jueves, 22 de marzo de 2018

AL PUERTO A LABURAR


"¡Andá laburar al puerto!" Picante, la frase reaparece, cada tanto, en la conversación cotidiana, un aguijón en la punta de la lengua de todo aquel que, con sarcasmo, tilda a algún otro de vago, perezoso o haragán. En sólo cinco palabritas, condensa las premisas de una ideología que se hace llamar cultura, la "cultura del trabajo". Asume, por un lado, que un trabajo sólo es verdadero en la medida en que involucra una exigencia física de carácter agotador ("¡Dejate de embromar, laburar es hombrear bolsas en el puerto!") y, por el otro, que en el puerto siempre hubo, hay y habrá trabajo para todo el mundo. O sea, para decirlo con otra frase del mismo repertorio, "que el que no trabaja es porque no quiere", y que eso, claro, está mal, muy mal, porque cuando no contagia el deseo que convendría, el trabajo representa un deber, y su falta, una falta de índole moral. ¿Pero es así? ¿Es el puerto ese lugar en el que pleno empleo y pleno esfuerzo, en el que salario y sudor, van felices de la mano? ¿Acaso lo fue alguna vez? En eso estamos.



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