lunes, 22 de marzo de 2010

LA DICHA EN MOVIMIENTO

Esto pasó el sábado.


Cuando en los 60 alguien hablaba de la “noche del puerto”, con seguridad aludía a bares, cantinas y cabarets que podían permanecer abiertos hasta la madrugada. El combustible de aquella fiesta ardía en los bolsillos de la mano de obra empleada en la estiba y en el ferrocarril, en el de las tripulaciones de los barcos que permanecían semanas cargando cereal o fruta, y por supuesto, en el de todos los bahienses en plan de reviente.

Hoy el puerto tampoco duerme. Pero su noche es otra. La fabricación de pelets de polietileno, la carga de granos o la pesca en alta mar no distinguen las horas del día. Cuando en este lugar se habla de procesos “altamente automatizados” no se alude simplemente a la menor cantidad de trabajadores involucrados en cada tarea, sino también, y sobre todo, a vidas humanas asimiladas casi por completo al ritmo de funcionamiento de las máquinas. Los operarios que, como Marcelo Bustos, pasan meses en alta mar trabajando 12 horas y descansando cuatro, en forma rotativa, pierden inevitablemente la cuenta de los días.

Es a esa noche a la que el museo asoma, desafiando un poco la lógica de funcionamiento cerrado -con entradas y salidas bajo control estricto-, a la que tanto la industria como la industria de la cultura -cada vez más segmentada- tienden. Y no para añorar una fiesta que la mayoría de nosotros no vivió, sino para volcar la fuerza de aquellas aguas en estas. El sábado diluvió. La dicha es un sentimiento que se conjuga en presente.

Algo de lo que se proyectó el sábado acá y acá.

No hay comentarios: