viernes 30 de diciembre de 2011

PELUQUERÍA Y DEBATE: LA REVOLUCIÓN PERMANENTE

Antes de que el último brindis nuble por completo nuestra memoria y buen juicio, digamos algo sobre una actividad que nos mantuvo al trote a lo largo del año que termina. A menudo las obsesiones combinadas de este equipo de trabajo resultan en preguntas tan rebuscadas que a cualquier desprevenido le sonarían absurdas, pero que en este museo no vale no tomarse en serio, al menos hasta intentar una respuesta. La que nos atormentaba allá por marzo puede enunciarse más o menos así: Si Ferrowhite, los objetos que almacena, el espacio que ocupa, las historias que relata, nos hablan primeramente de un mundo hoy desecho, ¿cómo hacer para, a partir de lo que ya no existe, comprender lo que vino luego, lo que hoy pasa, y además, como hacerlo sin que el mundo del taller, del trabajo en el ferropuerto se nos presente como un dominio autónomo, divorciado de las calles y los hogares de este pueblo, es decir, cómo asociar, al mismo tiempo, el espacio público al privado, las tareas masculinas a las femeninas, las herramientas a los útiles domésticos, y por sobre todo, cómo hacerlo de manera de combinar, en dosis justas, acción y representación, relato y análisis, brazo y cerebro, ceño fruncido y sonrisa? Respuesta: ¿Y si ponemos una peluquería?

En lo que sigue, Emilce Heredia Chaz nos propone un repaso y algunas reflexiones en torno a lo leído y lo conversado antes, durante y después de cada encuentro de “Cambiá la cabeza. Peluquería y debate.”, ciclo que no sirvió, claro, para resolver aquel interrogante imposible, pero sí para compartirlo con un montón de gente que, creánlo o no, luego de participar de este experimento todavía nos saluda cuando la cruzamos por la calle.

Ahora, levanten sus copas y hagan click con nosotros sobre La revolución permanente.