miércoles, 21 de mayo de 2008

LOGÍSTICA Y BRICOLAGE

En coincidencia con la llegada a puerto del primer buque regasificador, Ferrowhite recibe en sus salas al "Ingeniero White", el barco que Roberto "Bocha" Conte, trabajador marítimo, contruyó a partir de materiales de descarte con la intención de documentar parte de la historia de este puerto. Mientras el Excelsior se dedica a convertir en gas su carga, una actividad cuyo riesgo para la población e impacto en la balanza comercial resultan difíciles de ponderar, el arribo al museo del buque de Bocha Conte concreta la operación inversa: convierte algo tan intangible como la memoria de un pueblo en una sólida carga de contenedores.


Alguna vez los Astilleros Conte fueron el living de una casa de la calle Avenente. Allí, Bocha Conte trabaja desde hace tres años en la construcción a escala de un barco portacontenedores. Sin considerar concluída su labor, él y su mujer Alicia, aceptaron prestarnos la embarcación por un tiempo, para que la exhibamos en el museo "como un homenaje", dicen, al pueblo que los vio nacer. En el living-astillero se han botado ya otros buques aunque, admite su constructor, ninguno tan ambicioso como este. El portacontenedores en cuestión mide casi tres metros de largo. Sólo por su tamaño y minuciosa confección, la maqueta resulta un artefacto admirable. Pero eso no es todo.

La réplica es exacta, o al menos asombrosamente verosímil, excepto por un detalle, algo que el visitante percibe solo al acercarse, pero que una vez descubierto, trastoca el conjunto por completo: lo que leemos en el lateral de cada contenedor, justo allí donde deberían figurar los emblemas corporativos, no es el nombre de alguna trasnacional naviera, sino el de un almacén, el de un club, el de una peluquería o un bar del puerto de Ingeniero White. En lugar de Maërsk, Exologística o Capital: Don Blas, Huracán, Curacó.

De pronto, un negocio de barrio interviene en el comercio de ultramar. En ese detalle extravagante, la miniatura deja de copiar este mundo para proponer otro, uno en el que la distancia entre grandes empresas y vecinos, interpretamos nosotros, no existe, o existe patas para arriba, al revés. En cierta forma, el buque de Bocha disuelve por el absurdo una idea a diario utilizada para justificar la presencia y el modo de funcionamiento de los enclaves petroquímicos y cerealeros establecidos en la zona: ´A través de este puerto -se escucha y lee a menudo- los bahienses nos vinculamos al mundo, participamos del intercambio internacional de las riquezas’. Postulado al que el modelista barrial parece responder haciendo de cuenta que sí. Como si con su réplica adulterada dijera: “Mirá si de verdad fuera cierto”.


En lugar de Evergreen, Hamburg Sud, Tritón: Tiburón, Comercial, Onorio.
Manuscritos, diminutos, casi insignificantes, esos nombres señalan, quizás, hacia todo aquello que no da la talla, hacia lo que no se ajusta a los estándares de medida y, por tanto, queda situado en los bordes del "gran cálculo", es decir, en los márgenes de la lógica uniforme que está en la base de la organización de los flujos de mercancías, energía e información del capital globalizado.

Se dice que en las construcciones más viejas de este pueblo aún es posible identificar los materiales que traía consigo el Ferrocarril Sud. Chapas supernumerarias y maderas de embalaje utilizadas para improvisar casas que terminarían durando, sin embargo, algo más de un siglo. El dato es menos pintoresco de lo que parece. Desde el punto de vista de los actuales ingenieros de la industria, el "casco histórico" de Ingeniero White, y en alguna medida, su población entera, representan una suerte de residuo de un proceso que el presente desarrollo del capitalismo (logística, nuevos materiales, automatización de procesos, organización flexible del trabajo...) estaría en condiciones de suprimir. A pesar de ello, es difícil precisar cuánto en la vida de los habitantes de este puerto sigue dependiendo, aún hoy, de esa misma habilidad furtiva: la facultad de operar con restos para establecer con ellos combinaciones inesperadas y la capacidad de dedicar horas y horas a una actividad, a priori, ineficaz.

En el armado de su barco, Bocha empleó el cartón de decenas de envases Tetra Brick. "Esto, aunque no parezca, son puras cajas de vino y mucha plasticola". A principios del siglo XX, el vino que servían en su mesa los trabajadores bahienses llegaba a la ciudad por tren, desde la zona de Cuyo, almacenado en enormes bordalesas. Antes de alcanzar el vaso de algún parroquiano o comensal, el líquido debía mudar aún de vehículo y recipiente, de los vagones a los carros y de las bordalesas a las damajuanas o las botellas. En el final de ese intrincado itinerario estaba el padre del propio Bocha, estibador que, entre turno y turno, tenía tiempo para invitar a sus compañeros con una copa, y en su posibilidad, la propia historia de mi bisabuelo Humberto, dedicado por décadas a fraccionar vino en terrenos cercanos a la Estación Sud. Hoy, el vino de mesa se envasa regularmente en origen, en cajas de cartón impermeabilizado que, en escala reducida, reproducen de manera bastante exacta la proporción de un contenedor de puerto. El buque de Bocha es, a fin de cuentas, un barco de papel. Uno hecho a la medida de los pliegues de esta historia.

En lugar de Blue Star, Libra o Kien Hung: Vaira, Candel, Moralejo, Ceci, Gómez, Expósito, Churazzo... Bocha nos hace notar que en su barco no solo figuran lugares que existen hoy en White, sino también y sobre todo, aquellos que sus familiares, sus amigos y él mismo recuerdan hubo alguna vez. Pero a pesar o en razón de tantos nombres que provienen del pasado, el buque de Bocha parece cumplir una función anticipatoria. Se diría que es la materialización minúscula, y por eso manejable, de un pronóstico oscuro: ‘Si esto sigue así, van a terminar mudando el pueblo a otra parte.’ Ubicado en la muestra de Ferrowhite, el buque vuelve visible la posibilidad de un futuro funesto que al mismo tiempo intenta conjurar, contener en su limitada existencia de objeto, como se encierra a un genio maligno en una lámpara o una botella. Allí donde el oficio del modelista profesional tiende a manifestar la voluntad de dominio de la técnica sobre el mundo, la habilidad del bricoleur convierte una destreza técnica en el fundamento de un acto de carácter mágico. El buque portacontenedores de Bocha Conte es el modelo a escala de un Arca que ojalá nadie deba construir jamás.


Roberto Conte trabajó en las dragas y chatas barreras dependientes de la Dirección Nacional de Vías Navegables del Ministerio de Obras Públicas de la Nación. La tarea de estas dragas era mantener el calado del canal principal de la ría de Bahía Blanca y de los sitios de amarre del puerto de Ingeniero White, para permitir la llegada y la partida de buques que se fueron haciendo con el paso del tiempo más y más grandes, hasta alcanzar las dimensiones record del Excelsior. Bocha tiene dos hijos, Martín y Pablo. Junto a Atilio Miglianelli, integró el equipo de pesas del Club Puerto Comercial.

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