martes, 26 de mayo de 2015

EL ACTO EN CUESTIÓN

Mientras preparábamos la fiesta patria del domingo que pasó, a nuestra compañera Ana Miravalles le propusieron decir unas palabras sobre el 25 de mayo en el acto del Conservatorio de Música de Bahía Blanca. Esto es parte de lo que Ana apuntó y va a leer en un rato.


Los actos patrios presuponen el respeto a un ritual que pareciera exigir a quien los prepara atenerse a un cierto repertorio de expresiones más o menos solemnes (gesta, grandeza, ideales, próceres, y también libertad, igualdad, unión, hermandad) y a quienes participan de él, una actitud reverencial. El acto adquiere así el carácter de una verdadera liturgia laica cuya sacralidad no suele ponerse en duda y que se manifiesta en gestos precisos: ponerse de pie, hacer silencio, recibir con respeto a la bandera, cantar el himno bien erguidos (y ojo con tener las manos en los bolsillos o los brazos cruzados). Y es verdad, también, que esa retórica -cuya inercia en la escuela es aún fortísima- nos resulta a todos un poco artificial o forzada. ¿Será porque esas palabras poco tienen que ver con la dinámica de la vida actual? ¿Será que nos sentimos un poco cínicos, al enunciarlas una vez al año, cuando el resto del tiempo solemos estar convencidos de que todo es mucho más bajo, menos brillante?

Por eso, cuando la cantera retórica parece agotada, nos suelen pedir a los “profes de historia” que nos ocupemos, con la esperanza de que le demos carnadura al asunto. Pero ahí es donde “los de historia” nos vemos en figurillas, porque las imágenes absolutamente pregnantes que contribuyeron a fijar nuestra idea de la Revolución de Mayo (las imágenes de los negritos pintorescos, los pregoneros con sus rollos desplegables, las lavanderas, los vendedores de velas y empanadas que dan una ambigua, quasi idílica imagen de la “época colonial”, los vecinos de Buenos Aires con sus paraguas reunidos frente al cabildo -en paz-, queriendo “saber de qué se trata”, reclamando el fin del dominio español y la constitución de un gobierno patrio, French y Berutti repartiendo cintas entre el “pueblo” que está listo para festejar la destitución del virrey Cisneros como si de ganar un mundial de fútbol se tratase), todas esas imágenes, habiendo estudiado un poco de historia, se desmoronan, se reducen a meros papelitos de colores. Porque esos negritos -que en realidad eran esclavos, con todas las letras-, o el vendedor de velas o la lavandera, o los paisanitos de bombachas y faldas de voladitos y pañuelito al cuello, no tenían los mismos intereses, las mismas necesidades y mucho menos los mismos derechos que las acicaladas y apeinetadas damas que bailaban el pericón con elegantes caballeros de chabot; porque la revolución no fue pacífica (recuerden a modo de ejemplo el fusilamiento de los contrarevolucionarios en Córdoba ordenado por Moreno pocos días después del 25, y el ejército que la Junta le encomienda a Belgrano, que no fue a pasear sino a imponer la revolución con las armas, con todo el respeto y la admiración que la figura de Belgrano nos merece), ni fue “todo el pueblo argentino” el que quería ser “libre” e independizarse de España sino en particular los comerciantes y ricos propietarios que veían sus intereses ahogados por el régimen monopólico español y los intelectuales que encontraron en el ideario de la revolución francesa los argumentos adecuados para poder constituirse en la elite dirigente de una nueva nación; que no hubo ninguna unión sino desmembramiento territorial (el alto Perú, Paraguay, la Banda Oriental), y sobre todo una feroz puja de intereses entre porteños y provincianos, unitarios y federales, ricos hacendados de cuyo, del litoral o de la provincia de Buenos Aires, que recién quedó saldada con la consolidación del estado -por la fuerza- en 1880. Pero, claro, ninguno de nosotros en un acto va a poner sobre el escenario todas estas situaciones, todos estos conflictos porque, básicamente, dejaría de ser un acto.



Evidentemente, entonces, en el acto del 25 de mayo no es la historia lo que importa sino el mito, en tanto relato de origen de la nación, con su simbología, su misterio y, en consecuencia, su fuerte eficacia emotiva. Pero el mito también tiene su historia. Nació o tomó fuerza a partir de 1880, momento de la definitiva organización del Estado nacional por sobre los poderes provinciales, y se consolidó a lo largo de todo el siglo XX. Habría que ver cómo. Por mi parte, en estos días me puse a revisar algunos diarios de Bahía Blanca, tomando al azar tres años -1925, 1945 y 1955-, para hacerme una primera idea de cómo se festejaba en nuestra ciudad el 25 de mayo en otros tiempos. Encontré que la conmemoración de la fecha ocupaba un lugar preeminente, que tal vez hoy nos cuesta dimensionar.

Por un lado, los actos oficiales preveían salva de bombas, jura de la bandera por parte de los soldados conscriptos, bandas militares, y misas de campaña, así como recepciones formales con cocktail en la municipalidad a la par del reparto de víveres a personas pobres y familias necesitadas -para que también disfruten el día de fiesta-, otro cocktail y baile en el club Argentino, conjuntos teatrales y de radiofonía local que visitan el Hogar del Anciano, el Hogar del Niño, el Patronato de la Infancia, concurso estímulo de dibujo y pintura al aire libre, matiné para niños en el teatro municipal, fuegos artificiales, almuerzo en el centro republicano español, y hasta una audición poética a cargo de Berta Singerman.

Por otro lado, la escuela. Veamos, por ejemplo, el programa del acto escolar desarrollado el 25 de mayo de 1945 en la escuela 34: “Acto ritual de izar la bandera y Oración a la bandera de Joaquín V. González, por todos los alumnos. Himno Nacional Argentino. Discurso patriótico a cargo de la maestra de sexto grado. “Patria”, declamación de la niña Silvia Cornejo. “El farol de los gauchos”, zamba canción; “25 de mayo” recitación por el niño Hector Cantarelli. “La voz de un niño a la gloriosa Enseña patria”, recitado por el niño Edgar Burriel. “Días de mayo” declamación por la niña Edelia Rodriguez. “Así es mi patria”, declamación por el niño Héctor Gonzalez; “La Bandera”, dramatización. “Exámenes” función de títeres a cargo de los alumnos Eber Ficosecco, Marta Viera, Celia Ojea y Lina Boccaccini. “Diálogo patriótico” a cargo de los alumnos Arrigo Marcolini y Umberto Poloniato; y finalmente, “Canto a bandera.”

Desde su concepción a partir de la institución misma de la escuela pública en la Argentina, el mito de Mayo se afirmó y transmitió indemne casi hasta el presente como momento inaugural de la Patria –la tierra de los padres, un territorio de origen para todos los argentinos, independientemente del lugar de origen real de la mayor parte de los niños o padres de los niños que concurrían a la escuela-, en el que se define una identidad nacional –representada en las figuras del “prócer” –burgués ilustrado-, y el “gaucho” -hombre de campo-, independientemente de las tradiciones culturales propias de cada uno.

Pero la fiesta del 25 de mayo no es sólo un hecho protocolar, una imposición propia de los cuarteles, de las oficinas municipales o del patio de las escuelas. Siempre ha sido ocasión también de festejos populares. Por ejemplo, en el año 1945, en el barrio Noroeste hubo a lo largo de toda la jornada, en el Club Deportivo Catamarca, primero un partido de fútbol amistoso entre casados y solteros, almuerzo a la criolla, conferencia patriótica, vino de honor y baile. En Villa Harding Green, organizada por la “Comisión de Vecinos Pro Festejos Patrios”, la fiesta consistió en salva de bombas a la salida del sol, reparto de víveres donados por la escuela naval de aviación, y pruebas variadas con premio: arrojar la barra (el premio, una botella de vermouth para el ganador), cinchada entre solteros y casados (un cajón de cerveza de premio para los ganadores y copetín para los dos equipos), sortijas a caballo, una competencia para damas “el nudo de la corbata” (como premio, una croquiñol y una caja de bombones), carrera de cien metros para hombres (medalla), pruebas para niños (juegos de mesa y alcancías), doma de potros, suelta de lechón enjabonado para menores de 15 años (y el premio lógicamente es el propio lechón para quien logre agarrarlo), fin de fiesta con disparo de 21 bombas y finalmente baile. En el Club Argentino, por contraparte, se preveía un coctail elegante, y baile hasta altas horas de la madrugada.


La variedad de festejos señala la eficacia del mito para, de distintas maneras, alcanzar grupos socialmente distantes. ¿En qué radica esa eficacia? Tal vez, en que traza un gran borrón en el imaginario público: borra todas las diferencias (las diferencias de origen étnico o de proveniencia nacional, las diferencias de clase), borra como si nunca hubieran existido -como si no existiesen- los conflictos (desde el conflicto que en sí constituyó el proceso revolucionario de mayo, a los conflictos que como consecuencia de él se produjeron a lo largo de la historia argentina, y a los conflictos que en cada momento tensan y motorizan la convivencia de quienes habitamos en este suelo), y borra la historia misma con sus complejidades, sus polémicas, sus matices y sus constantes relecturas. Al basarse tradicionalmente en la exaltación del concepto de Patria como una abstracción fundada en la gesta cívica y militar, llevada a cabo por un grupo de héroes impolutos, incorruptos, y ecuánimes, la fiesta del 25 de mayo llegó a constituir uno de los ejes centrales en la construcción imaginaria de la “argentinidad”. Sin embargo, parecería que en algún momento la aceptación de esa retórica patriótica se quebró, la posibilidad de seguir pronunciando esas palabras se perdió, y todo aquello que parecía haber sido funcional a la operación de construcción de una identidad común -salvo quizás el fútbol-, se volvió inoperante. Por un lado, porque el mito quedó cristalizado y se resquebrajó, y la historia comenzó a colarse por entre sus fisuras cuando comenzó a hacerse evidente y explícito que el término “Patria” se usaba en el sentido de “tierra de los genuinos padres fundadores”, o sea, la de los dueños de la tierra y por lo tanto del poder, y empezó a nombrarse con todas las letras eso que quedaba oculto, es decir, los conflictos por la propiedad, las injusticias y las tensiones que implicaba la conformación de ese poder. Y por otro, ¿No habrá incidido en ese vaciamiento la experiencia de la dictadura, durante la cual palabras como “Nación”, “Patria”, “Estado” quedaron directamente asociadas al autoritarismo, al belicismo y al fanatismo? Después de la guerra de Malvinas el “o juremos con gloria morir” ¿No se vuelve una terrible y dolorosísima realidad? Porque morir con gloria se muere solo en los himnos exaltados. Y como contrapartida: ¿No habrá sido esa distancia con respecto al sentimiento nacional -resultado de esta historia traumática- lo que facilitó que el patrimonio del Estado fuera dilapidado –sin significativas resistencias masivas- con las privatizaciones en los años 90?

Porque la patria, la tierra de todos, no es el acero, no son los ejércitos, no es esa entelequia alada y resplandeciente, ni nos ilumina con su luz dorada, ni nos hermana mágicamente porque usemos todos cintitas con los mismos colores. Eso es algo que aprendimos dolorosamente muchos de quienes hemos vivido la historia reciente, y tal vez por eso nos cuestan tanto los actos. Porque ¿quién de nosotros podría ahora pronunciar un “discurso patriótico” sin sentirse un poco raro? Por suerte en estos años, desde muy variados lugares se ha trabajado y se trabaja para que tantas palabras trilladas vuelvan a tener un sentido. Porque si quisiéramos usar todavía esa difícil palabra, la patria no es retórica, es este lugar donde vivimos, trabajamos, construimos nuestras vidas, tratamos de realizar nuestros sueños, padecemos, y morimos todos. Más allá de toda mistificación, tal vez sea en función de un concepto como ese que tratamos de construir una sociedad verdaderamente democrática donde la verdad sea el fundamento de la justicia, del respeto por el bien común, eso que está por encima del interés particular de cada uno. Y tal vez sea por eso, entonces, que festejamos, porque la fiesta es también el momento en que una comunidad se celebra a sí misma, celebra su propia existencia.