miércoles, 18 de mayo de 2011

SIN PELOS EN LA LENGUA

El sábado 21 de mayo, durante la Noche de los Museos, en Ferrowhite inauguramos una peluquería. Sí, vas a poder cortarte el pelo en el museo, pero también hojear revistas que ya no se consiguen, enterarte de cosas que solo se cuentan al oído, y discutir sobre los temas que inquietan a esta comunidad, que es lo que se hace en toda buena peluquería de puerto.


Titi te invita a sentarte en su sillón
HISTORIA A CONTRAPELO
Pero ¿Qué tiene que ver una peluquería con la historia de los trabajadores? Poco y nada si esquivamos la pregunta, ¿Qué hacen los que trabajan además de trabajar? Corto o largo, lacio o crespo, con jopo o flequillo, con raya al costado o al medio, el pelo es esa parte de nuestro cuerpo que más temprano que tarde se trenza (o enreda) a la sociedad y a la época que nos tocaron en suerte. Sobre nuestras cabezas se modelan signos de los tiempos, marcas de sumisión o rebeldía, señas de pertenencia a un género, a una generación, a una clase.

Pero mejor que lo explique Titi Sedrani, nuestra anfitriona del próximo sábado: “La cabeza de White cambió. Cambió por afuera, pero ojo, también por adentro. Cambió el puerto y sus peluquerías cambiaron a la par”. Titi abrió la suya allá por 1982, en el local que durante décadas ocupó otro peluquero, Raimundo Morelli. “Un gran laburante de la navaja y la tijera, un tipo muy querido”, define Titi, quien además tuvo entre sus primeros clientes a otro colega célebre, José “Pepe” Lamas.

“Al principio fue muy duro, porque yo abrí directamente para caballeros y niños, y acá las peluquerías de hombres las atendían hombres. Los señores que abrían la puerta me preguntaban ¿Y el peluquero? Cuando se enteraban que el peluquero era yo, ni hasta luego me decían, pero bueno, lo que te digo, empezó a cambiar después nuestra cabeza…”

GOMINA Y PLENO EMPLEO
Tal vez el encuentro del sábado ayude a despejar un modesto enigma que apremia a los trabajadores de este museo: ¿por qué en las fotos ferroviarias de los años cincuenta y sesenta nadie o casi nadie, ni siquiera aquel que asoma la cabeza desde adentro de una fosa, sale despeinado? Junto a las cantinas, los bares y los cabarets, las peluquerías whitenses perduran en el recuerdo de calvos y canosos como un negocio próspero. Repasemos: Salvador Puglisi en la calle Belgrano, los hermanos Antonio y Américo Luciani por Avenente, sobre la misma calle los hermanos Villalba, el maquinista Juan Antonio Schbib en Mascarello y Sisco, su hermano Cesar junto a Horacio Faccini en Siches sobre mano par, sobre mano impar Severo Polio, también por Belgrano Santiago Boccanera y su yerno Raimundo Morelli, en la vereda de enfrente Betino Vitale y Antonio Villa, sobre Guillermo Torres Atanasio Dimuchicos, y casi llegando a San Martín, Manuel y José Lamas… ¿Nos olvidamos de alguien?

 “Todas peluquerías de hombres*, ¡y estaban todas llenas!”. Su número y extensa clientela no habla solo de la pertinaz coquetería de los varones que se afincaron en este arrabal ventoso, también de la cantidad de trabajadores que concentraban el ferrocarril, la Junta Nacional de Granos, el Ministerio de Obras Públicas, YPF, la pesca; y de las salidas, las fiestas, las funciones de cine, las cenas, los bailes, y otras tantas ocasiones sociales en las que un buen corte y una afeitada al ras eran requisito indispensable.



CAMBIAR LA CABEZA
A través del espejo del local que bautizó con el nombre de sus hijos (“Mari Mau”), desde ese pequeño sillón giratorio tan alejado de tronos y sitiales, Titi lleva un registro minucioso, capilar, de los cambios sucedidos en White en los últimos treinta años.

“Yo me acuerdo que mi papá, que trabajaba en la Junta, por ahí se iba al puerto a las seis de la mañana y en tiempos de cosecha no volvía hasta la una de la madrugada. Un barco podía estar dos, tres días cargando. Hoy el barco, con las máquinas que hay ahora, llega, está unas horas y se va. Esa gente que no se precisa más para la carga, esa tripulación que no baja más a puerto, tampoco se sienta en este sillón”.

Para Titi la transformación del puerto implicó una merma de clientes, al mismo tiempo que un significativo aumento de la competencia. “En los noventa, mientras muchos negocios cerraban, se abrían peluquerías, porque la gente hacía cursos rápidos y se ponía una en la casa. Yo creo que la situación general en estos últimos años se ha ido acomodando, pero lo que es acá, en White, con tanta riqueza pasando de largo frente a nuestras narices, si no nos organizamos en serio, la vamos a tener difícil.”

VAYAN SACANDO TURNO
Una peluquería –esta es la hipótesis, un poco delirante, que vamos a testear el sábado- puede llegar a funcionar como un laboratorio de narración oral, en el que la historia de una comunidad suma a sus capítulos habituales el relato con el que cada nuevo cliente resume su vida, sus puntos de vista y sus expectativas, en los 15 o 20 minutos que dura un corte. “Esto es un confesionario. Me costó mucho a mí aprender a callarme la boca, la peluquería es política, fútbol… encima yo hincha de Huracán, acá en el centro de White, rodeada de hinchas de Comercial, he perdido muchos clientes por eso, hasta que entendés que tenés que poner el oído y callarte un poco.”

Hace casi 53 años, el 1 de diciembre de 1958, 4000 ferroviarios que reclamaban el pago de una retroactividad se declararon en huelga. A pesar del vigente Plan CONINTES, a pesar del estado de sitio, y de estar “movilizados”, es decir, sujetos a disciplina militar por el gobierno de Frondizi, los ferroviarios de White, Noroeste, Maldonado y Bahía Blanca Sud se concentraron en la Plaza Rivadavia y marcharon por Avenida Alem y calle Florida hasta llegar a las mismísimas puertas del regimiento donde, ¿adivinen qué?, terminaron todos presos. Hay 4000 versiones de esta historia, pero ninguna que no coincida en este punto: cómo los sentaron a todos en la inmensa plaza de armas, con aviones de guerra sobrevolando y soldados apostados, apuntado desde los edificios más altos, y cómo los peluqueros del regimiento fueron rapando cabelleras y bigotes, hasta que, literalmente, las cuchillas de las máquinas rasuradoras se quedaron sin filo.

Mucho antes de que existieran museos con ganas de copar la noche del puerto, esta historia circuló seguramente por sus peluquerías -que según quiere la leyenda, alguna vez permanecieron abiertas hasta la madrugada-, porque una peluquería, en definitiva, es ese lugar donde se corta pelo para que la conversación no pare de crecer. 


* Para “señoras y señoritas” estaban Nelly en calle Brown, y en Brown y San Martín, la peluquería del Italiano. 

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