viernes, 5 de diciembre de 2014

ESPÍRITUS DE ESTADO



Sobre el fin de su último mandato, el 6 de noviembre de 2003, el intendente Linares inauguró la obra de recuperación del taller que es sede de nuestro museo, pero recién un año más tarde Ferrowhite abrió sus puertas en plena forma. ¿Ferrowhite fue el último acto de gobierno de la Subsecretaría de Cultura radical o el primer museo del Instituto Cultural peronista? Puede que ambas cosas y, a la vez, ninguna. Porque hablar de la historia de esta institución requiere tener en cuenta, en primer lugar, la trayectoria cambiante, a veces conflictiva, del conjunto de personas que se las arregló para anidar no uno sino dos "museos comunitarios" bajo lo que algunos amigos llaman el ala protectora, y otros el pie aplastante, de ese Estado que bien o mal, pero siempre puntual, paga nuestros sueldos. Una trayectoria que no comenzó en 2003 o 2004, sino con la constitución del Museo del Puerto, allá por 1987. Ferrowhite es estatal porque su actividad al mismo tiempo que depende no se deduce de los actos de tal o cual gobierno. Nos gusta pensar que los museos de White han llegado convertirse en una política del Estado democrático ganada desde abajo, día a día. Quizás sólo sea una expresión de deseo pero, sabrán entender, es nuestro cumpleaños.

Armar un museo implica esa apuesta por el largo plazo. Ponerle una ficha al porvenir en la ruleta de una época urgida por el rinde inmediato. Quien sabe si, en contra de nuestra propia tendencia a llenar de eventos el calendario, de lo que se trata en este lugar es de organizar esa paciencia, y a través de ella, otras maneras de experimentar el tiempo, de asociar, como el sábado, la larga duración con el instante intenso, los témpanos del archivo con el crisol de la fiesta. Una actividad sostenida en favor de prolongar no alguna clase de certidumbre respecto de nuestra identidad y destino como institución sino la propia posibilidad de la incerteza. Ferrowhite es un museo municipal que se llama a sí mismo comunitario. Cada una de nuestras mañanas está dedicada a explorar la potencia de este contrasentido, a ensayar la amalgama inestable -y, en definitiva, imposible-, entre estos dos adjetivos, o mejor dicho, entre las realidades complejas que los términos Estado y Comunidad tienden a ocultar cuando -escritos así, en mayúscula y singular-, se los contrapone como entidades sin fisuras ni matiz.



Ferrowhite es un museo en la triple frontera, un enclave en la encrucijada entre población local, poder político y capital trasnacional, una trinchera y a la vez una aduana para los símbolos de una comunidad cada vez menos evidente: un museo de los ferroviarios en un país en el que agonizan los trenes, un museo de los trabajadores en un puerto "próspero" con cada vez menos laburantes, un museo de los vecinos en un lugar en el que fomentistas y cooperadores pactan con funcionarios de relaciones públicas de empresas globalizadas el sentido y los límites de la palabra comunidad. Y otra cosa: Ferrowhite es un museo de White hecho por hijos progresistas de la conservadora clase media bahiense. Porque de ahí venimos, no todos, pero sí unos cuantos por acá. Y también brindamos por eso. Por la reunión improbable entre "los del medio" y "los de abajo", entre los que viven a diez y a sesenta cuadras del centro, a pesar de todos los malentendidos y las asimetrías que ese encuentro supone.

Pero si, por un lado, lo que hacemos deriva de un itinerario que viene de lejos, por el otro, tampoco se entiende al margen de la gran crisis de 2001 y del orden que emergió tras la debacle. Ferrowhite tiene la edad del kirchnerismo. Nuestra pequeña aventura es contemporánea del gran sueño de cambiar el Estado para cambiar la sociedad o, al menos, atenuar sus injusticias; llegamos hasta acá con el viento de cola de la época, a veces entusiastas, a veces escépticos, a veces desconcertados ante los alcances y los limites de un proyecto político que construyó (¿y perdió?) hegemonía ampliando derechos y mejorando el reparto de ingresos, sin cambiar, en lo esencial, las estructuras de la economía, y tal vez tampoco, las de ese aparato de Estado que es gobernado sin dejarse, en lo profundo, transformar. Somos hermanos rezagados de la legión de trabajadores de la cultura que -con contrato temporario, beca, monotributo, plan de empleo o colgados de un pincel-, disputan en nombre del Estado esa batalla por el sentido común que, por ahora, se pierde. Como a muchos de ellos, nos fastidia redactar memos, llenar planillas de asistencia, cargar suministros en RAFAM, quizás porque nos seguimos considerando, en secreto, almas bellas. Gente que está para otra cosa. Puede que el "espíritu emancipatorio" que dictan nuestros consumos aspiracionales no sobreviva al diario trajín por los pasillos estrechos del municipio pero, si lo logra, tal vez sepa aprovechar mejor sus chances concretas, que son modestas, pero no pocas. El político profesional confía en su astucia, el burócrata reza su reglamento, el militante viene a ofrecer su corazón. ¿Y nosotros? En la pulseada entre regla y excepción a la que a veces se reducen las rutinas de palacio, no parece haber una sola "razón de Estado" sino muchas en tensión. De todas tenemos mucho que aprender. Feliz cumpleaños.


Fotos de Francisco Drisaldi.

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