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jueves, 21 de diciembre de 2017

PLAYA Y PUEBLO

PLAYA Y PUEBLO

Bienvenidos a la Rambla de Arrieta, un paseo costero en el corazón de un puerto sin salida al mar.*


Nicolás Testoni
Ferrowhite (museo taller)


El 8 de enero de 2011, el diario La Nueva Provincia anunciaba la decisión del Consorcio de Gestión del Puerto de Bahía Blanca de realizar un nuevo dragado del canal principal de la ría y de utilizar el material extraído del fondo del estuario para rellenar, entre otros sectores, la franja de marisma y cangrejal que rodea a la ex usina general San Martín. Ese lugar que en el museo comenzamos a llamar La Rambla de Arrieta, pero quienes viven en White conocían, desde mucho antes, como "la playita del castillo". “El refulado -decía por entonces el diario- será empleado para construir una tercera posta de inflamables [en Puerto Galván] y para ganarle terreno al mar, con destino a nuevas industrias, en el sector de la antigua usina” ya que, continuaba, “con ese material se tornarían utilizables allí, entre 15 y 20 hectáreas, las cuales se destinarán a futuros emprendimientos industriales”. No deja de ser curioso el lenguaje con el que se cuentan estas noticias. “Tornar utilizable” implicaba, en realidad, restringir los posibles usos del sector a un único uso que priorizaría, una vez más, el interés privado por encima del público. “Ganarle terreno al mar” significaba, en primer término, ganárselo a los vecinos.


Un día alguien trajo al museo este dibujo:



La imagen muestra un gran balneario que en los años treinta el intendente socialista Agustín de Arrieta proyectó exactamente en esa zona del puerto. Fue a partir de esta suerte de postal de un futuro que no fue que empezamos a imaginar la Rambla de Arrieta. Bajo ese nombre Ferrowhite propone la recuperación comunitaria del frente marítimo de la usina para su conversión en un paseo popular, al mismo tiempo área de esparcimiento y mirador de un paisaje en el que trabajo a destajo y dolce far niente no pueden entenderse por separado.

Arrieta no concretó su idea. Sin embargo, un repaso a la documentación recopilada en nuestro archivo permite certificar la persistencia tenaz de aquel sueño. En 1943, se crea la Comisión Ejecutiva “Pro Construcción del Balneario Regional”, integrada por asociaciones civiles y profesionales, clubes y sindicatos. En 1961, la Sociedad de Fomento de Ingeniero White impulsa desde su boletín la realización de un proyecto similar, que ese mismo año es presentado ante la legislatura de la Provincia de Buenos Aires por los senadores Baeza y Goyarzú. En 1968, los vecinos de Ingeniero White reiteran el pedido en una nota elevada al intendente el 31 de julio. Con variantes, las iniciativas se repiten. En 2001, la Universidad Tecnológica Nacional formula un proyecto de uso integrado del castillo y su frente marítimo. Un poco más cerca en el tiempo, María Elena Súttora propone desde la Dirección de Planeamiento Urbano de la Municipalidad declarar el área Zona de Reserva de Interés Urbano. Tal como señalaba el texto presentado ante la Cámara de Senadores en el 61: “En la plataforma municipal de todos los partidos políticos figura, en cada elección, entre las obras públicas a realizar, la construcción de un balneario, que siempre queda postergado.”


Pero los balnearios que nunca se construyeron fueron materializados en la práctica por el ingenio de generaciones de bahienses que en días de calor llegaron hasta estas costas para inventar acá sus "paraísos de barro". Porque si este lugar está lleno de laburantes, también lo está de expertos en pasarla bien. Toda una ciencia pagana del disfrute que en su estudio minucioso de las particularidades de cada sitio desafía las rutinas obvias del ocio estival. El balneario de la usina fue por décadas una costumbre de los vecinos del Bulevar. Una creación cotidiana que incluía convertir el canal de salida del agua que la central eléctrica tomaba del mar para refrigerar sus mecanismos, en una enorme pileta climatizada. Pregúntenle a Lili Torres, a Angel Caputo, a Ida Muhamed. No les van a contar de la remota década del treinta. Les van a hablar del sol que tomaban, de los sándwiches que comían y de los chapuzones que se daban en este lugar hasta bien entrados los años setenta, momento en que empezó a construirse la central Piedra Buena. Escucharlos no es un acto de nostalgia, es asumir que la misma historia que nos ayuda a comprender por qué White ha llegado a ser como es, nos permite imaginar que las cosas fueron y por tanto pueden ser de otra manera.


EL MAR EN EL PATIO DE TU CASA

Acaso el adjetivo “autónomo” señala menos la relativa independencia de este puerto con respecto al Estado nacional que fue su administrador pleno hasta 1993, como su progresivo aislamiento de la población que levantó sus cimientos, trabajó en él y disfrutó de sus costas ahí donde se pudo. (¿Acaso no es dicha autonomía el correlato de una mayor dependencia con respecto a las normativas y los vaivenes del comercio global?). Los perímetros alambrados, la audacia de quienes los traspasan a pesar de todo, convierten a la costa de Ingeniero White en un extraño territorio de frontera. Linde vallado que no separa a un país de otro, sino a los habitantes de un mismo lugar según tengan o no que ver con los enclaves a través de los que empresas de propiedad trasnacional almacenan y despachan granos, producen polietileno o urea, eslabonando un orden productivo que da impulso, pero al mismo tiempo parece fijar límites a la distribución del espacio y de la riqueza.

Juan Carlos Alesoni nació en las colonias ferroviarias que existían debajo del puente La Niña, a metros del sitio en el que grabamos esta entrevista:



Para el niño Juan Carlos las vías y los elevadores, la usina y su taller, todo este lugar hasta donde la vista alcanza, formaban parte de su "patio", el patio de la "colonia", esa casa de chapa y madera propiedad de la empresa estatal de trenes de la que sus viejos, aunque ahora cueste entenderlo, siempre se sintieron dueños. A diferencia de Alesoni padre, quien trabajó casi toda su vida en la playa de maniobras de Ingeniero White, la historia laboral de Juan Carlos -que es parte de la de la Argentina de estos últimos cuarenta años-, lo ha llevado de un lado para otro. Fue puestero en el viejo Mercado de Abasto de calle Aguado, operario en una fábrica de fideos, ordenanza en La Nueva Provincia, chofer de camiones para YPF y de colectivos para las compañías Coronel Ramón Estomba y La Unión. Hoy es sereno en el molino harinero de Puerto Galván, actual propiedad de la empresa de agronegocios Los Grobo. Así Juan Carlos ha vuelto a pasar la mayor parte del tiempo cerca de las aguas de la ría, a pesar de que su obligación consista, hoy por hoy, en impedir que nadie no autorizado por la compañía llegue hasta ellas.


MANDRAKE

Esa gran transformación que a vuelo de pájaro solemos caracterizar haciendo referencia al fin del Estado de bienestar, a la crisis de la "sociedad salarial", a la mundialización de los flujos comerciales y financieros, al rol preponderante de la informatización y la automatización en los procesos productivos, tuvo en Ingeniero White hitos precisos: privatización del Ferrocarril Nacional General Roca (1991), disolución de la Junta Nacional de Granos (1992), reorganización del puerto como un ente autónomo (1992/3), privatización y ampliación del complejo petroquímico (1995/2000), radicación de empresas agroexportadoras de origen transnacional (1992-2011). En poco más de 10 años, en el lapso, si se quiere breve, que va de principios de la década del 90’ al comienzo del nuevo siglo, este lugar cambió y mucho. Pero lo que parece haber mutado, de manera profunda, no es sólo la relación entre trabajo humano y producción portuaria, también el vínculo entre tiempo libre y uso comunitario del espacio costero. Atilio Miglianelli lo tenía clarísimo.



Atilio fue buzo de la central San Martín. El jefe de la pandilla submarina que tenía por misión mantener despejados los conductos que hacían fluir el agua salada en las entrañas del castillo. A pesar de que buena parte de su vida transcurría en una caverna oscura, Atilio se las arreglaba para lucir siempre bronceado, tostado incluso en las mañanas de helada, como si acabase de bajar de un crucero de placer que vino a encallar en este puerto laborioso. Miglianelli fue nuestro primer guía por el litoral sinuoso de la ría. Con él aprendimos sobre el balneario de Puerto Galván y la playa de la Esso, sobre la “alcantarilla” y el viejo balneario Unión, sobre la pileta del club Comercial -que junto a otros socios se encargaba de llenar bombeando el agua de las mareas-, y por supuesto, también sobre la playita que existía a un costado de la usina. O sea: aprendimos que la vida de un trabajador nunca equivale a su trabajo, a lo que esa persona hace por un salario, sino que es preciso tomar en cuenta todo lo demás, lo que desea y lo que teme, qué come y cómo baila, la ropa que le gusta y las horas que pasa tirado al sol.

Cuando en este video Atilio afirma que le gustaría tener "aquello que pasó y esto que está", alguno pensará que se contradice. Sin embargo, sólo contradice el límite de lo que hoy es, para la mayoría de nosotros, pensable. La expectativa de un puerto con playa e industria era congruente con su experiencia vital. Es cierto, Atilio añoraba otras épocas, pero nos gusta pensar que su perspectiva de las cosas, de acá en más, resultaba considerablemente más compleja que aquellas que presumen tanto los paladines del preservacionismo como los gerentes de la modernización, antagonistas que parecen compartir, sin embargo, el mismo anhelo de un futuro sin historia, y a veces también sin gente, en el que suele quedar entrampada nuestra imaginación del porvenir.


UNA PLAYA TOP

Como tantas otras cosas en este museo, La Rambla de Arrieta fue primero un chiste. Una playa fingida durante una noche de carnaval que terminamos tomándonos en serio. El chiste recibió, en 2008, una distinción en el concurso internacional “Somos Patrimonio”; un subsidio, en 2015, del Fondo Argentino para el Desarrollo Cultural del Ministerio de Cultura de la Nación; y una mención de honor, el año pasado, en el "7º Premio de Educación y Museos", organizado por el Programa Ibermuseos. Pero más importante que el diploma, la medalla y el beso, es lo que ha sido posible hacer hasta acá, como siempre, con lo que se tiene a mano. Bailamos acá. Trajimos pollo y cerveza, y llenamos con humo de chorizo la noche del puerto trasnacional. También fabricamos postales falsas, bolsos de playa, bikinis y posavasos, souvenires de lucha del Subcomandante Reynaldo. Las chicas y chicos del taller que hoy se llama Prende armaron su propia "cortina forestal", una que en lugar de tapar, le pone marco el paisaje: flores fabricadas con todas las botellas de pvc que andan tiradas por ahí, camalotes plásticos tan indiferentes a la sospechosa calidad del agua del estuario como capaces de aguantar mil años de sequía. Cada tanto somos anfitriones de bailarines, expedicionarios y poetas. Cada tanto montamos un escenario, invitamos bandas amigas, y cuando eso sucede, el Castillo se sacude al ritmo de “Rock in Ría”. Mucho se hizo, casi siempre con la conciencia intranquila por todo lo que falta, pero también con la certeza de que no existe otro territorio común que el que fabricamos a diario.



Primero el apagón (1988) y luego el desguace (1997) convirtieron a la usina en un agujero negro del patrimonio público. La recuperación de su predio confía tanto en la labor del grupo de personas que frecuentan Ferrowhite como en su capacidad de disfrute. Sin un mango, este proyecto de paseo público sólo es sostenible en la medida en que el espacio en obra se convierte en espacio de vida. Por eso, luego de retirar toneladas de chatarra y escombro, nuestra primera tarea en la Rambla se orientó a constituir un módulo mínimo de convivencia: cuatro bancos, dos mesas y una mesada fabricados con durmientes de quebracho exhumados de la playa de maniobras ferroviaria, y un fogón hecho con ladrillos térmicos que alguna vez fueron parte de las calderas de la usina. Infraestructura básica para cada brindis impostergable.


BAJO ESTE SOL TREMENDO

¿Sombrillas frente a silos y chimeneas? ¿Avistaje de aves entre nubes de granza? ¿Olor a asado llegando hasta la cubierta de un bulk carrier?, en fin, ¿Una rambla justo acá? Sí, porque lo que esa rambla cuestiona es, justamente, aquella concepción que divide al saber en áreas rígidas de competencia, a las personas según su posición en la sociedad, y a nuestra experiencia de la ciudad en "zonas de confinamiento". Una idea de las cosas que tiene por correlato material el progresivo parcelamiento de Bahía Blanca en sectores definidos por una única función divorciada de su contexto: acá una reserva natural en la que hacemos de cuenta que esas industrias que están ahí en frente no existen; allá museos en donde si se habla de los trabajadores y sus reivindicaciones, mejor pensar que se trata del pasado; acá una costa cercada con alambre de púa y en el extremo opuesto, los ambientes climatizados del hipermercado o del quincho con pileta donde los que pueden, o sea, los que tienen, corren a encerrarse los días de calor. Lo que nos preguntamos desde esta rambla, cómodamente recostados en reposeras que trajimos de casa, mientras el sol se va y a lo lejos nos saludan los guardias de Toepfer -gente que a esta altura ya nos conoce-, es si tal concepción de la ciudad, más allá de sus supuestas virtudes funcionales, colabora en atenuar las ostensibles asimetrías que existen entre sus habitantes o si, por el contrario, las acrecienta.

El desarrollo del gigante portuario tiene por base la extensión de los derechos de propiedad a espacios hasta no hace tanto considerados comunes. Dicho proceso, que con David Harvey aprendimos a llamar "acumulación por desposesión", afecta al territorio pero también a la propia manera en que sus habitantes se conciben. La progresiva cancelación del lugar común depende del "modelado preventivo de los deseos, las aspiraciones y las esperanzas" de las personas perjudicadas por su lógica. Es decir, requiere configurar a la comunidad a imagen y semejanza de los intereses del capital. Pero ¿puede una comunidad ser producida como un pellet de polietileno?

Mientras los turistas que el verano trae hasta este museo entran por el portón principal del predio de la usina, los chicos del Bulevar, de White o del Saladero suelen hacerlo por encima de los cercos o por debajo de los alambrados que quedan atrás del Castillo, luego de atravesar un territorio que, aunque les está expresamente vedado, continúan sobreentendiendo como propio. Ese andar casi clandestino por un puerto que no es suelo extranjero, pero a veces se le parece, resulta, paradójicamente, condición característica de su ser "de acá". Las aguas de la Rambla de Arrieta no son muy profundas, pero ahí donde los pasos de estos pibes dan sin saberlo con las huellas borradas de sus padres y abuelos, la rambla se vuelve honda en el tiempo. Ellos son los últimos habitantes de la playa plebeya. Y en cada cosa que nos rompen, en cada piedrazo que tiran, en cada macana que se mandan, sobrevive la sensación de que en el corazón de la comunidad domesticada se esconde un potrero salvaje, tierra de todos y de nadie, la promesa de un verano eterno y de una vida inalienable.


* Publicado en el último número de Boya 70, la revista virtual del Museo del Puerto: https://boya70.wordpress.com/2017/12/16/playa-y-pueblo/ 

viernes, 18 de febrero de 2011

PLAYA Y PUEBLO

El pasado 8 de enero, La Nueva Provincia anunció la decisión del Consorcio de Gestión del Puerto de realizar un nuevo dragado en el canal principal de la ría y de utilizar el material extraído del fondo del estuario para rellenar, entre otros sectores, la franja de marisma y cangrejal que rodea al castillo, es decir, ese lugar que en el museo comenzamos a llamar la Rambla de Arrieta, pero quienes viven en White conocían, desde mucho antes, como "la marea" o "la marea de la usina".

“El refulado –dice el diario- será empleado para construir una tercera posta de inflamables [en Puerto Galván] y para ganarle terreno al mar, con destino a nuevas industrias, en el sector de la antigua usina San Martín” ya que, continúa, “con ese material se tornarían utilizables allí, entre 15 y 20 hectáreas, las cuales se destinarán a futuros emprendimientos industriales”. No deja de ser curioso el lenguaje con el que se cuentan estas noticias. “Tornar utilizable” implica, en realidad, restringir los posibles usos del sector a un único uso que prioriza, una vez más, el interés privado por encima del público. “Ganarle terreno al mar” significa, en primer término, ganárselo a los vecinos.

La ribera del castillo representa quizá la última zona urbanizada a través de la cual aún es posible un acceso franco a las aguas de este puerto. Un sitio privilegiado para aprehender la magnitud y complejidad de los procesos que en esas aguas a diario suceden. Un lugar para mirar el mar y todo lo que en el mar interactúa: agua y amoníaco, buques gaseros y canoas de pesca, soja y salicornia, dragas holandesas y cangrejos cavadores, aves migratorias y commodities, muelle y -no nos quitemos del cuadro- museo… un lugar que ahora está a punto de ser sepultado.


ARCHIVOS DE UN SUEÑO OBRERO

Hace algún tiempo encontramos este dibujo. 



La imagen muestra un gran balneario que en los años treinta el intendente socialista Agustín de Arrieta proyectó exactamente en esta zona del puerto. Fue a partir de esa suerte de postal de un futuro que no fue que empezamos a imaginar la Rambla de Arrieta. Bajo ese nombre el museo propone la recuperación comunitaria del frente marítimo de la usina para su conversión en un paseo popular, al mismo tiempo área de esparcimiento y mirador de un paisaje en el que flora, fauna, capital y trabajo no pueden entenderse por separado.

Arrieta no concretó su idea, pero un repaso a la documentación recopilada en nuestro archivo permite certificar la persistencia tenaz de aquel sueño. En 1943, se crea la Comisión Ejecutiva “Pro Construcción del Balneario regional”, integrada por asociaciones civiles y profesionales, clubes y sindicatos. En 1961, la Sociedad de Fomento de Ingeniero White impulsa desde su boletín la realización de un proyecto similar, que ese mismo año es presentado ante la legislatura de la Provincia de Buenos Aires por los senadores Baeza y Goyarzú.  En 1968, los vecinos de Ingeniero White reiteran el pedido en una nota elevada al intendente el 31 de julio. Con variantes, las iniciativas se repiten. En 2001, la Universidad Tecnológica Nacional formula un proyecto de uso integrado del castillo y su frente marítimo. Hace apenas tres años, María Elena Súttora propone desde la Dirección de Planeamiento Urbano de la Municipalidad declarar el área Zona de Reserva de Interés Urbano. Tal como señalaba el texto presentado ante la Cámara de Senadores en el 61: “En la plataforma municipal de todos los partidos políticos figura, en cada elección, entre las obras públicas a realizar, la construcción de un balneario, que siempre queda postergado.” 

Pero los balnearios que nunca se construyeron fueron materializados en la práctica por el ingenio de generaciones de whitenses y bahienses que llegaron hasta estas costas para inventar allí sus “paraísos de barro”. Porque si este lugar está lleno de laburantes, también lo está de expertos en pasarla bien. Toda una ciencia pagana del disfrute que en su estudio minucioso de las particularidades de cada sitio desafía los estereotipos zonzos del ocio y el consumo. El balneario de la usina fue por décadas una costumbre de los vecinos del Bulevar. Una creación cotidiana que incluía convertir el canal de salida del agua utilizada para refrigerar la central térmica, en una enorme pileta climatizada. Pregúntenle a Lili Torres, a Ida Muhamed, a María Gabriela Fernández, a Juan Carlos Alesoni. No les van a contar de los remotos años treinta, sino del sol que tomaban acá, de los sándwiches de mortadela que comían, de los chapuzones que se daban hasta bien entrados los años setenta, momento en que empezó a construirse la central Piedra Buena. Escucharlos no es un acto de nostalgia, es asumir que la misma historia que nos ayuda a comprender por qué White ha llegado a ser como es, nos permite imaginar que las cosas fueron y por tanto pueden ser de otra manera.


YO VISITÉ LA RAMBLA DE ARRIETA (Y CASI ME BAÑÉ)

La Rambla de Arrieta se propone como un espacio de colaboración entre alumnos de escuelas, vecinos y ex trabajadores que permita diseñar colectivamente un paseo con vista a la ría. La idea es afianzar el puente entre la imaginación de los chicos, la memoria de los más grandes y el "saber hacer" de los trabajadores ferroviarios y portuarios que se acercan al museo. Se trata, en principio, de responder a preguntas simples: ¿Cómo sería ese paseo?  ¿Qué usos tendría? ¿Y qué aspecto? Preguntas que no podemos contestar sin tener en cuenta otras: ¿Qué se hacía en este lugar antes de que silos y chimeneas lo ocuparan casi por completo? ¿Cómo se vivirá en este puerto dentro de 10, 20, 100 años? Interrogantes que apuntan a implicar pasado y futuro como puntos de apoyo para una intervención sobre la realidad presente.


La iniciativa recibió en 2008 una mención en el concurso internacional “Somos Patrimonio” organizado por el “Convenio Andrés Bello”, pero más importante que los reconocimientos honoríficos, es lo que ha sido posible hacer hasta acá, como siempre, con lo que se tiene a mano. Bailamos acá. Trajimos mesas y sillas. Pollo y cerveza. Llenamos con humo de chorizo la noche del puerto trasnacional. En pleno “conflicto del campo” imprimimos un cartel que dice: Estamos con el mar. Lo ven desde el puente. También fabricamos postales falsas, bolsos de playa y posavasos, souvenires de lucha del Subcomandante Reynaldo. En este lugar, las chicas y chicos del taller de la tarde armaron su propia "cortina forestal", una que en lugar de tapar, le pone marco el paisaje: flores fabricadas con todas las botellas de pvc que andan tiradas por este puerto, camalotes plásticos tan indiferentes a la sospechosa calidad del agua del estuario, como capaces de aguantar mil años de sequía. Cada tanto en este sitio montamos un escenario, invitamos bandas amigas, y cuando eso sucede, no podemos parar de cranear el megaevento por el que seremos recordados para siempre: “ROCK IN RÍA”. Una mañana, a nuestro compañero municipal Rodolfo Díaz se le ocurrió empezar a fotografiar cada una de las especies de pájaros que viven en este humedal. Animalitos con nombres alados como “brasita de fuego” o “picabuey”. Aves migratorias como el chorlito o el pato capuchino que llegan desde otros cielos para anidar a la sombra de las pirámides de Toepfer, Bunge o Cargill, esas dinastías del agronegocio que también alguna vez llegaron desde lejos y ahora despachan buques repletos, grandes como ciudades, pero solitarios como pueblos fantasmas. Mucho se hizo, casi siempre con la conciencia intranquila por todo lo que falta y a veces no está tan a la mano conseguir.


PALAS TOPADORAS VS. PINZAS DE CANGREJO

¿Sombrillas frente a silos y chimeneas? ¿Avistaje de aves entre nubes de granza? ¿Olor a asado llegando hasta la cubierta de un bulk carrier?, en fin, ¿Una rambla justo acá? Sí, porque lo que esa rambla cuestiona es justamente aquella concepción que divide al saber en áreas rígidas de competencia, y a nuestra experiencia de la ciudad en zonas de confinamiento. Una idea de las cosas que tiene por correlato material inmediato el progresivo parcelamiento de Bahía Blanca en sectores definidos por una única función divorciada de su contexto: acá una reserva natural en la que hacemos de cuenta que esas industrias que están en frente no existen, allá museos en donde si se habla de los trabajadores y sus reivindicaciones, mejor pensar que se trata del pasado. Acá una costa cercada con alambre de púa y en el extremo opuesto, los ambientes climatizados del hipermercado, el shopping o el “mall” donde los que pueden, o sea, los que tienen, corren a encerrarse los días de calor.


Lo que nos preguntamos desde esta rambla, cómodamente sentados en reposeras que trajimos de casa, mientras el sol se va y a lo lejos nos saludan los guardias de Toepfer -gente que a esta altura ya nos conoce-, y vemos asomar en el horizonte la proa roja del Excelerate, llegando otra vez hasta nosotros con su carísima carga de gas tropical, es si tal concepción de la ciudad, más allá de sus supuestas virtudes funcionales, colabora en atenuar las ostensibles divisiones sociales que existen entre sus habitantes o si, por el contrario, las genera. Porque lo que las nuevas obras de dragado “profundizan” no es solo el canal principal de la ría, también la separación entre un puerto y un pueblo que, habiendo crecido juntos, hoy apenas parecen compartir el nombre.  Lo que con ellas se busca “ensanchar”, a cualquier costo, es el margen de ganancia de enclaves cuya prosperidad, dado el carácter altamente automatizado de su actividad, lejos está de suponer -en serio, muchachos, no importa cuántas pymes subcontratadas cuenten-, la de la gran mayoría de la población.

La Rambla de Arrieta es quizás nuestra última oportunidad de abrir una brecha en el cinturón de concreto que ciñe la costa de Ingeniero White. Pero su desaparición no es solo un problema de los whitenses, sino de Bahía en su conjunto. Hijos, nietos o bisnietos de inmigrantes que llegaron hasta este país a través del océano, caminamos por esta ciudad como quien recorre Santa Rosa o Alta Gracia. No solo, como se suele decir, Bahía no mira el mar: incluso hace de cuenta que no existe, como si todos esos cargueros taiwaneses, iraníes y chinos hubieran atravesado el desierto sobre carretones para llegar hasta acá. La Rambla de Arrieta no es un delirio, a menos que aceptemos que nuestras expectativas de vivir mejor lo son. El delirio es adoptar como principio de realidad el interés exclusivo de quienes se preparan para hacer con ella grandes negocios.

viernes, 23 de diciembre de 2011

DEPOSITE SU DESEO EN UN TUBO DE ENSAYO

Y llegaron "las fiestas", esa época en la que empezamos a hacer balances pero también a pedir deseos: que si miramos a la luna, que si levantamos la copa con la mano izquierda, que si nos miramos a los ojos... las formas de desear se multiplican. El sábado 3 de diciembre, durante Rock in ría, también nosotros nos inventamos una. Con las puertas abiertas de par en par, invitamos a todo el mundo a entrar al hall del castillo para escribir y depositar sus deseos en preformas de botellas plásticas. “Tubitos de ensayo” que sugieren que toda esperanza, por más mágico que sea el pensamiento que la anima, se halla en estos tiempos mediada por el mercado y por la técnica.
Acá nos hacemos un huequito entre brindis y brinds y compartimos con ustedes parte de lo que el público de aquella noche (de los museos y de los deseos) dejó por escrito. Eso sí, ordenado en tres preguntas.

¿Qué uso le darías a El Castillo? 

  • En este castillo pondría varias cosas como salas destinadas a conciertos, que se den charlas acerca de la historia de White y pondría y acondicionaría una habitación como teatro
  • Mi casa 
  • Ninguno a parte de mi casa, porque el día de mañana explota todo
  • Se tendría que filmar una película en el castillo
  • Yo lo que realizaría con el castillo sería un museo
  • Un museo del skate
  • Un shopping
  • Quiero que sea un laboratorio
  • Un boliche bien piola
  • Que el castillo sea un lugar con mucha historia para contar. 
  • Estaría un boliche
  • Seria muy bueno que algún sector se dedique a una confitería con vista al mar
  • El castillo debería ser un salón de eventos comunal, con restaurant y más para el atractivo de un paseo diario. Un lugar donde se pueda pasar gran parte de la jornada en forma recreativa y educativaLe daría un uso diario
  • En el castillo, una gran sala donde dormir la siesta y ver películas proyectadas en el techo
  • Yo lo haría una iglesia
  • Un parque de diversiones
  • Ante la necesidad de lograr la evolución económica y social de toda la zona portuaria, el castillo debería ser el punto de inicio de un planeamiento estratégico turístico que logre ese objetivo
  • Trabajar para convertirlo en centro de exposiciones
  • Música, pintura, danza, fotografía, historia, nuestra identidad portuaria
  • Un lugar para: conciertos, presentaciones, exhibiciones, muestras culturales... y gratuito
  • Que sea un espacio para los jóvenes de White y Bahía para que puedan demostrar y transmitir su música.
  • Que este sea un faro cultural entre tanta industria
  • Esto podría ser una fabrica, y White el polo mas grande del mundo
  • Yo lo haría un centro cultural
  • El castillo debería estar todo habilitado porque una vez que llegas a verlo, querés recorrerlo todo 
  • El castillo debería transformarse en un centro científico
  • Lo único que quisiera para el castillo es que sea lo que fue antes
  • Un lindo centro cultural con talleres artísticos
  • Primero reformarlo todo, que quede impecable. Luego utilizarlo para paseo turístico! Los malditos turistas que se vayan felices.
  • Un lugar para reflexionar, proyectar y concretar    


 
  

¿Qué te gustaría hacer en La Rambla de Arrieta?
  • Jugar
  • Conocerla
  • Que pueda ser utilizada como un paseo para todos los bahienses
  • En la Rambla pondría todas instalaciones para que sea playa.
  • En la Rambla, tomar mate con los pies en la ría y camas elásticas.
  • Recuperar la playa saludable
  • Paseos por la ría y carritos para comer comidas típica.
  • Iría a pasear con mi familia
  • El paseo costero que tenga lugares públicos para que la gente venga
  • Lugar recreativo
  • Que haya cantinas
  • Espero un paseo natural que disfrutemos los whitenses
  • Espacio de juegos
  • En la Rambla, un centro de interpretación para que la gente pueda ver los contrastes: hoy, polo, y el ayer, castillo.
  • Un paseo para uso recreativo con espacio verde para aprovecharlo en familia
  • En la costa se podría agrandar el espacio para recibir a los malditos turistas y los vecinos del pueblo
  • Que podamos ver el mar desde acá
  • Un paseo costero para que la gente recupere su último punto de vista al mar.
  • Un paseo para jugar
  • Me gustaría que el paseo mantuviera su riqueza natural y se integrara como patrimonio.
  • Tener playa
 
  

¿Qué esperás para White en el futuro?
  • Que se escuche a los vecinos, que se haga un censo de salud, un hospital de quemados, y tantas cosas más…
  • Que siga creciendo
  • Como whitense y por el inmenso amor que le tengo a esta tierra que me crió, donde mis padres se conocieron y donde mis hermanos y yo nos criamos, deseo que White renazca
  • Que se convierta en ciudad
  • De White espero lo mejor de los que nos representan…tienen que hacerlo realidad!
  • White más lindo, limpio, calles sanas, poder ver el mar, hacer realmente las refacciones que prometen!
  • Que se pueda nadar en el mar y que sea un balneario como antes
  • Que White siga progresando
  • Lamentablemente White es la peor bofetada del progreso. Otra victima del capitalismo
  • Que continúe creciendo
  • Que crezca
  • Lo mejor
  • Por un White con mucha prosperidad espero que todos se unan y salven al castillo! Por un 2012 lleno de cosas lindas
  • Para White, espero que el hospital crezca!
  • Espero ver menos chimeneas con humo o al menos no ver una multiplicación de las mismas
  • Para el fututo de White, espero que no se sigan instalando las malditas empresas. Que a las empresas les hagan controles ambientales estrictamente rigurosos y el que no respete...! Con respecto al pueblo, espero que se siga desarrollando, que siga creciendo como lo está haciendo. Que haya mas ayuda para los barrios más carenciados y que hagan mas controles, que la policía sea más estricta porque está lleno de droga.
  • Que mi barrio lo mejoren
  • Para el futuro de White, que todos nuestros jóvenes tengan trabajo
  • ¿Y qué puedo esperar para el futuro de White? Que se recupere lo perdido (creo que no hay un solo habitante que no lo desee) y que se reafirmen las raíces de este lugar. Yo no soy de este lado, soy de Villa Mitre, pero igual me duele todo lo que perdieron como si fuera nacida acá. Y ojalá que aquel que desguazó esta maravilla pague por su maldad y atrocidad.
  • Para White, espero un futuro de trabajo en armonía con la naturaleza y con la salud de los seres humanos
  • Para White, espero más futuro y menos contaminación
  • Quiero PROGRESO bien habido, quiero gaviotas y peces, quiero al mar respetado. No es progreso si las consecuencias son más caras al ambiente y a nosotros.  




     Las fotos de este post son de Pablo Marks.

viernes, 23 de mayo de 2014

TEORÍA Y PRÁCTICA

El sábado 17 de mayo, en el marco del Día Internacional de los Museos, participamos de la jornada “Prácticas comunitarias en museos y espacios culturales” organizada en Berazategui por la Asociación de Trabajadores de Museos. En el rol de “expositores invitados” compartimos mesa con representantes del Sitio de memoria del ex Centro Clandestino de Detención y Tortura Olimpo, el Museo Itinerante del barrio Refinería de Rosario, nuestros vecinos y compañeros del Museo del Puerto de Ingeniero White y los anfitriones del Museo Histórico y Natural de Berazategui.



Desde la “platea” participaron también los compañer*s del Museo Etnográfico Juan Ambrosetti y el Museo del Bicentenario de Capital Federal; el Observatorio, el Museo de Ciencias de la ciudad de los niños, el Museo de Bellas Artes y el Museo de Ciencias Naturales de La Plata; el Espacio de Memoria La Perla y el Museo de Antropología de la Universidad de Córdoba; el Museo Naval de Tigre, el Museo del Juguete de Boulogne, el Viaje de títeres que funciona en el Museo del Transporte y la Red de Museos de Quilmes.

Dicen que algunos pueblos narran historias para "medir la temperatura de la comunidad y distraer a la muerte". Eso nos contó Anabelle, trabajadora del Museo Ambrosetti, antes de introducirnos en el mundo de los “cuentos dilema” de África occidental. Relatos breves que más que historias cerradas, plantean situaciones y abren preguntas para que el auditorio, “la comunidad”, reflexione, opine, debata y tome partido. De alguna manera, algo de eso intentamos hacer cuando, después de compartir experiencias de trabajo, nos preguntamos por la gran cuestión que nos había convocado: ¿cómo es la relación que los museos y espacios culturales establecen con las comunidades de las que forman parte?

Pero como la pregunta abre muchas otras, al final de la jornada nos fuimos con más interrogantes que certezas: ¿Cuántas comunidades aloja un museo o un espacio de memoria? ¿Cómo es el acercamiento a o de esas comunidades? ¿Cómo se relacionan y tensionan? ¿Los trabajadores de museos y espacios culturales constituimos una comunidad? ¿Cómo se generan los discursos y relatos de un museo? ¿Participan de la producción de los textos los miembros de la comunidad? ¿Cómo afectan a los museos estatales los cambios políticos partidarios? ¿Cómo son las relaciones con las asociaciones de amigos, las empresas, los trabajadores de hoy, los vecinos? ¿Con qué presupuestos se sostienen los museos y espacios culturales? ¿Para qué sirven estas prácticas comunitarias? ¿Cómo los “facilitadores” nos ponemos al servicio de las demandas de nuestras comunidades?

Acá les dejamos el texto de nuestra intervención, para seguir pensando estas y otras cuestiones.



MUSEO TALLER

Ubicado en Ingeniero White, puerto de la ciudad de Bahía Blanca, Ferrowhite es un museo taller.

Un lugar en el que las cosas, además de ser exhibidas, se fabrican. ¿Y qué produce un museo taller? Un museo taller genera herramientas. Útiles para ampliar nuestra comprensión del presente y, por tanto, nuestra perspectiva del futuro, forjados en la labor con objetos y documentos del pasado, pero también en el cuerpo a cuerpo con la experiencia vital de cientos, miles de trabajadores que forman parte de, y le dan forma a, esa historia.

Eso dice el folleto que te damos en la entrada y eso más o menos es lo que intentamos, a pesar o en razón de que casi siempre nos sale otra cosa. No es fácil contar de qué va Ferrowhite. Un año en este museo tiene 36 meses, un montón de mañanas todas distintas. Un día toca montar con lupa las miniaturas que el ferroviario Carlos Di Cicco talló en taquitos de madera y al otro cinchar con un torno de cuatro toneladas. A lo largo de la última década, sin que sepamos cuánto de libertad, de azar y de necesidad hay en todo esto, nuestro museo funcionó alternativamente como salón de baile, sala de conciertos, taller de serigrafía, corsódromo, mecano, balneario contaminado, panadería, peluquería, escenario teatral, café bacán, e incluso, como un museo. Acá vamos a tratar de contarles de qué modo nació, a quiénes involucra su acción y cuáles son algunas de las cuestiones que nos preocupan, intentando concentrarnos en tres proyectos: la redacción de un libro sobre la historia de una usina desmantelada, la confección de una balsa hecha con bidones de agua en desuso y la materialización fugaz de un paseo costero allí donde el disfrute del mar ya casi no puede ser imaginado. Cómo las tareas superpuestas de ordenar un relato, de construir un objeto y de organizar una fiesta junto a las aguas del estuario de Bahía Blanca se relacionan entre sí para tramar a su vez la relación que este museo establece con la comunidad de la que forma parte, es un interrogante que sostendremos hasta el final, no por mantener el suspenso, sino con la esperanza de que ustedes nos ayuden con la respuesta.


LA HISTORIA QUE NOS TRAJO HASTA ACÁ
Ferrowhite cumple diez años en 2014. Su itinerario, sin embargo, forma parte de una trayectoria institucional más extensa. El museo abrió sus puertas el 6 de noviembre de 2004, luego de dos años dedicados a la recuperación del Taller Regional de Mantenimiento de la ex usina General San Martín. El Taller Regional es un edificio enorme que pasa inadvertido delante de ese gigante que, a pesar de haber funcionado por más de 50 años como una central eléctrica, casi todo el mundo conoce como el “castillo del puerto” porque eso, a fin de cuentas, parece: una mole medieval erigida por milagro al borde de la ría[1].

La usina y su taller, que habían dejado de funcionar a fines de 1988, fueron desguazados luego de la privatización de la empresa provincial de energía eléctrica a fines de los noventa. Cuando en 2001, se decidió ceder estos edificios a la Municipalidad de Bahía Blanca, el Taller de Mantenimiento no lucía exactamente bien mantenido[2].


La intención inicial fue recuperar uno de sus sectores como espacio de conservación del Museo del Puerto de Ingeniero White, a través de un subsidio de la Fundación Antorchas. Pero en simultáneo, surgió la idea de alojar allí, además, una colección de objetos del ferrocarril y el puerto que un grupo de ferroviarios había puesto bajo el resguardo de la municipalidad, luego de que los ferrocarriles argentinos pasaran también a manos de concesionarios privados. De ese modo nació Ferrowhite como un museo autónomo. Martillos, tornos y tenazas; escariadores, sierras y bigornias; caladores, cuchillos y piedras de afilar… No se imaginan lo que pesaban esas herramientas cuando hubo que hacerse cargo de su traslado. Al aceptarlas, estábamos asumiendo como propia la demanda no sólo del grupo de ferroviarios que las había “salvado”, sino de un sector mucho más amplio de la sociedad, de reconstruir una historia compleja que corría el riesgo de desaparecer junto con ellas.[3] Puede que por eso pesaran tanto. Ahora bien, el equipo del museo hubiera sido incapaz de empezar a dar cuenta de esa historia en soledad. Necesitaba para ello de la colaboración efectiva de todos aquellos que de un modo u otro formaron y forman parte de la vida del ferrocarril, de los elevadores y las usinas de este puerto. Es eso lo que nos ha llevado a golpear la puerta de nuestros vecinos, pero al mismo tiempo lo que ha hecho que algunos de esos vecinos terminaran considerando al museo como su propia casa. Comenzamos haciendo entrevistas bajo los protocolos de la "historia oral" y terminamos comprometidos con nuestros entrevistados en el armado de muestras, obras de teatro, artefactos extraordinarios y fiestas de carnaval que no sólo dan cuenta del pasado de una comunidad sino que, de algún modo, intentan incidir sobre su presente.

LA GRAN TRANSFORMACIÓN
El taller desmantelado y las herramientas que se quedaron sin taller son piezas de un mismo rompecabezas. Es que en poco más de 10 años, en el lapso, si se quiere breve, que va de principios de la década del 90’ al comienzo del nuevo siglo, Ingeniero White cambió y mucho. Cambió el ferrocarril, cambiaron el puerto y sus industrias, y como consecuencia de ello, también la vida de quienes habitamos en este lugar.[4]



Es habitual asociar aquellos años, y este museo ha colaborado para ello, con la desaparición de todo un sistema productivo: reducción de los ferrocarriles, reestructuración del puerto, despido de miles de trabajadores, fin del Estado social y empresario... pero menos frecuente resulta entender que la destrucción de aquel mundo implicaba, al mismo tiempo, la construcción de otro. Uno en el que la relación entre capital y trabajo, entre industria, población y medio ambiente sufriría una transformación drástica, al ritmo de mutaciones que excedían por mucho los límites de la localidad, de la región, del país, para poner en juego aquí mismo, a la vuelta de la esquina, nuevas dinámicas de alcance global que están en la base de nuestra realidad presente.

Ese vasto cambio de época que a vuelo de pájaro solemos caracterizar haciendo referencia al fin del Estado de bienestar, a la crisis de la sociedad del trabajo, a la mundialización de los flujos comerciales y financieros, a la inserción creciente de la automatización en los procesos productivos, tuvo en Ingeniero White hitos precisos: disolución de la Junta Nacional de Granos (1992), privatización del Ferrocarril Nacional General Roca (1991), reorganización del puerto como un ente autónomo (1992/3), privatización y ampliación del complejo petroquímico (1995/2000), radicación de empresas agroexportadoras de origen transnacional (1992-2011). De la reconfiguración de aquel viejo orden derivaron nuevas formas de riqueza y de miseria, nuevas maneras de repartir los beneficios y los costos derivados de la actividad económica en la zona, pero también nuevos conflictos y nuevos modos de responder a ellos, en este nuevo siglo, por parte de las empresas y del Estado.

Los números del “progreso” son impresionantes: 1.200 buques, 27.300.000 toneladas de carga exportada (cereales, aceites, productos petroquímicos e inflamables), 4.500 millones de dólares de ingresos, según las estadísticas del año 2012. En los últimos 20 años, creció el calado del canal principal de la ría y con él, el porte de los buques y su tráfico, creció también la capacidad de almacenaje y la cantidad de sitios de atraque, y en consecuencia, crecieron las exportaciones y las ganancias derivadas.

Pero el “gigante portuario” oculta en su desarrollo realidades menguantes. Al tiempo que la superficie portuaria explotada se multiplicó, la cantidad de trabajadores se redujo de manera drástica. De 1993 a hoy, los espacios de producción pasaron de ocupar 75 a 262 hectáreas. A pesar de ello, la totalidad del complejo agroexportador e industrial genera en la actualidad apenas 3.600 empleos (entre directos e indirectos), una cifra levemente superior a la cantidad de trabajadores que hasta los 90’ se desempeñaban sólo en la Junta Nacional de Granos. Lo que parece haber cambiado, de manera profunda, es la relación del puerto con la población que levantó sus cimientos, trabajó en él y disfrutó de sus costas ahí donde se pudo. Es decir, el vínculo entre trabajo humano y producción portuaria, por un lado, y entre vida comunitaria y uso social del espacio costero, por el otro.


¿Pero qué tiene que ver un museo con todo este asunto? O mejor dicho, ¿Qué le queda a un museo más que documentar ese proceso? ¿Qué nos resta además de la catalogación aséptica, el lamento por lo bueno pasado o la loa a las virtudes de un presente ante al cual -¡quién lo duda!- no todo tiempo pasado fue mejor? ¿Existe alguna chance de ser otra cosa que una institución compensatoria que administra en dosis homeopáticas el consuelo o la queja?  El rompecabezas no tiene arreglo, pero sus piezas tal vez resulten imprescindibles para componer una imagen de lo que queremos para nuestro presente y porvenir.

EL PASADO COMO CONSTRUCCIÓN
Comprender que el desmantelamiento de la usina y el cercamiento de su frente costero no son hechos aislados ni desconectados, supone el trabajo de reconstruir la historia concreta de este sitio y conlleva, a su vez, el desafío de poner en juego esa historia a la hora de promover lo que muchos reclaman como un derecho evidente: “entrar al castillo” y “salir al mar”. Empresa que no se nos hubiera ocurrido encarar sin la colaboración de un montón de gente que llevaría páginas y más páginas mencionar. Acá vamos a contarles, apenas, sobre dos de esas personas: Atilio Miglianelli y Ángel Caputo[5]. Esta ponencia está, en cierto modo, dedicada a ellos.

Atilio y Ángel fueron compañeros de trabajo en el equipo de buceo de la central San Martín. Podría decirse que se hicieron amigos bajo el mar, limpiando los conductos a través de los que la usina tomaba agua para refrigerar sus mecanismos. Atilio, a quien conocíamos del Museo del Puerto, fue nuestro primer guía por los alrededores del castillo. Con él aprendimos sobre el balneario de Puerto Galván y la playa de la Esso, sobre la “alcantarilla” y el viejo balneario Unión y, por supuesto, también sobre la playita que existía a un costado del castillo, una suerte de piletón climatizado o yacuzzi vecinal que aprovechaba la corriente de agua que la usina devolvía, caliente, al mar. O sea: aprendimos que la vida de un trabajador nunca equivale a su trabajo, a lo que esa persona hace por un salario, sino que es preciso tomar en cuenta todo lo demás: lo que desea y lo que teme, qué come y cómo baila, la ropa que le gusta y las horas que pasa tirado al sol…

Atilio murió en 2007, y no pasa un día sin que se lo extrañe. A su compañero Ángel lo conocimos recién en 2011, una de esas mañanas frías, de cielo apagado, difíciles en este museo a veces imposible de templar, pero podría decirse que Caputo ya estaba acá antes de que nosotros llegáramos. En algún momento de aquella primera charla, Ángel nos dijo: “[De esta usina] yo tengo para contar, para hacer un libro, poco más”. Así, con un comentario al pasar, arrancó la idea que fue tomando forma a lo largo de los meses siguientes: escribir juntos una historia de la usina General San Martín, una historia de la usina contada desde el particular punto de vista de unos de sus trabajadores, a la que Angelito de inmediato le encontró un nombre: “El Castillo de la Energía”[6].

En un museo taller armar un libro supone, claro, escribir, que Ángel largue por un rato la tenaza y agarre la birome para volver visibles, sobre los renglones de unos cuantos cuadernos “Maratón” y “Potosí”, palabras en mayúscula que expresan lo que recuerda, pero también implica grabar horas y horas de entrevistas, buscar fotografías, dibujar el eje de una turbina y corroborar nombres de compañeros en las listas del sindicato. Todo eso hicimos junto a Ángel durante un año entero de labor, pero como en este museo mejor que decir es hacer (¿o era al revés?), nos propusimos convertir toda esta historia en un artefacto concreto.

EL ARCA OBRERA
Un día Ángel trajo al museo esta foto:


Ahí está Atilio Miglianelli, más joven de lo que lo conocimos, tan pensativo como se lo veía a veces, y están sus compañeros del equipo de buceo de la usina -Angelito no salió porque justo estaba abajo del agua- posando para la posteridad sobre una balsa hecha con pallets de madera y tambores de aceite acá a la vuelta, junto al viejo muelle de los elevadores de chapa. Desde aquel día, un interrogante fue madurando en la acalorada cabeza de nuestro compañero Guillermo Beluzo: ¿Cómo sería esa balsa hoy? se preguntaba Guillermo, a la hora del primer mate, mientras calzaba la boca del termo en el pico del dispenser. Hasta que una mañana de verano el bidón de agua del dispenser se secó y Guillermo se nos apareció con este dibujo:


El Arca Obrera es una balsa diseñada y construida con ayuda de Luis Leiva, Roberto Orzali, Roberto Conte y Ángel Caputo, trabajadores del mar. Está hecha con 61 bidones de agua que nos regalaron porque estaban pinchados, amarrados entre sí por tiras de polietileno. No hay nada en esta embarcación que no sea de plástico excepto, claro, los que la tripulamos. El agua que falta en los bidones suele faltar en nuestra ciudad, en tanto el polietileno del que están hechos sobra, entre otras cosas porque el agua es uno de los principales insumos y el plástico uno de los principales productos del polo petroquímico que cerca nuestras costas.

Con algo de humor, el Arca Obrera se presenta como un “dispositivo de escape en caso de accidente”. Un humor más negro que el humo: en el año 2000 un escape de cloro y otro de amoníaco cambiaron para siempre la relación de Ingeniero White con el Polo Petroquímico. Por eso el Arca viene con un instructivo de de armado y otro de uso, por si querés armarte en casa la tuya.



La balsa, que pasa el invierno como un objeto más de nuestras salas, sirve en verano para navegar[7], y así mirar bien de cerca, desde las propias aguas de la ría, a los enclaves sobre los que aquí se trata. Objeto derivado de la producción de las empresas asentadas en este puerto, convertido en instrumento de indagación sobre las mismas, el Arca porta nuestro deseo de conocer mejor el entorno con el que convivimos a diario y, al mismo tiempo, carga con las ganas de pasarla bien de aquellos que, habiendo puesto el hombro para edificar este sitio, quieren seguir viviendo en él.

Tal vez el interrogante implícito en el proceso de su construcción y uso es qué tipo de lazos y qué clase de demandas somos capaces de tramar, incluso en el disenso, toda vez que de mantenernos unidos depende seguir a flote. Lo que nos lleva a la pregunta del principio.

LA COMUNIDAD EN CUESTIÓN
La relación de este museo con la comunidad que integra nunca es sencilla. En principio, porque tenemos la sospecha de que lejos de representar un todo unánime, la comunidad en cuestión se encuentra constituida por actores en pugna y a su vez atravesada por procesos que exceden por mucho al espacio local. Reconocer lo diverso de su composición, los modos en que esa heterogeneidad se organiza en un orden con determinadas jerarquías, y los conflictos que tensionan ese orden en favor de determinadas transformaciones, es quizás el primer paso, un paso que se da a tientas y que tal vez nunca se acaba de dar, para ubicar el propio quehacer dentro de ese complejo panorama.


Ferrowhite se define como un museo que además de exhibir objetos los produce. Y no de cualquier manera. Ferrowhite produce implicando en esa producción a un mecánico de locomotoras con un arquitecto, a un videasta con un buzo, a un municipal con una costurera, a una licenciada en historia con un estibador. Personas que llevamos adelante en este lugar actividades que derivan pero al mismo tiempo están más allá, o más acá, tanto de las habilidades pulidas a lo largo de nuestra vida académica o laboral, como de las rutinas que la industria de la cultura (o sea, del consumo) programa para nuestros ratos libres. ¿Hará falta decir que, en vista de nuestra variada condición de clase, género, edad, nivel de ingreso o educación, y en virtud de nuestra pertenencia o no a los estamentos municipales –o del lugar que cada uno ocupa dentro de ellos-, los miembros de este “colectivo” casi nunca estamos de acuerdo; que la discusión, más allá de las buenas intenciones, nunca es de igual a igual; que incluso la posibilidad misma de que la discusión suceda no es algo que podamos dar por descontado? Para bien o para mal, este museo es un lugar en el que las dinámicas de la comunidad se intersectan con las del Estado, pero también una lejana falange del largo brazo estatal en la que el Estado mismo puede llegar a ser concebido a contrapelo de algunas de sus lógicas dominantes.

Porque Ferrowhite, esto también hay que decirlo, no es hijo de un método pergeñado por alguna mente maestra, tampoco un eficaz efecto de lectura de aquellos que lo narramos, sino el resultado de la constante, muchas veces ardua negociación de nuestras diferencias. Hay quien piensa que con conocer con más precisión la historia de este sitio, previniendo así las generalizaciones apresuradas y los mitos (incluidos los progresistas) que esas generalizaciones fundan, alcanza y sobra. Está quien reclama, en cambio, que este museo estatal vale sobre todo por las intensidades que genera, por la capacidad de transformar al visitante, aunque sea por un rato, en un artífice. Y la verdad, importa menos decidir quién tiene razón, que el pequeño milagro de que sigamos trabajando alrededor de una misma mesa. La historia de este museo es también la historia de nuestra variable capacidad para convertir nuestros errores y discusiones en una potencia. Y lo increíble es que a veces funciona.

LAS PATAS EN LA RÍA
En enero de 2011, se anunciaba la decisión de realizar un nuevo dragado del canal principal de la ría y de utilizar el material extraído del fondo del estuario para rellenar, entre otros sectores, la franja de marisma y cangrejal que rodea al castillo. El refulado -decía por entonces el diario La Nueva Provincia- iba a ser empleado “para ganarle terreno al mar, con destino a nuevas industrias, en el sector de la antigua usina San Martín” ya que, continuaba, “con ese material se tornarían utilizables allí, entre 15 y 20 hectáreas, las cuales se destinarán a futuros emprendimientos industriales”. No deja de ser curioso el lenguaje con el que se dan estas noticias. “Tornar utilizable” implica, en realidad, restringir los posibles usos del sector a un único uso que prioriza, una vez más, el interés privado por encima del público. “Ganarle terreno al mar” significa, en primer término, ganárselo a los vecinos.[8]

La ribera del castillo representa quizá la última zona urbanizada a través de la cual aún es posible un acceso franco a las aguas de este puerto. Un sitio privilegiado para aprehender la magnitud y complejidad de los procesos que en esas aguas a diario suceden. Un lugar público para mirar el mar y todo lo que en el mar interactúa: agua y amoníaco, buques metaneros y canoas de pesca, soja y salicornia, dragas holandesas y cangrejos cavadores, muelle y -no nos quitemos del cuadro- museo.


Nuestra manera de defender este espacio ha sido usarlo, como siempre, con lo que se tiene a mano. Bailamos acá. Trajimos mesas y sillas. Pollo y cerveza. Llenamos con humo de chorizo la noche del puerto trasnacional. En pleno “conflicto del campo” imprimimos un cartel que decía: Estamos con el mar. También fabricamos postales falsas, bolsos de playa, gaviotas portabolsas, posavasos y pancartas. Las chicas y chicos del taller de serigrafía armaron su propia "cortina forestal", una que en lugar de tapar, le pone marco al paisaje industrial: flores fabricadas con todas las botellas de pvc que andan tiradas por ahí, camalotes plásticos tan indiferentes a la sospechosa calidad del agua del estuario, como capaces de aguantar mil años de sequía. Recuperamos del agua puntales de obra y maderas de enconfrado y con ellas fabricamos bancos, cajas de herramientas y mesitas de bar. Cada tanto, montamos un escenario hecho con tambores, invitamos bandas y murgas amigas, y cuando eso sucede, Ferrowhite suena con “Rock in Ría” o se sacude con el “Carnaval de la Marea”[9].

Mucho se hizo, casi siempre con la conciencia intranquila por todo lo que falta. En este lugar hasta una fiesta es trabajo, y a veces, el trabajo una fiesta. Momento que suele coincidir con la percepción fugaz de que junto con lo que produce, un museo taller le da forma al sujeto plural de esa producción: un colectivo imprevisible, y a veces, feliz.


Quienes participamos de este museo nos valemos de nuestro quehacer para preguntar, a la luz de la historia de este, nuestro lugar en el mundo, cómo se reparten los beneficios y los perjuicios engendrados por el orden vigente en la zona. Escuchar a Atilio contar sobre los balnearios de la ría o a Ángel acerca de los ciento cincuenta trabajadores que empleaba la usina, hacer con sus palabras un libro o un video, y con su ayuda una balsa o una obra de teatro, no es un acto de nostalgia. Es asumir, contra toda idea unívoca de origen y destino, que la misma historia que nos ayuda a comprender por qué White ha llegado a ser como es, nos permite imaginar que las cosas fueron y por tanto pueden ser de muchas otras maneras. El Arca Obrera es eso. La chance de meditar estas cuestiones mientras te tomás una cerveza hamacado por el vaivén del mar.




[1] Este texto fue elaborado a partir de varias entradas publicadas en este mismo blog. Acerca de la usina General San Martín ver: Años luz; sobre el contexto histórico en que se dio su desmantelamiento: Luz divina, y los intentos a lo largo de la última década por recuperarla: Después del apagón.
[2] La usina fue declarada Monumentos Histórico Provincial y Nacional, en 2002.
[3] Resultado parcial del trabajo de varios años en torno a la historia específica de los talleres ferroviarios en Bahía Blanca es el libro de Ana Miravalles “Los talleres invisibles. Una historia de los talleres Bahía Blanca Noroeste.”, publicado por el museo en 2013.
[4] Para un desarrollo de los temas tratados de manera sucinta en este apartado: El oro y el barro
[5] Además del video incluído en esta entrada, ver sobre Atilio Miglianelli: https://vimeo.com/20174704. Acerca de Angel Caputo: El castillo de la energía y La balsa de Angelito 
[6] http://museotaller.blogspot.com.ar/2013/05/hagase-la-luz.html
[8] http://museotaller.blogspot.com.ar/2011/02/playa-y-pueblo.html
[9] http://museotaller.blogspot.com.ar/2011/12/vamos-las-bandas.html, http://museotaller.blogspot.com.ar/2012/03/momo-en-la-marea.html