, 16 de diciembre de 2014

¿QUERÉS ENTRAR AL CASTILLO? VENÍ, ASOMATE.


El viernes 19 y el sábado 20 de diciembre, entre las 20 y las 23 hs., despedimos el año abriendo nuevamente al público las puertas de la usina General San Martín, un lugar que es parte crucial de la historia de nuestra ciudad. El evento, que da continuidad a la intervención realizada durante la fiesta de aniversario del museo el pasado 29 de noviembre, constituye la primera acción llevada a cabo en la nave central del "castillo del puerto" desde su salida de servicio, en 1988, y su posterior desguace, a partir de 1997.

Desde su puesta en marcha por parte de las Empresas Eléctricas de Bahía Blanca (una filial local de la Compañía Ítalo Argentina de Electricidad), el 1 de octubre de 1932, hasta su salida de servicio el día de los inocentes de 1988, la usina General San Martín -bautizada en un principio "Ingeniero White"-, proveyó de electricidad a Bahía Blanca y a una creciente zona de influencia por más de cincuenta años.

Su historia, por tanto, tiene mucho que ver con el desarrollo de nuestra ciudad. En ella se produjo durante décadas la energía necesaria para que funcionasen elevadores y muelles, y también para que encendieran cada una de las lamparitas, las heladeras, las planchas, las radios y los televisores que fueron poblando los hogares de Ingeniero White, de Bahía Blanca, e incluso, de varias localidades de la región, una central eléctrica cuyo funcionamiento dependió, en lo concreto, del trabajo de muchísimas personas: 150 trabajadores en sus mejores épocas, entre peones, medio oficiales, oficiales especializados, capataces, jefes de sección y de turno, que se encargaban de trabajos específicos, aunque relacionados entre sí, dentro de las secciones de máquinas, calderas, electricidad, regulación, laboratorios de agua y aceite, taller regional, carpintería, pinturería, hojalatería, almacén...

Inaugurada en tiempos en los que comenzaba a declinar la hegemonía del capital inglés en la región, la historia de esta usina da cuenta de la estatización del servicio eléctrico durante el primer gobierno peronista, brinda testimonio sobre el incremento en la demanda energética derivado del desarrollo de la industria nacional en los '50 y los 60', para terminar siendo un ejemplo elocuente de la política de desguace del patrimonio público de fines del siglo XX. A pesar de haber sido declarada Monumento Histórico Nacional y Provincial, la central General San Martín aún espera ser recuperada, como lo fueron en estos últimos años su taller de mantenimiento (hoy Ferrowhite), su parque y la residencia del jefe de planta (La Casa del Espía).

Más sobre la historia de la usina General San Martín por acá.

viernes, 5 de diciembre de 2014

ESPÍRITUS DE ESTADO



Sobre el fin de su último mandato, el 6 de noviembre de 2003, el intendente Linares inauguró la obra de recuperación del taller que es sede de nuestro museo, pero recién un año más tarde Ferrowhite abrió sus puertas en plena forma. ¿Ferrowhite fue el último acto de gobierno de la Subsecretaría de Cultura radical o el primer museo del Instituto Cultural peronista? Puede que ambas cosas y, a la vez, ninguna. Porque hablar de la historia de esta institución requiere tener en cuenta, en primer lugar, la trayectoria cambiante, a veces conflictiva, del conjunto de personas que se las arregló para anidar no uno sino dos "museos comunitarios" bajo lo que algunos amigos llaman el ala protectora, y otros el pie aplastante, de ese Estado que bien o mal, pero siempre puntual, paga nuestros sueldos. Una trayectoria que no comenzó en 2003 o 2004, sino con la constitución del Museo del Puerto, allá por 1987. Ferrowhite es estatal porque su actividad al mismo tiempo que depende no se deduce de los actos de tal o cual gobierno. Nos gusta pensar que los museos de White han llegado convertirse en una política del Estado democrático ganada desde abajo, día a día. Quizás sólo sea una expresión de deseo pero, sabrán entender, es nuestro cumpleaños.

Armar un museo implica esa apuesta por el largo plazo. Ponerle una ficha al porvenir en la ruleta de una época urgida por el rinde inmediato. Quien sabe si, en contra de nuestra propia tendencia a llenar de eventos el calendario, de lo que se trata en este lugar es de organizar esa paciencia, y a través de ella, otras maneras de experimentar el tiempo, de asociar, como el sábado, la larga duración con el instante intenso, los témpanos del archivo con el crisol de la fiesta. Una actividad sostenida en favor de prolongar no alguna clase de certidumbre respecto de nuestra identidad y destino como institución sino la propia posibilidad de la incerteza. Ferrowhite es un museo municipal que se llama a sí mismo comunitario. Cada una de nuestras mañanas está dedicada a explorar la potencia de este contrasentido, a ensayar la amalgama inestable -y, en definitiva, imposible-, entre estos dos adjetivos, o mejor dicho, entre las realidades complejas que los términos Estado y Comunidad tienden a ocultar cuando -escritos así, en mayúscula y singular-, se los contrapone como entidades sin fisuras ni matiz.



Ferrowhite es un museo en la triple frontera, un enclave en la encrucijada entre población local, poder político y capital trasnacional, una trinchera y a la vez una aduana para los símbolos de una comunidad cada vez menos evidente: un museo de los ferroviarios en un país en el que agonizan los trenes, un museo de los trabajadores en un puerto "próspero" con cada vez menos laburantes, un museo de los vecinos en un lugar en el que fomentistas y cooperadores pactan con funcionarios de relaciones públicas de empresas globalizadas el sentido y los límites de la palabra comunidad. Y otra cosa: Ferrowhite es un museo de White hecho por hijos progresistas de la tibia clase media bahiense. Porque de ahí venimos, no todos, pero sí unos cuantos por acá. Y también brindamos por eso. Por la reunión improbable entre "los del medio" y "los de abajo", entre los que viven a diez y a sesenta cuadras del centro, a pesar de todos los malentendidos y las asimetrías que ese encuentro supone.

Pero si, por un lado, lo que hacemos deriva de un itinerario que viene de lejos, por el otro, tampoco se entiende al margen de la gran crisis de 2001 y del orden que emergió tras la debacle. Ferrowhite tiene la edad del kirchnerismo. Nuestra pequeña aventura es contemporánea del sueño de cambiar el Estado para cambiar la sociedad o, al menos, atenuar sus injusticias; llegamos hasta acá con el viento de cola de la época, a veces entusiastas, a veces escépticos, a veces desconcertados ante los alcances y los limites de un proyecto político que construyó (¿y perdió?) hegemonía ampliando derechos y mejorando el reparto de ingresos, sin cambiar, en lo esencial, las estructuras de la economía, y tal vez tampoco, las de ese aparato de Estado que es gobernado sin dejarse, en lo profundo, transformar. Somos hermanos rezagados de la legión de trabajadores de la cultura que -con contrato temporario, beca, monotributo, plan de empleo o colgados de un pincel-, disputan en nombre del Estado esa batalla por el sentido común que, por ahora, se pierde. Como a muchos de ellos, nos fastidia redactar memos, llenar planillas de asistencia, cargar suministros en RAFAM, quizás porque nos seguimos considerando, en secreto, almas bellas. Gente que está para otra cosa. Puede que el "espíritu emancipatorio" que dictan nuestros consumos aspiracionales no sobreviva al trajín por los pasillos estrechos del municipio, pero sí lo logra tal vez sepa aprovechar mejor sus chances concretas. El político profesional confía en su astucia, el burócrata reza su reglamento, el militante viene a ofrecer su corazón. ¿Y nosotros? En la pulseada entre regla y excepción a la que a veces se reducen las rutinas de palacio, no parece haber una "razón de estado" sino muchas en tensión. De todas tenemos algo que aprender.


Fotos de Francisco Drisaldi.

DE PELÍCULA

domingo, 30 de noviembre de 2014

10


El día amaneció con lluvia. Nos pasó tantas veces que ya perdimos la cuenta. “¿Se suspende?”. De ningún modo. Acá las cosas piden ser hechas más de una vez a marcha forzada, a paso de cangrejo, “contra viento y marea”. ¿Por qué con la fiesta de nuestros primeros 10 años iba a ser distinto? Así, los invitados tempraneros nos encontraron arrastrando cables, acomodando sillas, reboleando tablones y caballetes, a pesar del frío. Porque esa era la idea. Una fiesta en la que celebrar haciendo, que es lo que para nosotros sugiere la idea de un museo taller.



Todos a sus puestos: Cacho Mazzone te recibe en la entrada y te da la “información de sitio”; Zulema y Sabrina te entregan el folleto del museo y Pedro Marto, con traje y gorra de guarda, te pica los boletos que los amigos de ABTE (Agrupación Boletos Tipo Edmondson) imprimieron y nos regalaron (qué capos) con la consigna “el museo como herramienta”. Luego de la bienvenida, acaso siguiendo los consejos de Roberto Orzali, organizás tu recorrido: primero, avistaje de aves en la Rambla de Arrieta con la compañía experta de los amigos guardaparques Daniel, Martín y Patricia. Después, una pasadita por el taller de serigrafía en donde Silvia, Malena y Jimena te esperan con la tinta y el shablon listos para estampar lo que traés puesto, desde una remera a una ¡mantita de bebé! que apareció por ahí. Más tarde, subís a admirar la supermaqueta ferroviaria de Héctor Guerreiro, o aplaudís a los cantantes del taller que coordina Sarita Cappelletti en la Siempre Verde, o te das una vuelta por la Casa del Espía para bailar un tango con Sergio y Adriana, o para entonarlo junto con Rosana Soler mientras, detrás del mostrador, Rodolfo y Carla te tientan con unas empanadas.



No sabemos qué de todo esto hiciste, pero estamos seguros que quiet*, lo que se dice quiet*, no te quedaste. Y todavía no habías visto nada. No habías visto la foto gigante que descubrimos junto a Cacho Montes de Oca y Daniel Águila recién pasadas las nueve. La imagen de una celebración multitudinaria en Talleres Maldonado que tomó Daniel, con ojo de Águila, a fines de 1975, y que hoy, colgada de una pared del museo, invita a pensar que un trabajador nunca es sólo un trabajador, aquello que hace por un salario, sino también “lo que desea y lo que teme, qué come y cómo baila, las cosas por las que brinda y aquellas por las que lucha”.


Cacho y Daniel, que fueron compañeros en Maldonado, volvieron a abrazarse casi cuarenta años después en esta otra fiesta, en este otro taller. A su alrededor, había muchos otros ferroviarios, también portuarios y trabajadores de las usinas que en este tiempo nos han brindado infinitamente más que su testimonio. Con ellos levantamos la copa de sidra que Ida, Caty, Nora, Nenucha, Tití, Yamila y Ana, las “amigas del castillo”, convidaron a diestra y siniestra. Pedro Caballero hizo sonar, ensordecedora, la bocina de una locomotora GT 22, y entonces sí, bajo el 10 enorme que izamos con un guinche, cantamos el “feliz cumpleaños”, cortamos la torta que cocinó la Pochi y decoró el Bocha, escuchamos los saludos de Patricio Larrambebere, Eduardo Molinari y Marcela Sainz, las palabras (menos protocolares que desafiantes) de nuestro director Reynaldo Merlino, y dejamos que los amigos de Swing Gitan nos pusieran a mover la patita con su jazz gitano, haciendo sonar un serrucho como un violín.



En conclusión, una fiesta “surtida”, como dijo Pedro Marto, cuyo armado diverso representó quizá lo que ha sido este espacio en los últimos 10 años. Un museo que, bajo la creencia de que es posible -e incluso necesario- volverse otra cosa, se convirtió de acuerdo con la ocasión en salón de baile, sala de conciertos, taller de serigrafía, fonoplatea, corsódromo, mecano, balneario contaminado, panadería, peluquería, escenario teatral…

Justo cuando estabas por irte, abrimos las puertas del castillo. Con una batucada improvisada por los chicos del Envión de Saladero sobre tambores plásticos de 200 litros, te recibimos en una especie de capilla armada para prenderle una vela a San Atilio. Cacho Romero y Julieta te entregaron una estampita y por las escaleras rotas, marcadas por el desguace, procesionaste hasta llegar al primer piso. Allí, en una oficina abandonada, Daniel repetía una y otra vez la historia reciente de los intentos (y fracasos) de recuperación de ese edificio patrimonial. Una historia que abarca la del museo, pero que no está cerrada. Lo que viste en la nave central (y la cara que, según Guillermo y Pol, pusiste), ahí donde durante tantos años funcionaron las turbinas Brown Boveri y Franco Tossi, mejor no te lo contamos. Mejor, te invitamos a que vengas de nuevo dentro de poco.



Entre otras tantas cosas, celebramos el haber recuperado parte del complejo de la ex usina General San Martín tras la década neoliberal, así como también la tarea de los ferroviarios que se organizaron para rescatar los más de cuatro mil objetos que hoy forman la colección de Ferrowhite. Celebramos además la posibilidad de rehabilitar la memoria del trabajo ferroportuario, o al menos de generar las condiciones para preguntarnos cómo fue que llegamos hasta acá y cómo sigue esta historia. Pero también festejamos marcando lo que falta: salir al mar y entrar al castillo. Porque si en estos diez años ganamos algo, acaso en el inventario no se pueda dejar de contar la capacidad para pensar (e intervenir, en modesta medida) en lo que pasa a nuestro alrededor: en la ampliación del complejo portuario e industrial; en el estado del castillo; en la crisis de la pesca artesanal; en los escapes de cloro; en los índices de desocupación de la ciudad; en la emergencia en la que aún se encuentran la mayoría de los servicios ferroviarios de pasajeros; en el glifosato y el asbesto; en Vaca Muerta y la tragedia de Once.



Si algo de todo esto ha tenido eco, quizás sea porque nuestros problemas, áreas de conflicto y de interés son, de alguna manera, compartidos. Los compartimos con vos, por ejemplo, que viniste. O vos, que estás leyendo esta crónica imposible. Los compartimos con aquellas personas que pusieron su saber hacer, tiempo y compromiso en la cantidad de eventos, visitas escolares, talleres, obras de teatro, charlas, muestras, vacaciones de invierno, noches de los museos, congresos, fines de semana, ferias, carnavales que han tenido lugar en este sitio específico, logrando así que este se volviera un museo de laburantes: ferroviarios, estibadores, marineros, portuarios, pescadores, docentes, periodistas, estudiantes, colaboradores, mimos, artesanos, profesionales de la salud, diseñadores, fotógrafos, clowns, músicos, artistas plásticos, ferroaficionados, maquetistas, bricoleurs, entrevistados, visitantes, choferes, compañeros municipales, empleados de comercio, cantantes, sonidistas, colegas de museos, investigadores, psicólogos, químicos, actores, acróbatas, técnicos, vecinos, comerciantes, almaceneros… (perdón por no nombrarlos uno por uno, pero la lista sería extensísima e inevitablemente incompleta).

Y lo compartimos también con quienes “pusieron el cuerpo (la cabeza y el corazón)” a lo largo, ancho y profundo de esta década. “Trabajadores de museo” que forman o han formado parte del equipo de esta institución, bajo condiciones laborales y salariales a veces menos estables que precarias:

Reynaldo Merlino, Cristian Peralta, Gustavo Monacci, Nicolás Testoni, Carlos Mux, Marcelo Díaz, Fabiana Tolcachier, Rodolfo Díaz, Ana Miravalles, Adolfo Repetti, Esteban Sabanés, Lucía Cantamutto, Silvia Gattari, Guillermo Beluzo, Héctor Guerreiro, Zulema Soria, Natalia Martirena, José Pacheco, Yesica Peluffo, Pamela González, Roberto Firpo, Emilce Heredia Chaz, Nicolás Seitz, Julieta Ortiz de Rosas, Carla Volonterio, Roberto Carlos González, Analía Bernardi.

A todos, gracias totales. Vengan cuando quieran, esta es su casa.

jueves, 27 de noviembre de 2014

UNA FIESTA EN EL TALLER



El sábado 29 de noviembre, desde las 18 hs., festejamos -aunque nos mojemos- nuestros primeros 10 años dedicados a la historia del trabajo ferroviario y portuario con una gran fiesta en el complejo de la usina General San Martín a la que están todos invitados. Si llueve nos quedamos adentro que espacio no nos falta. Vení que seguro terminamos haciendo el trencito.

EL MUSEO COMO HERRAMIENTA
Ferrowhite es un museo taller. Un lugar en el que las cosas, además de ser exhibidas, se fabrican. ¿Y qué produce un museo taller? Un museo taller genera herramientas. Útiles para ampliar nuestra comprensión del presente y, por tanto, nuestra perspectiva del futuro, forjados en la labor con objetos y documentos del pasado, pero también en el cuerpo a cuerpo con la experiencia vital de cientos, miles de trabajadores ferroviarios y portuarios que forman parte de, y le dan forma a, esa historia. Eso dice el folleto que te damos en la entrada y eso más o menos es lo que intentamos, a pesar o en razón de que casi siempre nos sale otra cosa. No es fácil contar de qué va Ferrowhite. Un año en este museo tiene 36 meses, un montón de mañanas todas distintas. Un día toca montar con lupa las miniaturas que el mecánico ajustador Carlos Di Cicco talló en taquitos de madera y al otro cinchar con un torno que pesa más de cuatro toneladas. A lo largo de la última década, sin que sepamos cuánto de libertad, de azar y de necesidad hay en todo esto, Ferrowhite funcionó alternativamente como salón de baile, sala de conciertos, gabinete historiográfico, escenario teatral, taller de serigrafía, balneario contaminado, corsódromo, mecano, panadería, peluquería, café bacán, e incluso, como un museo.

LA HISTORIA QUE NOS TRAJO HASTA ACÁ
Ferrowhite cumple una década en noviembre de 2014. Su itinerario, sin embargo, forma parte de una trayectoria institucional más extensa. El museo abrió sus puertas el 6 de noviembre de 2004, luego de dos años dedicados a la recuperación del Taller Regional de Mantenimiento de la ex usina General San Martín. El taller, que había dejado de funcionar a fines de 1988, fue desguazado junto con la usina luego de la privatización de la empresa provincial de energía eléctrica a fines de los noventa. Su puesta en valor, propiciada desde el Museo del Puerto de Ingeniero White a través de un subsidio de la Fundación Antorchas, tuvo por primer objetivo alojar una colección de objetos que un grupo de ferroviarios encabezado por Adolfo Repetti había puesto bajo el resguardo de la municipalidad, luego de que los ferrocarriles argentinos pasaran también a manos de concesionarios privados. De ese modo nació Ferrowhite como un museo autónomo. Martillos, tornos y tenazas; escariadores, sierras y bigornias; caladores, cuchillos y piedras de afilar… No se imaginan lo que pesaban esas herramientas cuando hubo que hacerse cargo de su traslado. Al aceptarlas, estábamos asumiendo como propia la demanda no sólo del grupo de ferroviarios que las había “salvado”, sino de un sector mucho más amplio de la sociedad, de reconstruir una historia compleja que corría el riesgo de desaparecer junto con ellas. Puede que por eso pesaran tanto. Ahora bien, el equipo del museo hubiera sido incapaz de empezar a dar cuenta de esa historia en soledad. Necesitaba para ello de la colaboración efectiva de todos aquellos que de un modo u otro formaron y forman parte de la vida del ferrocarril, de los elevadores, los muelles y las usinas de este puerto. Es eso lo que nos ha llevado a golpear la puerta de nuestros vecinos, pero al mismo tiempo lo que ha hecho que algunos de esos vecinos terminaran considerando al museo como su propia casa. Comenzamos haciendo entrevistas bajo los protocolos de la "historia oral" y terminamos comprometidos con nuestros entrevistados en el armado de muestras, obras de teatro, artefactos extraordinarios y fiestas de carnaval que no sólo dan cuenta del pasado de una comunidad sino que, de algún modo, intentan incidir sobre su presente.

UN MISMO EQUIPO CON CAMISETAS TODAS DIFERENTES
Libros y bolsas para las compras, balsas y videos, teatro y cajas para herramientas... Ferrowhite produce implicando en esa producción a un mecánico de locomotoras con un arquitecto, a un videasta con un buzo, a un municipal con una costurera, a una licenciada en historia con un estibador. Personas que llevamos adelante en este lugar actividades que derivan pero al mismo tiempo están más allá, o más acá, tanto de las habilidades pulidas a lo largo de nuestra vida laboral, como de las rutinas que la industria de la cultura programa para nuestros ratos libres. ¿Hará falta decir que, en vista de nuestra variada condición de clase, género, edad, nivel de ingreso o educación, y en virtud de nuestra pertenencia o no a los estamentos municipales –o del lugar que cada uno ocupa dentro de ellos-, los miembros de este “colectivo” casi nunca estamos de acuerdo; que la discusión, más allá de las buenas intenciones, nunca es de igual a igual; que incluso la posibilidad misma de que la discusión suceda no es algo que podamos dar por descontado? Porque Ferrowhite, esto también hay que decirlo, no es hijo del acuerdo espontáneo de sus integrantes, sino el resultado de la constante, muchas veces ardua negociación de nuestras diferencias. Hay quien piensa que con conocer con más precisión la historia de este sitio, previniendo así las generalizaciones apresuradas y los mitos que esas generalizaciones fundan, alcanza y sobra. Está quien reclama, en cambio, que este museo estatal vale sobre todo por las intensidades que genera, por la capacidad de transformar al visitante, aunque sea por un rato, en un artífice. Y la verdad, importa menos decidir quién tiene razón, que el pequeño milagro de que sigamos trabajando alrededor de una misma mesa. La historia de este museo es también la historia de nuestra variable capacidad para convertir nuestras discusiones en una potencia. Y lo increíble es que a veces funciona.

DAILOFF


Los protagonistas de la foto tomada a fines de 1975 en Talleres Maldonado, imagen que el sábado vamos a descubrir en la muestra de Ferrowhite, no dejan de aparecer. Andrés Dailoff, junto a su señora Tita (Petrona Elena Zarich), se reconoce en ella de inmediato, enumera todos los nombres de los compañeros de trabajo (los vivos, y también los que ya han fallecido) y se reencuentra con su propia historia, una historia que, como todas, está llena de vicisitudes, tensiones, alegrías y también decepciones profundas. De eso se trata este trabajo: no de mistificar el pasado, edulcorándolo con nostalgia y clichés encantadores, sino de elaborarlo y resignificarlo y transformarlo en potencia para seguir adelante.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

jueves, 20 de noviembre de 2014

TAPADOS DE TRABAJO


El próximo sábado 29 festejamos los 10 años del museo y estamos a pleno con los preparativos.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

OJO DE ÁGUILA


- A ver si te encontrás acá en la foto, le digo a Daniel Aguila (mecánico y soldador en Talleres Cnel Maldonado desde 1970).
- Pero si esta foto la saqué yo, mamita!

Así, sin proponérnoslo, dimos nada menos que con el fotógrafo que tomó la imagen que el día 29 de noviembre será oficialmente inaugurada en la muestra de Ferrowhite (museo taller). Daniel llegó a los 17 años de Chile, trabajó en la construcción, en el campo (en Pedro Luro como cosedor de bolsas de alfalfa y tractorista) y como ferroviario, hasta hace unos pocos meses, en Talleres Cnel Maldonado. Pero no fue solamente ferroviario. Durante diez años se dedicó también a la fotografía: cumpleaños, casamientos, bautistmos, y desde ya, las fiestas y reuniones con sus compañeros de trabajo en el Taller y en el Club La Armonía. Muchas de las fotos que tenemos en nuestro archivo fotográfico ahora venimos a saber que fue él quien las sacó. ¿Habrá más dando vueltas por ahí?

miércoles, 5 de noviembre de 2014

VAN APARECIENDO

De a poco van apareciendo los protagonistas de la foto de la fiesta en Talleres Maldonado. Vino a visitarnos Roberto Buiani, quien todavía trabaja en los Talleres y, para nuestra sorpresa, se encontró a sí mismo en la imagen, "con más pelo que ahora".


martes, 4 de noviembre de 2014

AL TACHO


El domingo pasado inauguramos en La Casa del Espía una muestra en la que nuestro compañero Guillermo Beluzo retrata los canastos de basura que pueblan las veredas de nuestra ciudad, cosa que supone atender al ingenio de aquellos que los construyen pero también a los incómodos interrogantes que los modos de generar y tratar la basura convocan. La respuesta no tardó en llegar. Esta mañana pasaron por la muestra Jorge Blanco, jefe del área Talleres de la Escuela de Educación Secundaria Técnica 1 de Ingeniero White, junto a Luciano Mezqer y Alan Algañaraz, alumnos de segundo año de polimodal, y nos regalaron 3 cestos de basura especialmente confeccionados en la escuela para el parque del castillo y la Rambla de Arrieta. Sorpresa. Emoción. Qué otra cosa decir más que dar las ¡gracias!

viernes, 31 de octubre de 2014

LA FIESTA









En noviembre Ferrowhite cumple diez años y lo festejamos el sábado 29, día en que presentaremos una reproducción gigante de esta foto. ¿Quién estuvo en aquella fiesta en Talleres Maldonado el día de Navidad de 1975? ¿Nos ayudan a encontrar a quienes aparecen en ella?

lunes, 27 de octubre de 2014

¡BINGO!





El sábado no faltó nadie al gran mate bingo que organizó la Asociación Amigos del Castillo.

miércoles, 22 de octubre de 2014

CESTO SENTIDO



El próximo domingo, a las seis de la tarde, presentamos en La Casa del Espía una muestra de fotos en la que Guillermo Beluzo se interesa por el artefacto más modesto de nuestro mobiliario urbano: el cesto de basura. Un objeto en el que, además de la bolsa de residuos, caben mil preguntas acerca de los modos en que una ciudad lidia con lo que desecha.

Aunque está siempre ahí, firme en la vereda, casi como si estuviera posando, el canasto de la basura no suele salir en las fotos. Claro, "queda feo" pero ¿Se fijaron que en Bahía no hay uno igual al otro? ¿Y que muchos exhiben volutas y firuletes, un ornato a veces pudoroso y otras tan temerario que la forma desafía a la función? Como la basura que portan, los cestos hablan de nuestra vida más de lo que nosotros quisiéramos. Al retratarlos, el fotógrafo que se interesa en ellos capta algo de quienes somos, sin siquiera molestarse en tocar el timbre de nuestra casa.

Pero hace más el fotógrafo ciruja: se pregunta también por las maneras en que un vecino, una ciudad, un civilización lidian con aquello que desechan. Visto el asunto en perspectiva, nunca generamos tantos residuos como ahora. La basura vuelve tangible el vínculo maloliente entre miserables y opulentos. Así, mientras para algunos su acumulación sin precedentes se convierte en potencial amenaza para el propio bienestar, para otros de ella depende la propia supervivencia.

Si hoy por hoy algunos de los galpones del ferrocarril que aún quedan en pie son flamante sitio de acopio y labor de los cartoneros, quizás los grandes proveedores de tachos de basura de esta ciudad hayan sido alguna vez los propios talleres ferroviarios. En el taller, fabricar un cesto de basura era hacer un "perrito". Uno de esos trabajos que cualquier soldador con algo de habilidad hacía "de taco", en el tiempo que restaba luego de concluida la tarea.

Incluso el propio canasto, se nos dirá, corre el riesgo de ir a parar a la basura. Porque el canasto es ya obsoleto. Evita que los perros husmeen, pero no sirve para separar nuestros deshechos. Socio de la ominosa bolsa camiseta, el canasto es enemigo del reciclaje. Y reciclar es lo que "se usa", porque "está bien", porque es lo que "se debe". Reciclar es el primer mandato de una nueva fe en la que comulgan, de distinto modo, lúmpenes, progres y poderosos. Los que viajan en 4x4, los que andan en bici y aquellos que tiran de un carro a pie. Un precepto según el cual objetos, pero también espacios y sujetos, se definen menos por sus cualidades que por la posibilidad de perderlas para convertirse en materia dócil, maleable, cada vez que una sociedad, o sus dueños, así lo requieren. Más allá de los beneficios que supone para el ambiente, el reciclaje surte efecto en nuestras almas: nos redime imaginariamente de las consecuencias nocivas del consumo para, libres de culpa, poder seguir consumiendo.

El interrogante por lo que se tira no es tan distinto, en definitiva, a la pregunta por lo que decidimos conservar. El tacho de basura y el museo están emparentados. Ambos conciernen al vínculo histórico entre producción y consumo. Ambos son avatares de una misma economía política.

lunes, 20 de octubre de 2014

EL TALLER QUE SE VOLVIO LEYENDA



Pasó el último encuentro de "No me lo vas a creer". Lo que empezó como una actividad de vacaciones de invierno en la que chicos y grandes le dieron forma a las criaturas de leyenda del ferrocarril y el puerto, se convirtió a lo largo de estos meses en un taller que va a ser tan difícil de olvidar como las historias que se contaron en él. Gracias.

miércoles, 15 de octubre de 2014

UN LÍO DE NOVELA


Este sábado, a las cinco de la tarde, chicos y grandes volvemos a poner el museo patas para arriba. Se viene el último encuentro de "No me lo vas a creer". Acercate a imaginar y construir las historias extraordinarias que se cuentan en el ferrocarril y el puerto en un taller que ya es leyenda.

jueves, 9 de octubre de 2014

LA SEMANA PASADA ESTUVIMOS ACÁ...



El pasado 3 de octubre participamos junto a Daniela Pelegrinelli, del Museo del Juguete de San Isidro y Maribel García, de la Red de Museos Municipales de los Pueblos de Olavarría, de la mesa sobre museos y comunidad organizada en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires por la Fundación Typa, en el marco de su "Laboratorio de Gestión en Museos 2014". Un gusto.

lunes, 29 de septiembre de 2014