domingo, 26 de septiembre de 2010

HECHO EN FERROWHITE

Nos pidieron un texto que resuma en 8000 caracteres en qué anda Ferrowhite. Cosa no siempre sencilla. El intento, completo, acá.



Ferrowhite es un museo que además de exhibir objetos los fabrica. Imanes para adherir próceres precarizados a tu heladera y bolsas para las compras con frases que hacen blanco en la coyuntura, pero también buques archivo, elevadores de granos en miniatura, remeras con vegetación autóctona mutante y obras de teatro protagonizadas por ferroviarios, estibadores y marineros. Cómo es que de un museo salen todas estas cosas tal vez requiera algún tipo de explicación. Ferrowhite es un museo taller. Esto quiere decir que ocupa el lugar que fuera un taller pero, además, que intenta funcionar como uno. Desde este punto de vista, lo que Ferrowhite atesora no son solo herramientas viejas, sino también el potencial de trabajo, la inteligencia organizativa y operativa asociada a ellas. Un museo taller busca actualizar ese potencial. Acaso tanta actividad intente dar respuesta a un solo interrogante: ¿Cómo convertir la preocupación por la historia en una tarea colectiva, y a esa tarea en uno, dos, un montón de útiles capaces de incidir, aún de manera modesta, en la realidad presente?

EL PASADO COMO CONSTRUCCIÓN
Entender este museo estatal como una construcción colectiva supone revisar la jerarquía establecida entre quienes cuentan la historia y quienes, con suerte, son contados por ella. Es decir, implica reconsiderar las reglas que en nuestra sociedad regulan la producción de relatos sobre el pasado compartido. Este 9 de octubre presentamos “Ferroviarios”, libro compilado por Juan Carlos Cena, que incluye el artículo “La (larga) huelga de 1958 en Bahía Blanca e Ingeniero White”, en el que treinta obreros entrevistados por el museo recuperan aspectos de la multitudinaria marcha que paralizó el puerto y la ciudad el 1 de diciembre de ese año. 

Entre tanto, nos preparamos para realizar, el próximo sábado 2, la segunda función de “Flying fish”, cuarta obra del proyecto de teatro documental Archivo White, protagonizada por el marinero mercante Roberto Orzali. La obra relata el viaje alrededor del planeta que Orzali realizó a bordo del “Aegis Kingdom”, buque griego que partió de Ingeniero White en junio de 1972 llevando trigo hacia el puerto de Yokohama, en Japón. Entre la obra y la travesía que la inspira median grandes transformaciones: la modernización en el diseño de los buques, la automatización de los procesos de carga y descarga, la flexibilización de los marcos legales que regulan la actividad marítima y portuaria. En efecto, la obra de Roberto puede verse como el repaso a contrapelo de los cambios económicos, políticos y sociales que hoy vuelven impensables viajes como el suyo. Pero lo que el teatro documental pone a la vista de todos es algo más que el testimonio de un mundo perdido o una mirada en perspectiva del mundo actual. Lo que un “documental en vivo” lleva a escena es, ante todo, una capacidad. La capacidad de los trabajadores de hacer algo distinto de la labor a la que fueron asignados. Ninguno de los protagonistas de Archivo White se limita a hablar sobre su trabajo. El estibador Pedro Marto lee una proclama política, el marinero en pesqueros de altura Marcelo Bustos filma una película con su celular, el mecánico ajustador Pedro Caballero baila el bolero de Ravel. Vistos desde esta platea, tanto el ferroviario que solo piensa en trenes como el “artista nato” se convierten en figuras de cartón pintado, ajenas a cualquier conflicto, tan planas como esos obreros de fibrofácil que llenan de ironía las salas del museo, fetiches de los que conviene empezar a sospechar. 

COMO FUNCIONA LA COSA
Es usual que la historia de un lugar se cuente a través de estatuas, museos y monumentos, cosas de gran escala, destinadas a perdurar en el tiempo tal cual son. El taller que se realiza en Ferrowhite los lunes, martes y miércoles por la tarde, parte de la premisa opuesta: ¿Por qué no inscribir esa identidad en cosas de menos peso, de uso y desgaste asegurado? ¿Por qué no producir remeras, buzos y mochilas que nos permitan llevar en el cuerpo –con lo que nos gusta y lo que queremos cambiar-, nuestro barrio, nuestra ciudad?








“Cómo funciona la cosa” es un taller de confección e impresión de prendas y otros objetos de uso cotidiano del que participan pibes de Ingeniero White y el Barrio Noroeste. A saber, Andrea, Anto, Camila, Ceci, Emiliano, Evelyn, Franco, Jimena, Maira, Mariana, Macarena, Mica, Paola, Regina, Romi, Sofía, Stefi, Wanda, o como ellos han dado en llamarse “Los chicos del Ferro”. Esta primavera el taller lanza su exclusiva colección de remeras con vegetación mutada. Prendas que lucen flores “autóctonas” pero de diseño artificial, ideales para llevar junto a los coquetos y ultra prácticos morrales que los chicos estamparon con sus dibujos.


HACER ES PENSAR
Junto a llaves, martillos y tenazas, Ferrowhite pone a consideración de los visitantes, artefactos que no provienen del pasado ferroportuario sino que han sido producidos por los propios trabajadores para contar ese pasado o imaginar el futuro. La Estación Ingeniero White de Ernesto Micucci, los buques archivo de Roberto Conte, las locomotoras de Domingo González o los pasajeros de Carlos Di Cicco valen por lo que representan, pero además por los procedimientos que en el acto de hacer memoria cada uno de ellos ha puesto en juego: cajas de vino que se convierten en un buque archivo; latas de arvejas, luces de navidad y tablas de pinotea que reconstruyen una estación perdida; el garaje o el living de una casa transformados en laboratorios de la historia colectiva. A esta serie sumamos ahora las tallas en madera del escultor ferroviario Francisco Polo, expuestas desde septiembre en la Casa del Espía.

























TODOS ADENTRO
Mencionar a las personas e instituciones que tienen que ver con Ferrowhite supera por mucho la cantidad de caracteres asignados a esta nota. No podemos dejar de nombrar, sin embargo, a aquellos que -empleados “de planta”, temporarios, becarios y colaboradores- forman parte de su equipo de trabajo: Alejandra Azcoitía, Analía Bernardi, Malena Corte, Rodolfo Díaz, Silvia Gattari, Juan Manuel González Muñiz, Héctor Guerreiro, Adriana Lucero, Natalia Martirena, Reynaldo Merlino (director), Ana Miravalles, Gustavo Monacci, Carlos Mux, Esteban Sabanés, Nicolás Seitz, Zulema Soria y Nicolás Testoni. ¿Qué comparten todas estas personas? Quizás, solo quizás, eh, la apuesta, quién lo duda nada sencilla, a que la reflexión y el hacer de muchos es capaz de ensanchar tanto nuestra comprensión de lo que pasa aquí hoy, como nuestras chances de cambiarlo.

Imaginen este museo como un banco de pruebas. Un espacio en el que sería posible establecer conexiones no previstas en ningún manual. Un lugar en el que vincular, por ejemplo, la transcripción de los libros de personal del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico con la publicación del diario de viaje de un inmigrante empleado a principios del siglo XX en una de las tantas cuadrillas de alambradores de ese mismo ferrocarril. Conecten ese encuentro a decenas de entrevistas con trabajadores ferroviarios y portuarios, y enganchen a ellas la producción de videos que rastrean la actual trasformación de esos oficios en saberes de supervivencia, luego, acoplen al conjunto la recuperación de un torno de más de cuatro toneladas, un café donde se cuentan historias de leyenda, el armado de una maqueta que releva al detalle nuestro “Pago Chico” ferroviario y la reunión de la barra de amigos que copa cada domingo nuestra puerta de entrada. Pongan todo esto a girar, dando y dando manija, y Ferrowhite arranca.


1 comentario:

Fermin dijo...

Nico sos un Quijote. Felicitaciones al equipo.