viernes, 4 de noviembre de 2011

MELODÍA MECÁNICA

A las miniaturas del ferroviario Di Cicco, a la rosa monumental de Alicia Antich, a las imágenes de las Mujeres de Fierro y a su rico café, La Casa del Espía suma desde el próximo domingo y hasta el 3 de diciembre, la pianola que restauró con genio admirable nuestro amigo Julián Zabaloy.






Julián Zabaloy y su pianola Breyer, tal como los retrató en su edición del último domingo el diario La Nueva Provincia

“Pianola” es el nombre con el que se conoció por estas tierras a los pianos automáticos. Prodigios de la mecánica que a través de un complejo sistema que integraba pedales, fuelles, válvulas y rollos perforados, convertían a cualquier hijo de vecino en un pianista experto capaz de interpretar las más intrincadas partituras con un simple movimiento de pies.

En efecto, la pianola no fue obra de la mano inspirada de algún luthier italiano, sino el resultado de las investigaciones metódicas de un ingeniero de Detroit. Se atribuye al norteamericano Edwin Votey la fabricación, en 1895, del primer “player piano” de circulación comercial. Si la historia del surgimiento de este invento resulta al parecer un tanto confusa, su éxito posterior fue tan claro como vertiginoso. En poco más de una década, los pianos mecánicos coparon los bares y salas de estar del planeta, donde reinaron sin rival hasta fines de los años 20.

Tampoco era extraño encontrar estos artefactos en el living de muchas “familias acomodadas” de Bahía, o de aquellas que aspiraban a tal posición. Emblemas domésticos de la era industrial, las pianolas representaban, al mismo tiempo, una suerte de divisa musical de la democracia capitalista: eran el primer piano que cualquiera podía tocar, siempre y cuando tuviera con qué comprarlo.

Si nuestra ciudad estuviera todavía poblada por estos instrumentos, el trabajo de Julián, aunque admirable, nos resultaría más o menos ordinario. Pero ese, claro, no es el caso. Víctimas de la crisis económica mundial declarada en Wall Street en 1929, y del perfeccionamiento y difusión de otros aparatos como la radio y el fonógrafo, las pianolas fueron cayendo en desuso. Hacía 1940, ya casi no se fabricaban pianos automáticos en el mundo. Aquellos que sobrevivieron hasta hoy, a menudo lo hicieron a costa de perder sus mecanismos originales, reconvertidos por sus dueños en pianos del montón.  



   
Julián Zabaloy tiene 22 años y ningún recuerdo que lo una a estos armatostes sonoros. Ningún interés económico, simbólico o meramente nostálgico que retribuya su trabajo minucioso con tantos tubos, martillos, teclas y bombas de succión. Su pasión, para muchos inexplicable, es el reverso exacto de nuestro entusiasmo, en apariencia tan natural, tan poco necesitado de explicación, por cada nuevo ‘gadget’ tecnológico que se pone a la venta.

Porque, si lo pensamos un poco, con sus 300 kilos de peso, la pianola es el i-pod de principios del siglo XX (o el i-pod una pianola del siglo XXI). El eslabón perdido entre los instrumentos musicales de la tradición y esa extensa genealogía de artefactos de reproducción sonora ineludible a la hora de intentar entender el desarrollo de un mercado y de una cultura de masas de alcance global cuyo negocio es “actualizar permanentemente” y cada vez más rápido, la brecha entre lo actual y lo obsoleto.

Un museo puede funcionar como la institución que sanciona ese abismo entre pasado y presente, entre lo útil y lo inútil o, por el contrario, como aquel lugar donde esa frontera es puesta bajo la lupa. Un lugar, tan lejos del basural como de la ascética manía del anticuario, donde las cosas adquieren una segunda vida luego de su descarte, para que tengamos la chance de desarrollar con ellas nuevas funciones o de encontrar nuevos sentidos para sus antiguos usos, más allá o más acá de su “obsolescencia programada”. De eso también se trata un museo taller.

1 comentario:

Anónimo dijo...

LO MEJOR A ESTE TALENTOSO JOVEN, JULIAN ZABALOY.UN EJEMPLO.