viernes, 30 de diciembre de 2011

PELUQUERÍA Y DEBATE: LA REVOLUCIÓN PERMANENTE

Antes de que el último brindis nuble por completo nuestra memoria y buen juicio, digamos algo sobre una actividad que nos mantuvo al trote a lo largo del año que termina. A menudo las obsesiones combinadas de este equipo de trabajo resultan en preguntas tan rebuscadas que a cualquier desprevenido le sonarían absurdas, pero que en este museo no vale no tomarse en serio, al menos hasta intentar una respuesta. La que nos atormentaba allá por marzo puede enunciarse más o menos así: Si Ferrowhite, los objetos que almacena, el espacio que ocupa, las historias que relata, nos hablan primeramente de un mundo hoy desecho, ¿cómo hacer para, a partir de lo que ya no existe, comprender lo que vino luego, lo que hoy pasa, y además, cómo hacerlo sin que el mundo del taller, del trabajo en el ferropuerto se nos presente como un dominio autónomo, divorciado de las calles y los hogares de este pueblo, es decir, cómo asociar, al mismo tiempo, el espacio público al privado, las tareas masculinas a las femeninas, las herramientas a los útiles domésticos, y por sobre todo, cómo hacerlo de manera de combinar, en dosis justas, acción y representación, relato y análisis, brazo y cerebro, ceño fruncido y sonrisa? Respuesta: ¿Y si ponemos una peluquería?


LA GRAN TRANSFORMACIÓN

En poco más de 10 años, en el lapso, si se quiere breve, que va de principios de la década del 90 al comienzo del nuevo siglo, Ingeniero White cambió y mucho. Cambió el ferrocarril, cambiaron el puerto y sus industrias, y como consecuencia de ello, también la vida de quienes habitamos este lugar.

Es frecuente asociar aquellos años, y este museo ha colaborado para ello, con la destrucción de todo un sistema productivo: reducción de los ferrocarriles, reestructuración del puerto, desguace de la usina, despido de miles de trabajadores, fin del Estado social y empresario... pero menos habitual resulta entender que la destrucción de aquel mundo implicaba, al mismo tiempo, la construcción de otro. Uno en el que la relación entre capital y trabajo, entre industria, población y medio ambiente, sufría una transformación drástica, al ritmo de mutaciones que excedían por mucho los límites de la localidad, de la región, del país, para poner en juego aquí mismo, a la vuelta de la esquina, nuevas dinámicas de alcance global que están en la base  de nuestra realidad presente.

Ese vasto cambio de época que a vuelo de pájaro solemos caracterizar haciendo referencia al fin del Estado de bienestar, a la crisis de la sociedad del trabajo, a la inserción creciente de la ciencia y la técnica en los procesos productivos, a la mundialización de los flujos comerciales y financieros, tuvo en Ingeniero White hitos precisos: disolución de la Junta Nacional de Granos (1992), privatización del Ferrocarril Nacional General Roca (1991), reorganización del puerto como un ente autónomo (1992/3), privatización y ampliación del complejo petroquímico (1995/2000), radicación de empresas agroexportadoras de origen transnacional.*

De la reconfiguración de aquel viejo orden derivaron nuevas formas de riqueza y de miseria, nuevas maneras de repartir los beneficios y los costos derivados de la actividad económica en la zona. Pero también nuevos conflictos y nuevos modos de responder a ellos, en este nuevo siglo, por parte de las empresas y del Estado.** La ampliación del polo petroquímico insumió, durante la segunda mitad de la década del  ́90, una inversión global de alrededor de 2.000.000.000 de dólares. Semejante cifra no fue destinada, sin embargo, al financiamiento exclusivo de edificios, equipos, insumos y sueldos. En ese montón de plata hay que contar, además, los costos derivados de la puesta en marcha de un dispositivo que no existía con anterioridad a la privatización de estas empresas. Un artefacto complejo, hecho de articulaciones múltiples, en ocasiones sutiles, que tiene por función ya no la producción de polietileno, urea o soda caústica, sino de palabras, imágenes y acciones coordinadas en el campo de los medios, de la cultura, de la sociedad civil, sin las cuales el normal desenvolvimiento de la primera producción se vería seguramente dificultado.

Por cierto “vecinos”, “comunidad”, “organización”, no son solo palabras clave para nuestros museos estatales. Enseñando a conducir, a tirar la basura, a plantar árboles, “acercando la cultura a la gente”, o financiando la obra pública, las empresas se convierten en fábricas de civilidad. Factorías del lazo social destinadas a desactivar, o al menor a acotar, el descontento social que su propia actividad material genera. Un resultado no menor de dicha actividad es la percepción mayoritaria del presente modelo productivo como un “dato duro” de la realidad. Es decir, una parte de nuestra naturaleza y destino, algo que ni siquiera nos sería dado pensar en modificar. El espejo de la peluquería nos devuelve nuestra imagen en medio de este paisaje. Sobre ella comienzan a hacer su trabajo el peine, la tijera y las ganas de conversar.


En lo que sigue, Emilce Heredia Chaz nos propone un repaso y algunas reflexiones en torno a lo leído y lo conversado antes, durante y después de cada encuentro de “Cambiá la cabeza. Peluquería y debate.”, ciclo que no sirvió, claro, para resolver el interrogante que nos planteábamos al principio, pero sí para compartirlo con un montón de gente que, creánlo o no, luego de participar de este experimento todavía nos saluda cuando la cruzamos por la calle.

Ahora, levanten sus copas y hagan click con nosotros sobre La revolución permanente.


* "En términos de relaciones económicas, la globalización planteó una nueva división internacional del trabajo que acentuó aún más las asimetrías entre los países centrales y periféricos. Así, se trata de una tendencia de los países del norte a desplazar fuera de sus fronteras las primeras fases de la actividad extractiva que abarca incluso las primeras etapas de los procesos, privilegiando el medio ambiente local pero a costa de un mayor deterioro del medio ambiente global, y particularmente de los países del sur cuyos territorios son utilizados como fuente de recursos y sumidero de residuos (Naredo, 56). 
   

En consecuencia, la actual etapa expresa una demanda cada vez mayor de los países desarrollados hacia los países dependientes, en términos de materias primas o de bienes de consumo, lo cual aparece reflejado en la consolidación de una matriz productiva de corte extractivista, basada en la sobre-explotación de recursos naturales y en la expansión de las fronteras hacia territorios antes considerados como 'improductivos': la megaminería a cielo abierto, la privatización de tierras, la construcción de grandes represas, el boom de los agro-negocios basados en los transgénicos y la siembra directa, los proyectos de infraestructura previstos por el IIRSA y los llamados  biocombustibles, ilustran a cabalidad esta nueva división territorial y global del trabajo entre el Norte y el Sur en el contexto del capitalismo actual, que repercute en una “desigual distribución de los conflictos ecológicos” (Martínez Alier: 2004) y territoriales. (…)  


Lejos de cualquier linealidad, este escenario va instalando a los diferentes gobiernos latinoamericanos, y muy particularmente a aquellos que se consideran de centro izquierda y de izquierda, frente a nuevas tensiones y conflictos, por no decir verdaderos dilemas y contradicciones visibles en la colisión incipiente entre, por un lado, las luchas por la defensa de la tierra y el territorio, en nombre de los “bienes comunes”; y por otro lado, el afianzamiento de matrices productivas, orientadas al mercado externo, en nombre de un discurso neodesarrollista, con base extractivista."  


Svampa, Maristella y Sola Alvarez, Marian "Modelo minero, resistencias sociales y estilos de desarrollo: los marcos de la discusión en la Argentina", disponible en ...

** Una mirada acerca de la relación, a lo largo de la última década, entre la actividad económica "neoextractivista" y los gobiernos progresistas en Sudamérica en Gudynas, 2009

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