domingo, 24 de mayo de 2015

EL PUEBLO SABE DE QUE SE TRATA



Ayer hizo frío. Casi siempre hace frío para la fiesta del 25. Como si aquella lejana revolución requiriese, año a año, cierta cuota sacrificio. Igual la pasamos bien. Nos tomamos todo el chocolate. Nos comimos hasta el último pastelito. Cada 25 de mayo conjuga la evocación de un acontecimiento que ninguno de nosotros vivió con el recuerdo patente de todas las veces que lo conmemoramos. El "sentimiento patrio" es una fabricación trabajosa que se pretende tan natural como el fresco del otoño. Pero no por ser un invento resulta menos efectiva, tiene menos peso sobre la manera en que unos y otros concebimos a la nación que, para alegría o pesar, elogio o queja, nos reúne. Es cierto, por lo general la ocasión no sirve para nada muy distinto a la repetición ritual del mito de origen que todos conocemos, pero alguna que otra vez -nos gusta pensar- también es la oportunidad de poner en escena aspectos poco tenidos en cuenta de la historia que se celebra. Ayer, frente a un público emponchado hasta las orejas, el Ballet Folcklórico Bahía Blanca bailó descalzo. Las chicas con soleritas de algodón, los muchachos con el torso desnudo. Lo que bailaron, en diez minutos eléctricos al pie de la usina desmantelada, fue la historia de los negros en nuestro país. La historia de su esclavitud, de su aniquilamiento y, a la vez, de su decisiva -y poco reconocida- influencia en nuestra cultura. Cuando terminaron hacía un calor tremendo.