miércoles, 13 de abril de 2011

CHIQUITOLINA

Desde hace algún tiempo, Ferrowhite exhibe, junto a llaves, martillos y tenazas, objetos que no provienen de dependencias del ferrocarril o el puerto, sino que han sido construidos por algunos trabajadores para dar cuenta de ese mundo o derivar de él otros. El próximo sábado 23 de abril vamos a presentar en el museo una serie de postales dedicadas a estos artefactos y aprovecharemos para realizar la botadura simbólica del “San Silverio”, un nuevo buque archivo de Roberto “Bocha” Conte.

Por mi parte, y para ir entrando en tema, paso en limpio acá lo que quedó anotado en otro lugar cuando, hace ya casi un año, La Casa del Espía se llenaba con las tallas de madera elaboradas por el mecánico de locomotoras Carlos Di Cicco.




Carlos Di Cicco (1937-2005) fue oficial mecánico en el Galpón de Locomotoras de Ingeniero White y gasista a domicilio. Apasionado por los trenes, en su casa era posible encontrar revistas y carpetas con recortes de noticias ferroviarias y una maqueta poblada por muchas de las figuras que ahora pueden verse en La Casa del Espía.

Si este fuera un museo de arte, diríamos que los pasajeros de Di Cicco son esculturas para mirar con lupa. Su tamaño es cientos de veces menor que el de los principales monumentos de nuestra ciudad, millones de veces inferior al de los muelles, usinas y silos que rodean a este museo. Uno puede sentirse enorme ante estos muñequitos, pero también muy pequeño si trata, por un momento, de mirar el resto de las cosas desde su punto de vista.

Exhibir estas miniaturas en un espacio en el que por lo regular se habla del trabajo colosal con locomotoras y vagones, invita a un juego con los tamaños y los pesos que supone, al mismo tiempo, un juego con las jerarquías establecidas entre quienes cuentan la historia y quienes deben escucharla, o entre quienes son llamados artistas -artífices del sentido-, y quienes no. Porque lo que entre otras cosas cabe ver en estas figuras diminutas, talladas casi en secreto, no es solo la vida de uno de los tantos mecánicos que empleó en Ingeniero White Ferrocarriles Argentinos, sino a la vez a una sociedad entera en la perspectiva de ese mecánico. Una sociedad que se organiza alrededor del tren.

Sobre cada pedacito de madera, Di Cicco le saca punta a una ocupación o a un oficio. Sus pasajeros representan tipos, en la acepción popular pero también sociológica del término. Hay amas de casa, jugadores de fútbol, ferroviarios... A diferencia de otras miniaturas, en las que el carácter minúsculo tiende a subrayar cierto aire solitario, estos tipitos parecen concebidos para formar grupo. Mi compañero Carlos Mux, que se entretuvo sancándoles fotos por separado, no pudo evitar reunir esas imagenes en un damero que está colgado en La Casa del Espía, y en el que es casi imposible no sospechar amistad, antagonismo o parentesco entre los personajes retratados. Al hincha de River le corresponde un hincha de Boca, como al ejecutivo de ataché un obrero de mameluco. Hay amantes furtivos y señoras embarazadas, camilleros y quebrados, y también un señor con esquíes, que no encaja con nada, porque así de imprevisible es el mundo.

A pesar de ser muy pequeñas, las tallas de Di Cicco transmiten una singular impresión de fortaleza. Cada una ha sido resuelta en tres o cuatro cortes netos. Ninguna disimula el material del que está hecha, ni la mano que le dio forma. Una mano que parece haber imprimido en cada cuerpo diminuto su experiencia en el manejo de otra clase de volúmenes y pesos. De allí que responder a la pregunta ¿Cómo están hechos estos objetos? resulte considerablemente complejo. En principio, una lista de materiales no debería excluir aquellas circunstancias que han modelado la propia vida del artesano. Así, quien quiera repetir esta experiencia en su casa, tendría que arrancar apuntando:

2 tablas de madera balsa, 1 cortaplumas, 18 años como mecánico de locomotoras, 3 latas de adhesivo de contacto, 42 días de huelga durante el gobierno de Frondizi, 2 cajas de fibras de colores, 1 navidad adentro del galpón de alistamiento, 4 carpetas con recortes de noticias ferroviarias, 10 pomos de témpera, 1 maqueta que ocupa poco a poco toda una habitación, 730 días en un galpón bajo control militar, 1 pincel extremadamente fino...


Y otra cosa. Espero no equivocarme, pero creo que no hay chicos en esta serie. Pasa algo con eso. Ver a tantos adultos en miniatura resulta tan extraño como familiar. Descubrirlos es como encontrar a nuestros padres adentro de un chocolatín Jack. Como si de pronto todas esas personas que nos vieron crecer hubiesen pasado a formar parte de la misma repisa en la que forman fila nuestros héroes de la infancia. Poniendo patas para arriba el cuento de Collodi, invirtiendo la relación entre el carpintero y su hijo muñeco, este ferroviario que fabricaba locomotoras para los cumpleaños de sus hijas me devuelve, sin querer, a mi viejo convertido en un juguete. No voy a decirles cuál de todos es. Corro a mostrárselo a mi hija.

2 comentarios:

Celeste dijo...

Genial. Aplausos artefactualizados para toda la tripulación del Ferrowhite. Y un abrazo de dedo al confundido esquiador! Yo quiero una postal!

Nicolás Testoni dijo...

Gracias Celeste! Ya te estamos guardando unas postales.