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miércoles, 26 de junio de 2024

MUSEOS Y EDUCACIÓN AMBIENTAL

Enfoques, particularidades y finalidades que presentan las propuestas sobre Educación Ambiental Integral en Ferrowhite Museo Taller desde las diferentes vistas del estuario de Bahía Blanca.

Este fue el eje que lxs docentes Oscar Benítez Jara y Ludmila Zabala me propusieron para participar en el 3° Ciclo de Conferencias del Instituto Avanza: "La centralidad de la enseñanza". 

Y lo que sigue fue lo que intenté poner en común con estudiantes y docentes de distintos profesorados. Un relato a partir de la experiencia y de lo aprendido de compañerxs que pasaron por el rol de educadorxs de Ferrowhite. En la mesa también participó la Lic. y Prof. en Geografía Lorena Espasa quien hizo aportes sobre la implementación de la Ley de Educación Ambiental Integral.

Recorridos conversados

A los grupos de las escuelas que nos visitan solemos recibirlos en el portón de ingreso y proponerles un “recorrido conversado” por el parque del museo. 

Una de las consignas a la que siempre volvemos dice “el museo empieza afuera”, a ese afuera  lo consideramos casi o tan igual de importante como el adentro, con sus muestras de objetos vinculadas con la historia ferroviaria local. El museo no está aislado, tampoco se hace puertas hacia adentro: está ubicado en una localidad que tiene un puerto; un puerto que a su vez tiene una función específica y una larga historia; ubicado en un estuario, ría o bahía; en un humedal como ambiente; en el barrio del "Boule".

Y compartimos la propuesta de intentar ser perceptivxs a ese paisaje en el cual el museo está emplazado, en el cual, como siempre decimos, hay “mucha información", muchos estímulos como el movimiento de barcos que entran y salen, los ruidos de los silos que en estos días están levantando Cargill y Viterra, las chimeneas humeantes, las grúas sacando los barcos hundidos, los sonidos de las sirenas de los jueves a las 11; ejemplos de un espacio en transformación en el presente y esa dimensión del ambiente como algo en tensión.

En ese afuera también hay mucho de lo concreto y de la experiencia de la tactilidad, de entrar en contacto con huellas de la historia ferroportuaria de la ciudad: están las materialidades de la historia del ferropuerto, de distintas épocas, algunas de las cuales continuaron siendo utilizadas por las empresas transnacionales que, en los años ’90, durante el período que llamamos “la gran transformación”, se volvieron actores socio-económicos claves de esta franja costera. 

Es decir, está lo histórico, en relación con lo ferroportuario y están los elementos que podemos asociar con el ambiente, con el entorno natural: una enorme cantidad de cuises, por ejemplo, habitó el parque en 2019 y desconocemos los motivos de por qué así como llegaron, se fueron; un panal de abejas –en crecimiento- en el frente de la usina; bandadas de palomas que toman agua en los charquitos del parque… Y ya, caminando un poco más, en el  sector de la ex playita de la usina, si la marea está baja, podemos contemplar las cuevas de los cangrejos cavadores y las gaviotas cangrejeras en distintas situaciones…

En este panorama sociocultural y natural, entonces, está Ferrowhite, 

un museo de gestión  pública, que intenta, en el ejercicio cotidiano, 

crecer en relación con las comunidades que allí  participan. 

Playita

Hacer una pausa en el sector de la ex playita de la usina es un tiempo al que le damos importancia. Intentamos condicionar lo menos posible esa primera mirada que se construye del lugar, respetar el derecho de lxs visitante a la contemplación, en  este caso, de la biodiversidad. La vida es diversa, puede manifestar distintas formas. Después de esa experiencia proponemos un espacio de escucha e intercambio. 

En este espacio que muchas veces llamamos ¡qué  panorama! intentamos transmitir una lectura situada que dé cuenta que los elementos naturales y sociales que allí se articulan son el resultado de un conjunto de transformaciones ocurridas a lo largo del tiempo.

Ese espacio, puntualmente, atesora muchas historias, de vecinos de White y de Villa Rosas que  dispusieron de ese espacio contiguo a la usina, hasta principios de los ‘80, como un balneario.  Una playa que se formaba por el agua salada que había ingresado a la usina por un sistema  subterráneo de canales para enfriar las maquinarias y después descargaba en la ría. Los  vecinos, con piedritas armaban una especie de piletón circular y se quedaban ahí, sintiendo el agüita termal. Recuperamos las historias de los trabajadores como Angelito Caputo, ex  trabajador de la usina, quien recuerda en sus memorias sobre las personas que allí se bañaban, de día y de noche, que las podían ver desde las calderas, que a veces incluso ellos también se bañaban en algún cambio de horario. La identificación entre historias de trabajadores del  puerto, ferrocarril y usinas, que aborda el museo y, los balnearios de White, se da, paradójicamente, casi en forma natural.


Rambla de Arrieta

Como un modo de desnaturalizar estos cambios, cómo un modo de posicionarnos, de poner  en común un planteamiento de este quiebre entre comunidad y mar, desde el museo, desde sus comienzos en el año 2004, recuperamos el proyecto de un intendente local, de ideología socialista, Agustín de Arrieta: en el año '34, Arrieta, sensible a esta identificación entre pueblo y playa, proyectó un balneario popular junto al barrio Bulevar Juan B. Justo, donde hoy  se encuentran la central termoeléctrica Luis Piedrabuena (Pampa energía) y la trasnacional  cerealera ADM.  

La Rambla de Arrieta, justamente, nos permite repensar la palabra ‘territorio’ como algo que  no está dado, siempre está en proceso de formación, en devenir, nunca acabado, nunca  cerrado.

 

A su vez, en las intervenciones y gestiones que allí se van haciendo, nos vamos reapropiando como comunidad. En este sentido, dar cuenta de lo físico (que concretamente posibilita “el hacer” en  comunidad) y también, de que es un espacio socializado y culturalizado. Que reúne las  palmeras artificiales que imagina nuestro compañero Pol Ovideo en unos viejos aisladores de  energía para jugar con las playas de Hawaii y las de White; con la frase que armó un residente de Isla Invisible (por la necesidad de visibilizar ese espacio vedado Vs. “bahía le da la espalda al  mar”) en uno de los tejidos que nos separan de la ría y enuncia “de qué está hecha la espuma de mar”, con las choripaneadas de la comunidad Prende chicxs para dar inicio al taller anual de artes plásticas. Todo pasa ahí, junto al mar.

Esas apropiaciones múltiples, de voces superpuestas, nos permiten construir, materialmente, el lugar que queremos habitar, con la certeza de que otras personas también tienen que pasar por la experiencia, en este presente y en el futuro. A su vez, podemos pensarlo como un lugar singular y específico, que se relaciona con la forma de percibirlo de la comunidad que lo habita y lo transforma.  


Educación ambiental en museos 

Este espacio, a la vez, presenta una serie de tensiones sociales y ambientales, vinculadas  fuertemente con la actividad económica y comercial del puerto. Cuenta con carteles que dicen ‘no pasar’, está cercado, hay alambres de púas y tejidos. Hay límites definidos al uso de un espacio  que fue común. 

Allí podemos reflexionar sobre los motivos que desencadenaron en las fuertes transformaciones de ese espacio que, sin caer en idealizaciones, se presentaba más  equilibrado entre la función productiva y los márgenes para el disfrute social. Buscamos recuperar la dimensión política de esos cambios y las continuidades del extractivismo en la Historia económica del país, problematizar la imagen del embudo del puerto.

Propuesta educativa 1: El granero del mundo

Mostramos unos tubos de granos, de los principales productos que se  exportan, ¿qué nos dice la situación operativa del día que publicó el CGPBB? 

Intentamos construir una mirada crítica y un discurso autónomo alrededor de esa información y no quedarnos en las cifras siderales que nos resultan difíciles de dimensionar: “analizar los  intereses de los distintos actores sociales, sus argumentos y propuestas, favorece la  construcción de un posicionamiento propio por parte de las y los estudiantes, promoviendo el  pensamiento crítico, ampliando y complejizando la mirada que traen de su realidad social”  (Propósito de la Educación ambiental: la sensibilización ambiental) 

Preguntas que surgen: Las semillas que se exportan, ¿bajo qué procedimientos se obtienen? El  concepto de bienes comunes, “aquellos que se hereden y se transmiten en una situación de  comunidad”, parecería no cumplirse. // ¿Qué sucedería con el empleo si alguna de estas  empresas decide retirarse del país por los cambios en la normativa? // ¿Qué conflictos ambientales conlleva? // ¿Cómo seguir como comunidad? 

Propuesta 2: Arqueología de la marea: 

Arqueología de la marea: ¿qué estudia la Arqueología? Somos arqueólogos, en cada hallazgo minúsculo podemos dar cuenta de procesos económicos, sociales y ambientales que afectan nuestra vida. 

 ¿Qué es basura y qué no? Depende de cómo lo miremos 

 Un plato roto con una descripción china en la parte de atrás / una soga / una red / una pluma ¿Por qué en este mar? 

 ¿Qué impactos tiene este modelo, este “puerto cada vez más eficiente y competitivo” en la  economía urbana? ¿Qué pasa con las riquezas que aquí se producen y comercializan? 

¿Qué ventajas y desventajas encontramos sobre la presencia del polo petroquímico? 

¿En qué situación se encuentra la pesca artesanal? A sabiendas de que está atravesando un conflicto profundo con las actividades industriales, petroquímicas y petroleras. ¿Cómo la afecta el dragado y la contaminación del agua, suelo y aire? ¿Qué pasa con los procesos judiciales que  se inician desde los damnificados?

Nos hacemos preguntas sobre la fauna y la flora del estuario. Estar ahí, en la costa del estuario, nos acerca a problemáticas medioambientales y de la mano de eso, a la posibilidad de cuidarlo, de poder poner en práctica el cuidado y la defensa de lo ambiental.


Cruzamos este eje con la línea de trabajo comunitario del Prende. ¿Qué hace un proyecto de huertas agroecológicas en un museo “ferroviario”? La supuesta  dicotomía naturaleza-cultura se cae, podemos ver cuán conectadas estén. Es parte de un  proyecto comunitario, en articulación con el INTA Y Prosauchis, vinculado con el enfoque de la  Soberanía Alimentaria y con las ideas del ambientalismo integral de las que habla Chiqui  Gonzalez: “una vocación que venga a atravesar transversalmente la cultura, los aprendizajes, el cuerpo y la calidad de vida, el desarrollo humano y un concepto de naturaleza del que  formemos parte”.  


Que en escala pequeña puede presentarse, en un mismo territorio portuario, este gesto de  producción sensible y soberana de los alimentos, que cuida la salud de las personas y a la  naturaleza -en contraposición con el modelo cuantificado, racional, calculable del  extractivismo-, es algo que nos parece importante de recuperar. 

Recuperar la escala pequeña, de intervención, con estos proyectos que no pretenden cambiar  la vida pero sí ensayar otras posibilidades. Que eso lo hacemos mientras se discute si se instala  acá o en Río Negro la planta de GNL. Y aunque, frente a esos problemas tan grandes o al hecho de que las empresas no han internalizado el daño ambiental, volver posible la comunicación ahí, situada, con quiénes nos visitan, con nuestrxs vecinxs. Y poner al museo como un espacio disponible para pensar en esos bienes comunes. 

 

Para ir cerrando: Por modos de vida ambientalmente justos  

Me gustaría traer el concepto de Buen Vivir, un posicionamiento político que defiende que las  personas somos parte integral y no dueñas de la naturaleza. Nos enseña a mirar con  cuestionamientos que los conceptos de ‘progreso’ y ‘desarrollo’ son, justamente, indiscutibles. El Buen vivir nos ofrece herramientas teóricas para profundizar en lo que hacemos en un mundo desigual y es una tarea a largo plazo, apropiarnos cada vez más de sus postulados: “los  saberes comunitarios, muchos de ellos ancestrales constituyen la base para imaginar y pensar  un mundo diferente, en tanto camino para cambiarlo” (Acosta A., 2014).


jueves, 21 de diciembre de 2017

PLAYA Y PUEBLO

PLAYA Y PUEBLO

Bienvenidos a la Rambla de Arrieta, un paseo costero en el corazón de un puerto sin salida al mar.*


Nicolás Testoni
Ferrowhite (museo taller)


El 8 de enero de 2011, el diario La Nueva Provincia anunciaba la decisión del Consorcio de Gestión del Puerto de Bahía Blanca de realizar un nuevo dragado del canal principal de la ría y de utilizar el material extraído del fondo del estuario para rellenar, entre otros sectores, la franja de marisma y cangrejal que rodea a la ex usina general San Martín. Ese lugar que en el museo comenzamos a llamar La Rambla de Arrieta, pero quienes viven en White conocían, desde mucho antes, como "la playita del castillo". “El refulado -decía por entonces el diario- será empleado para construir una tercera posta de inflamables [en Puerto Galván] y para ganarle terreno al mar, con destino a nuevas industrias, en el sector de la antigua usina” ya que, continuaba, “con ese material se tornarían utilizables allí, entre 15 y 20 hectáreas, las cuales se destinarán a futuros emprendimientos industriales”. No deja de ser curioso el lenguaje con el que se cuentan estas noticias. “Tornar utilizable” implicaba, en realidad, restringir los posibles usos del sector a un único uso que priorizaría, una vez más, el interés privado por encima del público. “Ganarle terreno al mar” significaba, en primer término, ganárselo a los vecinos.


Un día alguien trajo al museo este dibujo:



La imagen muestra un gran balneario que en los años treinta el intendente socialista Agustín de Arrieta proyectó exactamente en esa zona del puerto. Fue a partir de esta suerte de postal de un futuro que no fue que empezamos a imaginar la Rambla de Arrieta. Bajo ese nombre Ferrowhite propone la recuperación comunitaria del frente marítimo de la usina para su conversión en un paseo popular, al mismo tiempo área de esparcimiento y mirador de un paisaje en el que trabajo a destajo y dolce far niente no pueden entenderse por separado.

Arrieta no concretó su idea. Sin embargo, un repaso a la documentación recopilada en nuestro archivo permite certificar la persistencia tenaz de aquel sueño. En 1943, se crea la Comisión Ejecutiva “Pro Construcción del Balneario Regional”, integrada por asociaciones civiles y profesionales, clubes y sindicatos. En 1961, la Sociedad de Fomento de Ingeniero White impulsa desde su boletín la realización de un proyecto similar, que ese mismo año es presentado ante la legislatura de la Provincia de Buenos Aires por los senadores Baeza y Goyarzú. En 1968, los vecinos de Ingeniero White reiteran el pedido en una nota elevada al intendente el 31 de julio. Con variantes, las iniciativas se repiten. En 2001, la Universidad Tecnológica Nacional formula un proyecto de uso integrado del castillo y su frente marítimo. Un poco más cerca en el tiempo, María Elena Súttora propone desde la Dirección de Planeamiento Urbano de la Municipalidad declarar el área Zona de Reserva de Interés Urbano. Tal como señalaba el texto presentado ante la Cámara de Senadores en el 61: “En la plataforma municipal de todos los partidos políticos figura, en cada elección, entre las obras públicas a realizar, la construcción de un balneario, que siempre queda postergado.”


Pero los balnearios que nunca se construyeron fueron materializados en la práctica por el ingenio de generaciones de bahienses que en días de calor llegaron hasta estas costas para inventar acá sus "paraísos de barro". Porque si este lugar está lleno de laburantes, también lo está de expertos en pasarla bien. Toda una ciencia pagana del disfrute que en su estudio minucioso de las particularidades de cada sitio desafía las rutinas obvias del ocio estival. El balneario de la usina fue por décadas una costumbre de los vecinos del Bulevar. Una creación cotidiana que incluía convertir el canal de salida del agua que la central eléctrica tomaba del mar para refrigerar sus mecanismos, en una enorme pileta climatizada. Pregúntenle a Lili Torres, a Angel Caputo, a Ida Muhamed. No les van a contar de la remota década del treinta. Les van a hablar del sol que tomaban, de los sándwiches que comían y de los chapuzones que se daban en este lugar hasta bien entrados los años setenta, momento en que empezó a construirse la central Piedra Buena. Escucharlos no es un acto de nostalgia, es asumir que la misma historia que nos ayuda a comprender por qué White ha llegado a ser como es, nos permite imaginar que las cosas fueron y por tanto pueden ser de otra manera.


EL MAR EN EL PATIO DE TU CASA

Acaso el adjetivo “autónomo” señala menos la relativa independencia de este puerto con respecto al Estado nacional que fue su administrador pleno hasta 1993, como su progresivo aislamiento de la población que levantó sus cimientos, trabajó en él y disfrutó de sus costas ahí donde se pudo. (¿Acaso no es dicha autonomía el correlato de una mayor dependencia con respecto a las normativas y los vaivenes del comercio global?). Los perímetros alambrados, la audacia de quienes los traspasan a pesar de todo, convierten a la costa de Ingeniero White en un extraño territorio de frontera. Linde vallado que no separa a un país de otro, sino a los habitantes de un mismo lugar según tengan o no que ver con los enclaves a través de los que empresas de propiedad trasnacional almacenan y despachan granos, producen polietileno o urea, eslabonando un orden productivo que da impulso, pero al mismo tiempo parece fijar límites a la distribución del espacio y de la riqueza.

Juan Carlos Alesoni nació en las colonias ferroviarias que existían debajo del puente La Niña, a metros del sitio en el que grabamos esta entrevista:



Para el niño Juan Carlos las vías y los elevadores, la usina y su taller, todo este lugar hasta donde la vista alcanza, formaban parte de su "patio", el patio de la "colonia", esa casa de chapa y madera propiedad de la empresa estatal de trenes de la que sus viejos, aunque ahora cueste entenderlo, siempre se sintieron dueños. A diferencia de Alesoni padre, quien trabajó casi toda su vida en la playa de maniobras de Ingeniero White, la historia laboral de Juan Carlos -que es parte de la de la Argentina de estos últimos cuarenta años-, lo ha llevado de un lado para otro. Fue puestero en el viejo Mercado de Abasto de calle Aguado, operario en una fábrica de fideos, ordenanza en La Nueva Provincia, chofer de camiones para YPF y de colectivos para las compañías Coronel Ramón Estomba y La Unión. Hoy es sereno en el molino harinero de Puerto Galván, actual propiedad de la empresa de agronegocios Los Grobo. Así Juan Carlos ha vuelto a pasar la mayor parte del tiempo cerca de las aguas de la ría, a pesar de que su obligación consista, hoy por hoy, en impedir que nadie no autorizado por la compañía llegue hasta ellas.


MANDRAKE

Esa gran transformación que a vuelo de pájaro solemos caracterizar haciendo referencia al fin del Estado de bienestar, a la crisis de la "sociedad salarial", a la mundialización de los flujos comerciales y financieros, al rol preponderante de la informatización y la automatización en los procesos productivos, tuvo en Ingeniero White hitos precisos: privatización del Ferrocarril Nacional General Roca (1991), disolución de la Junta Nacional de Granos (1992), reorganización del puerto como un ente autónomo (1992/3), privatización y ampliación del complejo petroquímico (1995/2000), radicación de empresas agroexportadoras de origen transnacional (1992-2011). En poco más de 10 años, en el lapso, si se quiere breve, que va de principios de la década del 90’ al comienzo del nuevo siglo, este lugar cambió y mucho. Pero lo que parece haber mutado, de manera profunda, no es sólo la relación entre trabajo humano y producción portuaria, también el vínculo entre tiempo libre y uso comunitario del espacio costero. Atilio Miglianelli lo tenía clarísimo.



Atilio fue buzo de la central San Martín. El jefe de la pandilla submarina que tenía por misión mantener despejados los conductos que hacían fluir el agua salada en las entrañas del castillo. A pesar de que buena parte de su vida transcurría en una caverna oscura, Atilio se las arreglaba para lucir siempre bronceado, tostado incluso en las mañanas de helada, como si acabase de bajar de un crucero de placer que vino a encallar en este puerto laborioso. Miglianelli fue nuestro primer guía por el litoral sinuoso de la ría. Con él aprendimos sobre el balneario de Puerto Galván y la playa de la Esso, sobre la “alcantarilla” y el viejo balneario Unión, sobre la pileta del club Comercial -que junto a otros socios se encargaba de llenar bombeando el agua de las mareas-, y por supuesto, también sobre la playita que existía a un costado de la usina. O sea: aprendimos que la vida de un trabajador nunca equivale a su trabajo, a lo que esa persona hace por un salario, sino que es preciso tomar en cuenta todo lo demás, lo que desea y lo que teme, qué come y cómo baila, la ropa que le gusta y las horas que pasa tirado al sol.

Cuando en este video Atilio afirma que le gustaría tener "aquello que pasó y esto que está", alguno pensará que se contradice. Sin embargo, sólo contradice el límite de lo que hoy es, para la mayoría de nosotros, pensable. La expectativa de un puerto con playa e industria era congruente con su experiencia vital. Es cierto, Atilio añoraba otras épocas, pero nos gusta pensar que su perspectiva de las cosas, de acá en más, resultaba considerablemente más compleja que aquellas que presumen tanto los paladines del preservacionismo como los gerentes de la modernización, antagonistas que parecen compartir, sin embargo, el mismo anhelo de un futuro sin historia, y a veces también sin gente, en el que suele quedar entrampada nuestra imaginación del porvenir.


UNA PLAYA TOP

Como tantas otras cosas en este museo, La Rambla de Arrieta fue primero un chiste. Una playa fingida durante una noche de carnaval que terminamos tomándonos en serio. El chiste recibió, en 2008, una distinción en el concurso internacional “Somos Patrimonio”; un subsidio, en 2015, del Fondo Argentino para el Desarrollo Cultural del Ministerio de Cultura de la Nación; y una mención de honor, el año pasado, en el "7º Premio de Educación y Museos", organizado por el Programa Ibermuseos. Pero más importante que el diploma, la medalla y el beso, es lo que ha sido posible hacer hasta acá, como siempre, con lo que se tiene a mano. Bailamos acá. Trajimos pollo y cerveza, y llenamos con humo de chorizo la noche del puerto trasnacional. También fabricamos postales falsas, bolsos de playa, bikinis y posavasos, souvenires de lucha del Subcomandante Reynaldo. Las chicas y chicos del taller que hoy se llama Prende armaron su propia "cortina forestal", una que en lugar de tapar, le pone marco el paisaje: flores fabricadas con todas las botellas de pvc que andan tiradas por ahí, camalotes plásticos tan indiferentes a la sospechosa calidad del agua del estuario como capaces de aguantar mil años de sequía. Cada tanto somos anfitriones de bailarines, expedicionarios y poetas. Cada tanto montamos un escenario, invitamos bandas amigas, y cuando eso sucede, el Castillo se sacude al ritmo de “Rock in Ría”. Mucho se hizo, casi siempre con la conciencia intranquila por todo lo que falta, pero también con la certeza de que no existe otro territorio común que el que fabricamos a diario.



Primero el apagón (1988) y luego el desguace (1997) convirtieron a la usina en un agujero negro del patrimonio público. La recuperación de su predio confía tanto en la labor del grupo de personas que frecuentan Ferrowhite como en su capacidad de disfrute. Sin un mango, este proyecto de paseo público sólo es sostenible en la medida en que el espacio en obra se convierte en espacio de vida. Por eso, luego de retirar toneladas de chatarra y escombro, nuestra primera tarea en la Rambla se orientó a constituir un módulo mínimo de convivencia: cuatro bancos, dos mesas y una mesada fabricados con durmientes de quebracho exhumados de la playa de maniobras ferroviaria, y un fogón hecho con ladrillos térmicos que alguna vez fueron parte de las calderas de la usina. Infraestructura básica para cada brindis impostergable.


BAJO ESTE SOL TREMENDO

¿Sombrillas frente a silos y chimeneas? ¿Avistaje de aves entre nubes de granza? ¿Olor a asado llegando hasta la cubierta de un bulk carrier?, en fin, ¿Una rambla justo acá? Sí, porque lo que esa rambla cuestiona es, justamente, aquella concepción que divide al saber en áreas rígidas de competencia, a las personas según su posición en la sociedad, y a nuestra experiencia de la ciudad en "zonas de confinamiento". Una idea de las cosas que tiene por correlato material el progresivo parcelamiento de Bahía Blanca en sectores definidos por una única función divorciada de su contexto: acá una reserva natural en la que hacemos de cuenta que esas industrias que están ahí en frente no existen; allá museos en donde si se habla de los trabajadores y sus reivindicaciones, mejor pensar que se trata del pasado; acá una costa cercada con alambre de púa y en el extremo opuesto, los ambientes climatizados del hipermercado o del quincho con pileta donde los que pueden, o sea, los que tienen, corren a encerrarse los días de calor. Lo que nos preguntamos desde esta rambla, cómodamente recostados en reposeras que trajimos de casa, mientras el sol se va y a lo lejos nos saludan los guardias de Toepfer -gente que a esta altura ya nos conoce-, es si tal concepción de la ciudad, más allá de sus supuestas virtudes funcionales, colabora en atenuar las ostensibles asimetrías que existen entre sus habitantes o si, por el contrario, las acrecienta.

El desarrollo del gigante portuario tiene por base la extensión de los derechos de propiedad a espacios hasta no hace tanto considerados comunes. Dicho proceso, que con David Harvey aprendimos a llamar "acumulación por desposesión", afecta al territorio pero también a la propia manera en que sus habitantes se conciben. La progresiva cancelación del lugar común depende del "modelado preventivo de los deseos, las aspiraciones y las esperanzas" de las personas perjudicadas por su lógica. Es decir, requiere configurar a la comunidad a imagen y semejanza de los intereses del capital. Pero ¿puede una comunidad ser producida como un pellet de polietileno?

Mientras los turistas que el verano trae hasta este museo entran por el portón principal del predio de la usina, los chicos del Bulevar, de White o del Saladero suelen hacerlo por encima de los cercos o por debajo de los alambrados que quedan atrás del Castillo, luego de atravesar un territorio que, aunque les está expresamente vedado, continúan sobreentendiendo como propio. Ese andar casi clandestino por un puerto que no es suelo extranjero, pero a veces se le parece, resulta, paradójicamente, condición característica de su ser "de acá". Las aguas de la Rambla de Arrieta no son muy profundas, pero ahí donde los pasos de estos pibes dan sin saberlo con las huellas borradas de sus padres y abuelos, la rambla se vuelve honda en el tiempo. Ellos son los últimos habitantes de la playa plebeya. Y en cada cosa que nos rompen, en cada piedrazo que tiran, en cada macana que se mandan, sobrevive la sensación de que en el corazón de la comunidad domesticada se esconde un potrero salvaje, tierra de todos y de nadie, la promesa de un verano eterno y de una vida inalienable.


* Publicado en el último número de Boya 70, la revista virtual del Museo del Puerto: https://boya70.wordpress.com/2017/12/16/playa-y-pueblo/ 

miércoles, 20 de diciembre de 2017

TIEMPO LIBRE


Salió un nuevo número de Boya 70 -la revista virtual que editan los amigos del Museo del Puerto-, con preguntas sobre el tiempo libre en un mundo urgido por los imperativos de la productividad y el trabajo a destajo. "Playa y pueblo" es nuestro granito de arena al debate:

https://boya70.wordpress.com/
https://boya70.wordpress.com/2017/12/16/playa-y-pueblo/

miércoles, 16 de julio de 2014

NO ME LO VAS A CREER


Durante estas vacaciones de invierno en el museo taller vamos a contar historias. Historias que no inventamos nosotros, sino que nos contaron vecinos y amigos que en lugar de decir "Había una vez..." suelen arrancar advirtiendo: "No me lo vas a creer...". Historias extraordinarias, como la de Celestina, la Reina del Mar, esa chica que se convirtió en sirena de tanto esperar en la playita de la usina el regreso de su novio marinero. Relatos que se cuentan hasta el cansancio pero nunca parecen los mismos, y que en su permanente variación -apostamos acá- pueden llegar a dar cuenta de la capacidad de un pueblo para conjurar sus miedos e imaginar, a pesar de todo, una vida mejor. Porque las leyendas de un lugar cambian con las épocas, se enriquecen de quienes las narran, mezclan las experiencias pasadas con las circunstancias presentes, y así, en el boca a boca que mantiene vivas a las aventuras jamás escritas, adquieren ese espesor colectivo que las vuelve de ninguno y de todos a la vez. Por eso en estas vacaciones, además de dragones, gigantes y hombres chancho, con los pibes vamos a contar, dibujar y armar no una sino cien Reinas del Mar, centenares de Celestinas que poblarían una playa entera si todavía la hubiese. A propósito: ¿Cómo es que la idea de un balneario en Ingeniero White ha llegado a parecernos tan o más increíble que la propia existencia de las sirenas? Las historias extraordinarias también portan esta clase de preguntas, extraordinariamente difíciles de responder.

viernes, 23 de mayo de 2014

TEORÍA Y PRÁCTICA

El sábado 17 de mayo, en el marco del Día Internacional de los Museos, participamos de la jornada “Prácticas comunitarias en museos y espacios culturales” organizada en Berazategui por la Asociación de Trabajadores de Museos. En el rol de “expositores invitados” compartimos mesa con representantes del Sitio de memoria del ex Centro Clandestino de Detención y Tortura Olimpo, el Museo Itinerante del barrio Refinería de Rosario, nuestros vecinos y compañeros del Museo del Puerto de Ingeniero White y los anfitriones del Museo Histórico y Natural de Berazategui.



Desde la “platea” participaron también los compañer*s del Museo Etnográfico Juan Ambrosetti y el Museo del Bicentenario de Capital Federal; el Observatorio, el Museo de Ciencias de la ciudad de los niños, el Museo de Bellas Artes y el Museo de Ciencias Naturales de La Plata; el Espacio de Memoria La Perla y el Museo de Antropología de la Universidad de Córdoba; el Museo Naval de Tigre, el Museo del Juguete de Boulogne, el Viaje de títeres que funciona en el Museo del Transporte y la Red de Museos de Quilmes.

Dicen que algunos pueblos narran historias para "medir la temperatura de la comunidad y distraer a la muerte". Eso nos contó Anabelle, trabajadora del Museo Ambrosetti, antes de introducirnos en el mundo de los “cuentos dilema” de África occidental. Relatos breves que más que historias cerradas, plantean situaciones y abren preguntas para que el auditorio, “la comunidad”, reflexione, opine, debata y tome partido. De alguna manera, algo de eso intentamos hacer cuando, después de compartir experiencias de trabajo, nos preguntamos por la gran cuestión que nos había convocado: ¿cómo es la relación que los museos y espacios culturales establecen con las comunidades de las que forman parte?

Pero como la pregunta abre muchas otras, al final de la jornada nos fuimos con más interrogantes que certezas: ¿Cuántas comunidades aloja un museo o un espacio de memoria? ¿Cómo es el acercamiento a o de esas comunidades? ¿Cómo se relacionan y tensionan? ¿Los trabajadores de museos y espacios culturales constituimos una comunidad? ¿Cómo se generan los discursos y relatos de un museo? ¿Participan de la producción de los textos los miembros de la comunidad? ¿Cómo afectan a los museos estatales los cambios políticos partidarios? ¿Cómo son las relaciones con las asociaciones de amigos, las empresas, los trabajadores de hoy, los vecinos? ¿Con qué presupuestos se sostienen los museos y espacios culturales? ¿Para qué sirven estas prácticas comunitarias? ¿Cómo los “facilitadores” nos ponemos al servicio de las demandas de nuestras comunidades?

Acá les dejamos el texto de nuestra intervención, para seguir pensando estas y otras cuestiones.



MUSEO TALLER

Ubicado en Ingeniero White, puerto de la ciudad de Bahía Blanca, Ferrowhite es un museo taller.

Un lugar en el que las cosas, además de ser exhibidas, se fabrican. ¿Y qué produce un museo taller? Un museo taller genera herramientas. Útiles para ampliar nuestra comprensión del presente y, por tanto, nuestra perspectiva del futuro, forjados en la labor con objetos y documentos del pasado, pero también en el cuerpo a cuerpo con la experiencia vital de cientos, miles de trabajadores que forman parte de, y le dan forma a, esa historia.

Eso dice el folleto que te damos en la entrada y eso más o menos es lo que intentamos, a pesar o en razón de que casi siempre nos sale otra cosa. No es fácil contar de qué va Ferrowhite. Un año en este museo tiene 36 meses, un montón de mañanas todas distintas. Un día toca montar con lupa las miniaturas que el ferroviario Carlos Di Cicco talló en taquitos de madera y al otro cinchar con un torno de cuatro toneladas. A lo largo de la última década, sin que sepamos cuánto de libertad, de azar y de necesidad hay en todo esto, nuestro museo funcionó alternativamente como salón de baile, sala de conciertos, taller de serigrafía, corsódromo, mecano, balneario contaminado, panadería, peluquería, escenario teatral, café bacán, e incluso, como un museo. Acá vamos a tratar de contarles de qué modo nació, a quiénes involucra su acción y cuáles son algunas de las cuestiones que nos preocupan, intentando concentrarnos en tres proyectos: la redacción de un libro sobre la historia de una usina desmantelada, la confección de una balsa hecha con bidones de agua en desuso y la materialización fugaz de un paseo costero allí donde el disfrute del mar ya casi no puede ser imaginado. Cómo las tareas superpuestas de ordenar un relato, de construir un objeto y de organizar una fiesta junto a las aguas del estuario de Bahía Blanca se relacionan entre sí para tramar a su vez la relación que este museo establece con la comunidad de la que forma parte, es un interrogante que sostendremos hasta el final, no por mantener el suspenso, sino con la esperanza de que ustedes nos ayuden con la respuesta.


LA HISTORIA QUE NOS TRAJO HASTA ACÁ
Ferrowhite cumple diez años en 2014. Su itinerario, sin embargo, forma parte de una trayectoria institucional más extensa. El museo abrió sus puertas el 6 de noviembre de 2004, luego de dos años dedicados a la recuperación del Taller Regional de Mantenimiento de la ex usina General San Martín. El Taller Regional es un edificio enorme que pasa inadvertido delante de ese gigante que, a pesar de haber funcionado por más de 50 años como una central eléctrica, casi todo el mundo conoce como el “castillo del puerto” porque eso, a fin de cuentas, parece: una mole medieval erigida por milagro al borde de la ría[1].

La usina y su taller, que habían dejado de funcionar a fines de 1988, fueron desguazados luego de la privatización de la empresa provincial de energía eléctrica a fines de los noventa. Cuando en 2001, se decidió ceder estos edificios a la Municipalidad de Bahía Blanca, el Taller de Mantenimiento no lucía exactamente bien mantenido[2].


La intención inicial fue recuperar uno de sus sectores como espacio de conservación del Museo del Puerto de Ingeniero White, a través de un subsidio de la Fundación Antorchas. Pero en simultáneo, surgió la idea de alojar allí, además, una colección de objetos del ferrocarril y el puerto que un grupo de ferroviarios había puesto bajo el resguardo de la municipalidad, luego de que los ferrocarriles argentinos pasaran también a manos de concesionarios privados. De ese modo nació Ferrowhite como un museo autónomo. Martillos, tornos y tenazas; escariadores, sierras y bigornias; caladores, cuchillos y piedras de afilar… No se imaginan lo que pesaban esas herramientas cuando hubo que hacerse cargo de su traslado. Al aceptarlas, estábamos asumiendo como propia la demanda no sólo del grupo de ferroviarios que las había “salvado”, sino de un sector mucho más amplio de la sociedad, de reconstruir una historia compleja que corría el riesgo de desaparecer junto con ellas.[3] Puede que por eso pesaran tanto. Ahora bien, el equipo del museo hubiera sido incapaz de empezar a dar cuenta de esa historia en soledad. Necesitaba para ello de la colaboración efectiva de todos aquellos que de un modo u otro formaron y forman parte de la vida del ferrocarril, de los elevadores y las usinas de este puerto. Es eso lo que nos ha llevado a golpear la puerta de nuestros vecinos, pero al mismo tiempo lo que ha hecho que algunos de esos vecinos terminaran considerando al museo como su propia casa. Comenzamos haciendo entrevistas bajo los protocolos de la "historia oral" y terminamos comprometidos con nuestros entrevistados en el armado de muestras, obras de teatro, artefactos extraordinarios y fiestas de carnaval que no sólo dan cuenta del pasado de una comunidad sino que, de algún modo, intentan incidir sobre su presente.

LA GRAN TRANSFORMACIÓN
El taller desmantelado y las herramientas que se quedaron sin taller son piezas de un mismo rompecabezas. Es que en poco más de 10 años, en el lapso, si se quiere breve, que va de principios de la década del 90’ al comienzo del nuevo siglo, Ingeniero White cambió y mucho. Cambió el ferrocarril, cambiaron el puerto y sus industrias, y como consecuencia de ello, también la vida de quienes habitamos en este lugar.[4]



Es habitual asociar aquellos años, y este museo ha colaborado para ello, con la desaparición de todo un sistema productivo: reducción de los ferrocarriles, reestructuración del puerto, despido de miles de trabajadores, fin del Estado social y empresario... pero menos frecuente resulta entender que la destrucción de aquel mundo implicaba, al mismo tiempo, la construcción de otro. Uno en el que la relación entre capital y trabajo, entre industria, población y medio ambiente sufriría una transformación drástica, al ritmo de mutaciones que excedían por mucho los límites de la localidad, de la región, del país, para poner en juego aquí mismo, a la vuelta de la esquina, nuevas dinámicas de alcance global que están en la base de nuestra realidad presente.

Ese vasto cambio de época que a vuelo de pájaro solemos caracterizar haciendo referencia al fin del Estado de bienestar, a la crisis de la sociedad del trabajo, a la mundialización de los flujos comerciales y financieros, a la inserción creciente de la automatización en los procesos productivos, tuvo en Ingeniero White hitos precisos: disolución de la Junta Nacional de Granos (1992), privatización del Ferrocarril Nacional General Roca (1991), reorganización del puerto como un ente autónomo (1992/3), privatización y ampliación del complejo petroquímico (1995/2000), radicación de empresas agroexportadoras de origen transnacional (1992-2011). De la reconfiguración de aquel viejo orden derivaron nuevas formas de riqueza y de miseria, nuevas maneras de repartir los beneficios y los costos derivados de la actividad económica en la zona, pero también nuevos conflictos y nuevos modos de responder a ellos, en este nuevo siglo, por parte de las empresas y del Estado.

Los números del “progreso” son impresionantes: 1.200 buques, 27.300.000 toneladas de carga exportada (cereales, aceites, productos petroquímicos e inflamables), 4.500 millones de dólares de ingresos, según las estadísticas del año 2012. En los últimos 20 años, creció el calado del canal principal de la ría y con él, el porte de los buques y su tráfico, creció también la capacidad de almacenaje y la cantidad de sitios de atraque, y en consecuencia, crecieron las exportaciones y las ganancias derivadas.

Pero el “gigante portuario” oculta en su desarrollo realidades menguantes. Al tiempo que la superficie portuaria explotada se multiplicó, la cantidad de trabajadores se redujo de manera drástica. De 1993 a hoy, los espacios de producción pasaron de ocupar 75 a 262 hectáreas. A pesar de ello, la totalidad del complejo agroexportador e industrial genera en la actualidad apenas 3.600 empleos (entre directos e indirectos), una cifra levemente superior a la cantidad de trabajadores que hasta los 90’ se desempeñaban sólo en la Junta Nacional de Granos. Lo que parece haber cambiado, de manera profunda, es la relación del puerto con la población que levantó sus cimientos, trabajó en él y disfrutó de sus costas ahí donde se pudo. Es decir, el vínculo entre trabajo humano y producción portuaria, por un lado, y entre vida comunitaria y uso social del espacio costero, por el otro.


¿Pero qué tiene que ver un museo con todo este asunto? O mejor dicho, ¿Qué le queda a un museo más que documentar ese proceso? ¿Qué nos resta además de la catalogación aséptica, el lamento por lo bueno pasado o la loa a las virtudes de un presente ante al cual -¡quién lo duda!- no todo tiempo pasado fue mejor? ¿Existe alguna chance de ser otra cosa que una institución compensatoria que administra en dosis homeopáticas el consuelo o la queja?  El rompecabezas no tiene arreglo, pero sus piezas tal vez resulten imprescindibles para componer una imagen de lo que queremos para nuestro presente y porvenir.

EL PASADO COMO CONSTRUCCIÓN
Comprender que el desmantelamiento de la usina y el cercamiento de su frente costero no son hechos aislados ni desconectados, supone el trabajo de reconstruir la historia concreta de este sitio y conlleva, a su vez, el desafío de poner en juego esa historia a la hora de promover lo que muchos reclaman como un derecho evidente: “entrar al castillo” y “salir al mar”. Empresa que no se nos hubiera ocurrido encarar sin la colaboración de un montón de gente que llevaría páginas y más páginas mencionar. Acá vamos a contarles, apenas, sobre dos de esas personas: Atilio Miglianelli y Ángel Caputo[5]. Esta ponencia está, en cierto modo, dedicada a ellos.

Atilio y Ángel fueron compañeros de trabajo en el equipo de buceo de la central San Martín. Podría decirse que se hicieron amigos bajo el mar, limpiando los conductos a través de los que la usina tomaba agua para refrigerar sus mecanismos. Atilio, a quien conocíamos del Museo del Puerto, fue nuestro primer guía por los alrededores del castillo. Con él aprendimos sobre el balneario de Puerto Galván y la playa de la Esso, sobre la “alcantarilla” y el viejo balneario Unión y, por supuesto, también sobre la playita que existía a un costado del castillo, una suerte de piletón climatizado o yacuzzi vecinal que aprovechaba la corriente de agua que la usina devolvía, caliente, al mar. O sea: aprendimos que la vida de un trabajador nunca equivale a su trabajo, a lo que esa persona hace por un salario, sino que es preciso tomar en cuenta todo lo demás: lo que desea y lo que teme, qué come y cómo baila, la ropa que le gusta y las horas que pasa tirado al sol…

Atilio murió en 2007, y no pasa un día sin que se lo extrañe. A su compañero Ángel lo conocimos recién en 2011, una de esas mañanas frías, de cielo apagado, difíciles en este museo a veces imposible de templar, pero podría decirse que Caputo ya estaba acá antes de que nosotros llegáramos. En algún momento de aquella primera charla, Ángel nos dijo: “[De esta usina] yo tengo para contar, para hacer un libro, poco más”. Así, con un comentario al pasar, arrancó la idea que fue tomando forma a lo largo de los meses siguientes: escribir juntos una historia de la usina General San Martín, una historia de la usina contada desde el particular punto de vista de unos de sus trabajadores, a la que Angelito de inmediato le encontró un nombre: “El Castillo de la Energía”[6].

En un museo taller armar un libro supone, claro, escribir, que Ángel largue por un rato la tenaza y agarre la birome para volver visibles, sobre los renglones de unos cuantos cuadernos “Maratón” y “Potosí”, palabras en mayúscula que expresan lo que recuerda, pero también implica grabar horas y horas de entrevistas, buscar fotografías, dibujar el eje de una turbina y corroborar nombres de compañeros en las listas del sindicato. Todo eso hicimos junto a Ángel durante un año entero de labor, pero como en este museo mejor que decir es hacer (¿o era al revés?), nos propusimos convertir toda esta historia en un artefacto concreto.

EL ARCA OBRERA
Un día Ángel trajo al museo esta foto:


Ahí está Atilio Miglianelli, más joven de lo que lo conocimos, tan pensativo como se lo veía a veces, y están sus compañeros del equipo de buceo de la usina -Angelito no salió porque justo estaba abajo del agua- posando para la posteridad sobre una balsa hecha con pallets de madera y tambores de aceite acá a la vuelta, junto al viejo muelle de los elevadores de chapa. Desde aquel día, un interrogante fue madurando en la acalorada cabeza de nuestro compañero Guillermo Beluzo: ¿Cómo sería esa balsa hoy? se preguntaba Guillermo, a la hora del primer mate, mientras calzaba la boca del termo en el pico del dispenser. Hasta que una mañana de verano el bidón de agua del dispenser se secó y Guillermo se nos apareció con este dibujo:


El Arca Obrera es una balsa diseñada y construida con ayuda de Luis Leiva, Roberto Orzali, Roberto Conte y Ángel Caputo, trabajadores del mar. Está hecha con 61 bidones de agua que nos regalaron porque estaban pinchados, amarrados entre sí por tiras de polietileno. No hay nada en esta embarcación que no sea de plástico excepto, claro, los que la tripulamos. El agua que falta en los bidones suele faltar en nuestra ciudad, en tanto el polietileno del que están hechos sobra, entre otras cosas porque el agua es uno de los principales insumos y el plástico uno de los principales productos del polo petroquímico que cerca nuestras costas.

Con algo de humor, el Arca Obrera se presenta como un “dispositivo de escape en caso de accidente”. Un humor más negro que el humo: en el año 2000 un escape de cloro y otro de amoníaco cambiaron para siempre la relación de Ingeniero White con el Polo Petroquímico. Por eso el Arca viene con un instructivo de de armado y otro de uso, por si querés armarte en casa la tuya.



La balsa, que pasa el invierno como un objeto más de nuestras salas, sirve en verano para navegar[7], y así mirar bien de cerca, desde las propias aguas de la ría, a los enclaves sobre los que aquí se trata. Objeto derivado de la producción de las empresas asentadas en este puerto, convertido en instrumento de indagación sobre las mismas, el Arca porta nuestro deseo de conocer mejor el entorno con el que convivimos a diario y, al mismo tiempo, carga con las ganas de pasarla bien de aquellos que, habiendo puesto el hombro para edificar este sitio, quieren seguir viviendo en él.

Tal vez el interrogante implícito en el proceso de su construcción y uso es qué tipo de lazos y qué clase de demandas somos capaces de tramar, incluso en el disenso, toda vez que de mantenernos unidos depende seguir a flote. Lo que nos lleva a la pregunta del principio.

LA COMUNIDAD EN CUESTIÓN
La relación de este museo con la comunidad que integra nunca es sencilla. En principio, porque tenemos la sospecha de que lejos de representar un todo unánime, la comunidad en cuestión se encuentra constituida por actores en pugna y a su vez atravesada por procesos que exceden por mucho al espacio local. Reconocer lo diverso de su composición, los modos en que esa heterogeneidad se organiza en un orden con determinadas jerarquías, y los conflictos que tensionan ese orden en favor de determinadas transformaciones, es quizás el primer paso, un paso que se da a tientas y que tal vez nunca se acaba de dar, para ubicar el propio quehacer dentro de ese complejo panorama.


Ferrowhite se define como un museo que además de exhibir objetos los produce. Y no de cualquier manera. Ferrowhite produce implicando en esa producción a un mecánico de locomotoras con un arquitecto, a un videasta con un buzo, a un municipal con una costurera, a una licenciada en historia con un estibador. Personas que llevamos adelante en este lugar actividades que derivan pero al mismo tiempo están más allá, o más acá, tanto de las habilidades pulidas a lo largo de nuestra vida académica o laboral, como de las rutinas que la industria de la cultura (o sea, del consumo) programa para nuestros ratos libres. ¿Hará falta decir que, en vista de nuestra variada condición de clase, género, edad, nivel de ingreso o educación, y en virtud de nuestra pertenencia o no a los estamentos municipales –o del lugar que cada uno ocupa dentro de ellos-, los miembros de este “colectivo” casi nunca estamos de acuerdo; que la discusión, más allá de las buenas intenciones, nunca es de igual a igual; que incluso la posibilidad misma de que la discusión suceda no es algo que podamos dar por descontado? Para bien o para mal, este museo es un lugar en el que las dinámicas de la comunidad se intersectan con las del Estado, pero también una lejana falange del largo brazo estatal en la que el Estado mismo puede llegar a ser concebido a contrapelo de algunas de sus lógicas dominantes.

Porque Ferrowhite, esto también hay que decirlo, no es hijo de un método pergeñado por alguna mente maestra, tampoco un eficaz efecto de lectura de aquellos que lo narramos, sino el resultado de la constante, muchas veces ardua negociación de nuestras diferencias. Hay quien piensa que con conocer con más precisión la historia de este sitio, previniendo así las generalizaciones apresuradas y los mitos (incluidos los progresistas) que esas generalizaciones fundan, alcanza y sobra. Está quien reclama, en cambio, que este museo estatal vale sobre todo por las intensidades que genera, por la capacidad de transformar al visitante, aunque sea por un rato, en un artífice. Y la verdad, importa menos decidir quién tiene razón, que el pequeño milagro de que sigamos trabajando alrededor de una misma mesa. La historia de este museo es también la historia de nuestra variable capacidad para convertir nuestros errores y discusiones en una potencia. Y lo increíble es que a veces funciona.

LAS PATAS EN LA RÍA
En enero de 2011, se anunciaba la decisión de realizar un nuevo dragado del canal principal de la ría y de utilizar el material extraído del fondo del estuario para rellenar, entre otros sectores, la franja de marisma y cangrejal que rodea al castillo. El refulado -decía por entonces el diario La Nueva Provincia- iba a ser empleado “para ganarle terreno al mar, con destino a nuevas industrias, en el sector de la antigua usina San Martín” ya que, continuaba, “con ese material se tornarían utilizables allí, entre 15 y 20 hectáreas, las cuales se destinarán a futuros emprendimientos industriales”. No deja de ser curioso el lenguaje con el que se dan estas noticias. “Tornar utilizable” implica, en realidad, restringir los posibles usos del sector a un único uso que prioriza, una vez más, el interés privado por encima del público. “Ganarle terreno al mar” significa, en primer término, ganárselo a los vecinos.[8]

La ribera del castillo representa quizá la última zona urbanizada a través de la cual aún es posible un acceso franco a las aguas de este puerto. Un sitio privilegiado para aprehender la magnitud y complejidad de los procesos que en esas aguas a diario suceden. Un lugar público para mirar el mar y todo lo que en el mar interactúa: agua y amoníaco, buques metaneros y canoas de pesca, soja y salicornia, dragas holandesas y cangrejos cavadores, muelle y -no nos quitemos del cuadro- museo.


Nuestra manera de defender este espacio ha sido usarlo, como siempre, con lo que se tiene a mano. Bailamos acá. Trajimos mesas y sillas. Pollo y cerveza. Llenamos con humo de chorizo la noche del puerto trasnacional. En pleno “conflicto del campo” imprimimos un cartel que decía: Estamos con el mar. También fabricamos postales falsas, bolsos de playa, gaviotas portabolsas, posavasos y pancartas. Las chicas y chicos del taller de serigrafía armaron su propia "cortina forestal", una que en lugar de tapar, le pone marco al paisaje industrial: flores fabricadas con todas las botellas de pvc que andan tiradas por ahí, camalotes plásticos tan indiferentes a la sospechosa calidad del agua del estuario, como capaces de aguantar mil años de sequía. Recuperamos del agua puntales de obra y maderas de enconfrado y con ellas fabricamos bancos, cajas de herramientas y mesitas de bar. Cada tanto, montamos un escenario hecho con tambores, invitamos bandas y murgas amigas, y cuando eso sucede, Ferrowhite suena con “Rock in Ría” o se sacude con el “Carnaval de la Marea”[9].

Mucho se hizo, casi siempre con la conciencia intranquila por todo lo que falta. En este lugar hasta una fiesta es trabajo, y a veces, el trabajo una fiesta. Momento que suele coincidir con la percepción fugaz de que junto con lo que produce, un museo taller le da forma al sujeto plural de esa producción: un colectivo imprevisible, y a veces, feliz.


Quienes participamos de este museo nos valemos de nuestro quehacer para preguntar, a la luz de la historia de este, nuestro lugar en el mundo, cómo se reparten los beneficios y los perjuicios engendrados por el orden vigente en la zona. Escuchar a Atilio contar sobre los balnearios de la ría o a Ángel acerca de los ciento cincuenta trabajadores que empleaba la usina, hacer con sus palabras un libro o un video, y con su ayuda una balsa o una obra de teatro, no es un acto de nostalgia. Es asumir, contra toda idea unívoca de origen y destino, que la misma historia que nos ayuda a comprender por qué White ha llegado a ser como es, nos permite imaginar que las cosas fueron y por tanto pueden ser de muchas otras maneras. El Arca Obrera es eso. La chance de meditar estas cuestiones mientras te tomás una cerveza hamacado por el vaivén del mar.




[1] Este texto fue elaborado a partir de varias entradas publicadas en este mismo blog. Acerca de la usina General San Martín ver: Años luz; sobre el contexto histórico en que se dio su desmantelamiento: Luz divina, y los intentos a lo largo de la última década por recuperarla: Después del apagón.
[2] La usina fue declarada Monumentos Histórico Provincial y Nacional, en 2002.
[3] Resultado parcial del trabajo de varios años en torno a la historia específica de los talleres ferroviarios en Bahía Blanca es el libro de Ana Miravalles “Los talleres invisibles. Una historia de los talleres Bahía Blanca Noroeste.”, publicado por el museo en 2013.
[4] Para un desarrollo de los temas tratados de manera sucinta en este apartado: El oro y el barro
[5] Además del video incluído en esta entrada, ver sobre Atilio Miglianelli: https://vimeo.com/20174704. Acerca de Angel Caputo: El castillo de la energía y La balsa de Angelito 
[6] http://museotaller.blogspot.com.ar/2013/05/hagase-la-luz.html
[8] http://museotaller.blogspot.com.ar/2011/02/playa-y-pueblo.html
[9] http://museotaller.blogspot.com.ar/2011/12/vamos-las-bandas.html, http://museotaller.blogspot.com.ar/2012/03/momo-en-la-marea.html

viernes, 17 de enero de 2014

ARQUITECTURA FERROPORTUARIA: SERVICIO DE AGUA

40 grados a la sombra. Hace un mes que no llueve. El nivel del dique baja y el agua que sale de la canilla tiene otra vez mal sabor. Es más o menos usual escuchar de parte de quienes visitan este museo loas retrospectivas al ojo previsor de aquellos ingenieros, argentinos o ingleses, que mandaron a terraplenar vías, puentes y pasos a nivel aptos, en definitiva, para capear las lluvias de todo un siglo. Menos habitual resulta, en cambio, atender a la preocupación que esos mismos ingenieros prodigaron no al exceso sino a la falta frecuente de agua en nuestra región. Cosa curiosa, en la medida en que "la seca" resultó siempre por estos pagos tan o más temible que la propia inundación. No sólo por los contratiempos que suponía para la vida de las poblaciones, o por la merma que provocaba en sus cultivos y haciendas, sino, de manera mucho más acuciante para el capital inglés, porque el propio ferrocarril era por aquel entonces un mecanismo permanentemente sediento. Sin agua, la Era del Vapor y sus promesas se evaporaban en un "desierto" que no bastaba con expediciones militares para conquistar. De allí que el establecimiento de tantas estaciones al costado de la vía respondiera, además de al interés manifiesto en captar la producción agrícola con destino a puerto, a una razón de estricto carácter técnico: la locomotora tomaba agua más seguido que un caballo, y la exigía en lo posible de buena calidad, libre de esos sedimentos que terminaban ahogando con pasta gris los tubos de la caldera. 

En lo que sigue, Hector Guerreiro se interesa por las obras de extracción y canalización hídrica que las empresas ferroviarias construyeron en la zona de Bahía Blanca, primero para proveer a sus propias instalaciones y luego para atender al resto de la ciudad, capítulo de una historia del agua que los bahienses, en buena medida, todavía nos debemos.

Toma de agua y casa de bombas sobre el Arroyo Naposta a la altura de lo que hoy es el Parque de Mayo. Imagen tomada del libro "Mi vida de ferroviario inglés en la Argentina" de Arthur Coleman.

1. FERROCARRIL SUD: SERVICIO DE AGUA DESDE EL ARROYO NAPOSTA

El servicio que utilizó el Ferrocarril Sud (F.C.S.) a partir de la década de 1890 para proveer de agua dulce a sus instalaciones, consistió en la construcción de pozos para tomas de agua en el cauce del arroyo Napostá, o en zonas cercanas a éste, y de un acueducto para su distribución. El líquido extraído de los pozos a través de bombas, era enviado por el acueducto hasta la estación Bahía Blanca, la estación Ingeniero White, el Galpón de Máquinas y los muelles del puerto. Este servicio de provisión de agua fue utilizado hasta la década de 1950.

Escribe Arturo H. Coleman, Superintendente de la División Tráfico del Ferrocarril Sud, en su libro “Mi vida de ferroviario inglés en la Argentina”: “En mejores condiciones que Bahía Blanca, en lo tocante a la provisión de agua potable estaba El Puerto. Como allí la inconsistencia del suelo, completo cangrejal inundable, no permitía la excavación de aljibes, el ferrocarril había instalado cañerías con grifos en distintos puntos, los que eran alimentados con el agua destinada al consumo de las locomotoras. El líquido provenía de unos grandes pozos excavados en el lecho mismo del arroyo Napostá Grande, en el paraje llamado Bañado de Jiménez, donde se formó más tarde el paseo 'Parque de Mayo', y que en aquel entonces quedaba muy lejos de la población, por cuya causa sus aguas no estaban contaminadas. Poderosas bombas a vapor, elevaban e impelían el agua, por el caño maestro que terminaba en El Puerto, luego de cruzar la playa de la estación Bahía Blanca."

El siguiente croquis presenta una vista general de los distintos pozos (marcados con círculos) construídos por el FCS en la zona del arroyo Napostá. A la izquierda del dibujo, dos pozos a ambos costados del puente ferroviario, un pozo en la casa de bombas al sur del puente, otro en la margen izquierda del arroyo y dos más a la derecha del dibujo vecinos a la vivienda del bombero en el km. 677.

Captación de agua a través de pozos y molinos a viento

Vecinos al puente ferroviario sobre el arroyo Napostá en el km. 676,678,33 (Parque de Mayo), el F.C.S. efectuó una serie de pozos para captación de agua. Estos pozos estaban localizados: dos de ellos aguas arriba del puente ferroviario (lado este) y, cercanos al mismo, otros dos aguas abajo del puente (lado oeste). Otro pozo se encontraba en la zona de la casa de bombas, lado suroeste del puente. Aguas abajo del arroyo sobre su margen izquierda se ubicaba un sexto pozo, a pocos metros de la casa de bombas. En el km. 677,000,00 lugar de asentamiento del bombero o encargado de la casa de bombas se construyeron dos pozos más.

Los pozos estaban revestidos con ladrillos comunes con tapas de cemento. Sus diámetros eran:

Pozo A            7,30 m
Pozo B            3,90 m
Pozo C            4,25 m
Pozo D            7,40 m
Pozo E            7,40 m
Pozo F            5,40 m
Pozo G            3,40 m
Pozo H            3,70 m

El pozo A afectado en la década del 40 por una creciente del arroyo fue abandonado.
El sistema de captación de agua contaba hacia 1917 con el aporte de seis molinos a viento.
Tres molinos se encontraban en el km. 670,035,00.
Dos molinos se utilizaban para extraer agua del pozo A y otros dos para extraer agua de los pozos G y H (en el km. 677). La altura de los molinos oscilaba entre 12 y 15 mts.
Todos los molinos fueron retirados en el año 1928, menos uno que quedó en funcionamiento en la vivienda del bombero, conectado con uno de los pozos del lugar.

Red de distribución de agua



En el croquis vemos la red de distribución de agua del F.C.S. que arrancando en el arroyo Napostá transportaba el agua a través de un acueducto que pasando por B.B.S. e Ingeniero White llegaba a los muelles.
A la izquierda puede verse la modificación propuesta con posterioridad para conectar el acueducto con el agua de red. Los pozos de captación de agua se encontraban conectados entre sí y con la sala de bombas a través de cañerías de seis pulgadas de diámetro.
Los tres molinos del km. 670,035,00 volcaban el agua a una cañería de seis pulgadas de diámetro que se unía a la cañería principal a la altura de la casa de bombas.
Los otros molinos estaban conectados a la cañería principal con cañerías de tres pulgadas de diámetro.
De la sala de bombas el agua era impulsada a través de un filtro y volcada a un acueducto de diez pulgadas de diámetro.
El agua impulsada por las bombas era elevada a un tanque de madera ubicado en el km. 677,000,00. Desde este tanque (capacidad 225.000 lts.) se enviaba el líquido por gravedad a través de un  acueducto de diez pulgadas a los tanques de reserva existentes en las estaciones Bahía Blanca Sud e Ingeniero White.
El acueducto iba siguiendo la traza de la vía.
El tanque de madera fue reemplazado hacia 1936 por un tanque de hierro de 4,50 x 2,40 x 0,87 mts.
En el km. 678,785,00 próxima al puente sobre el arroyo Napostá (ahora entubado) se instaló en la cañería del acueducto una válvula de limpieza (VL).

Casa de bombas

La casa de bombas ubicada al sur del puente ferroviario y lado oeste de las vías consistía en dos galpones, cada uno de 5 x 9 mts. aproximadamente,  apareados. Uno de los galpones contenía las calderas y el otro las bombas. El edificio estaba construido con chapas de hierro galvanizado. 



A ambos costados de los galpones, en su linde con el terraplén ferroviario, se construyeron escaleras con un pequeño muro de contención. Estas escaleras facilitaban al personal el acceso a la zona de vías y aún hoy se pueden observar en el lugar. 
Más tarde, con la incorporación de otra caldera, se realizó la unificación de los techos de los galpones en un techado a dos aguas. A pocos metros de casa de bombas estaba instalada la carbonera ocupando una superficie de 50 m2. en la que se descargaba el carbón utilizado en el fuego de las calderas.
El carbón era transportado hasta el lugar en chatas del F.C.S.

Casa del bombero

El bombero o encargado de las bombas tenía su vivienda en el km. 677,000,00 lado oeste de la vía, a unos doscientos metros de la casa de bombas. La vivienda consistía en varias casillas de madera unidas formando distintos ambientes. Como dijimos, en este lugar se encontraban el tanque de distribución de agua, dos pozos de captación y dos molinos a viento.


2. FERROCARRIL SUD Y FERROCARRIL BUENOS AIRES AL PACIFICO: SERVICIO DE AGUAS CORRIENTES A BAHIA BLANCA, PUNTA ALTA E INGENIERO WHITE 

80 años tardó Bahía Blanca en contar con un servicio domiciliario de aguas corrientes. Hasta el 16 de octubre de 1908, año en que se habilitó el servicio para una parte de la ciudad, los habitantes de Bahía Blanca debían proveerse de agua a través de pozos y de aljibes que dependían, en mayor o menor medida, de las lluvias.  

En 1907 una sequía pronunciada hizo que el F.C.S. tuviera que colocar vagones tanque con agua en el paso a nivel ubicado al norte de la estación Bahía Blanca Sud, para asistir a los vecinos de la ciudad. Los vagones se llenaban con agua en las estaciones Napostá, Médanos y Sierra de la Ventana (hoy Saldungaray).

La primera concesión para el suministro de aguas corrientes para Bahía Blanca, el pueblo de Uriburía (así se llamaba por entonces Punta Alta) y el puerto de Ingeniero White, fue otorgada a los constructores Dirks y Dates, por ley de la provincia de Bs. As. del 16 de mayo de 1904, y promulgada por el Poder Ejecutivo el 19 de mayo de ese mismo año.

Dirks y Dates eran dos ingenieros holandeses que habían efectuado importantes obras en el Puerto Militar (Puerto Belgrano). A pesar de ello, la concesión para el suministro de agua fracasó, probablemente por falta de financiamiento para ejecutar las obras.

Fue entonces que el Ferrocarril Sud y el Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico se ofrecieron a realizar las obras, pagando, la primera empresa, las dos terceras partes, y la otra el tercio restante. El costo total de la obra fue de 450.000 libras esterlinas.

La ley de concesión establecía la colocación de una boca toma en el río Sauce Grande a unos 80 km. de Bahía Blanca, realizándose la conducción de agua por medio de cañerías de capacidad suficiente para obtener un suministro de 150 lts. de agua diarios por habitante.
Los concesionarios podían además, por su cuenta, expropiar los terrenos necesarios para realizar las instalaciones dado el carácter de utilidad pública de la obra.

Se estableció como base una tarifa a cobrar de un máximo de 10 centavos oro por cada 1000 litros de agua. Los establecimientos y oficinas públicas tanto Nacionales como Provinciales y Municipales tendrían en el consumo de agua una rebaja del 25% sobre la tarifa a rejir para el público y 50% en el consumo para riego de calles, paseos o plazas del municipio.

El Poder Ejecutivo prohibiría el establecimiento de fábricas u otras instalaciones cuyos desagues pudiesen contaminar las aguas captadas en la boca toma. También se liberaba al concesionario de impuestos provinciales o municipales por el término de 20 años.
Asimismo, el Poder Ejecutivo de la Provincia se comprometía a gestionar ante el Gobierno Nacional la libre introducción de los materiales necesarios para la instalación completa de las aguas corrientes. Pasados veinte años el gobierno se reservaba el derecho de expropiar las obras  y a los noventa y nueve años estas pasarían a ser propiedad del Gobierno de la Provincia sin remuneración alguna.

La obra fue dirigida por el ingeniero Charles Anthony, que viajó desde Londres a tal efecto.
Con gran rapidez se tendieron las cañerías entre la boca toma y Bahía Blanca. Los estudios técnicos eligieron en su momento el río Sauce Grande como el más conveniente por sus ventajas técnicas y por la potabilidad de sus aguas. La cuenca aguas arriba de la boca toma cubría 102.000 hectáreas. El brazo principal nace en el Abra de la Ventana y tiene como principal afluente al arroyo El Negro que nace a la altura de la estación Peralta.

La boca toma, próxima a la estación Saldungaray se encontraba a una diferencia de nivel de 150 mts. con respecto a Bahía Blanca, la misma consistió en un endicamiento de 1,75 mts. de altura, construído en hormigón; en ese punto el río tenía un caudal de 3,5 m3/s.
Ese derivador permitía la captación de las aguas por medio de dos cámaras de colado que separaban en primer término las materias en suspensión, por un sistema de rejillas.
Tres cañerías 2 de 45 cm. de diámetro y otra de 53 cm., que corrían por la falda del cerro en que se apoyaba el dique, conducían el agua a las piletas de clarificación situadas a 1 km. de la toma. Antes de llegar a las piletas el agua era tratada con aluminio férrico.

Estas piletas tenían una capacidad de 11.980 m3 y el agua tardaba en recorrerlas unas 12 horas, durante  este período precipitaban las materias en suspensión. De las piletas dos cañerías de 45 y 38 cm. de diámetro conducían el agua hasta Grunbein, al grupo de filtros y luego a los depósitos de reserva, antes de entrar a éstos, el agua era clorada. De Grunbein partían tres cañerías, dos proveían de agua a Bahía Blanca y la restante a Punta Alta.

Coleman en persona presidió por muchos años la Comisión Local de La Compañía de Aguas Corrientes. Con la compra de los ferrocarriles, en febrero de 1948, la Compañía de Aguas Corrientes de Bahía Blanca pasó al patrimonio nacional, quedando Coleman en el rol de Administrador hasta octubre de 1948.

Recién en el año 1970 se iniciaría la construcción del dique en Paso de las Piedras cuyo embalse es el que provee de agua, en la actualidad, a nuestra ciudad.


Publicado en el Boletín Caminos de hierro en Bahía Blanca.