viernes, 4 de julio de 2014

EL PATRIMONIO EN EL BANQUILLO

Este museo se armó con herramientas que algunos ferroviarios, a veces sin permiso, se llevaron a su casa para tomarse el trabajo, después, de traerlas acá. Todavía en buena medida funciona así. Pero puede que hoy por hoy el gran donante de objetos de esta institución no sea una persona sino el mar. Por esa lengua de ría que lame la platea de hormigón sobre la que se levanta el castillo, llegan cientos de cosas a diario. Restos, dirá alguno, de ese naufragio en perpetua expansión y fuga que llamamos capitalismo. Aparecen cascos, neumáticos, granos de soja, cartones de vino y, cada tanto, puntales y placas fenólicas que la marea arrastra desde el flamante muelle de la cerealera Toepfer o las suspendidas obras de la minera Vale. Con esas maderas, en este museo fabricamos cajas de herramientas, mesas de bar, bancos como el que les mostramos en esta entrada y algunas de las piezas de un juego, el Mecano de la Marea, que nos sirve para estudiar el movimiento portuario junto a las escuelas que nos visitan.


¿Pero por qué valdría la pena incorporar estos deshechos a la colección de un museo? Porque, trabajo mediante, un puntal de obra es la punta de un ovillo. La astilla de un árbol de relaciones que nos lleva, por el espacio y a través de las épocas, del flamante muelle de una cerealera trasnacional a la infraestructura y las labores que han facilitado, a lo largo del tiempo, el negocio agroexportador, con sus cambiantes protagonistas, con la renta, a menudo extraordinaria, que ha sido capaz de generar, y su desigual apropiación por parte de los capitalistas, los trabajadores, la comunidad y el Estado.

Silos, rutas, vías, elevadores y muelles; cosechadoras, trenes, camiones y barcos; peones, chacareros, latifundistas, agrimensores, agrónomas, genetistas, camioneros, maquinistas, operarios, ingenieros, contadoras, contratistas, albañiles, ejecutivos, delegados sindicales, corredores de bolsa, legisladores, funcionarios, fomentistas... todo un mundo encuentra sostén en este puntal que ponemos en tus manos, pero comprender eso depende en un punto de que hagamos algo con él, entre él y las demás cosas que pueblan este museo, entre él y aquellos que brindan  testimonio sobre su vida y trabajo, entre ese preciso puntal y los brazos que se organizan en este lugar para darle un uso imprevisto. Porque en un museo taller se vive con la sospecha de que, en definitiva, sólo es posible conservar aquello que se transforma. Habría que considerar, en todo caso, el cuidado amoroso del conservador hacia los objetos como un primer acto de transformación en relación con las condiciones de obsolescencia y deterioro a las que se ven sometidas la mayor parte de las cosas fuera de un museo. Por lo pronto, el humilde puntal de pino paraná que por accidente o descuido se dejó caer al agua, encuentra hogar entre nosotros, pero también perspectiva histórica, rodeado de cientos de voces y miles de papeles, junto a durmientes de quebracho misionero y relojes de roble francés que alguna vez cumplieron su función dentro del gran mecanismo.


Construir con puntales en este museo municipal implica hacer propias, transformar y en ese acto volver -en modesta medida- una cuestión pública, la lógica y las prácticas de la escasez, para reconfigurar a partir de la parte descartada una imagen de conjunto que, aún en su parcialidad, nos ayude a advertir las continuidades pero también los desequilibrios, los conflictos y las alternativas a un orden que suele negociar en el cambio su permanencia. Misión, para qué les vamos negar, poco menos que imposible, pero a la que vale la pena, creemos, ponerle algo de banca.

¿Y el banquito? El banquito es un punto de apoyo provisorio. Un lugar para deshacernos por un rato de lo que traemos entre manos, para tomar distancia de las cosas que nos ocupan, descansar de ellas o estudiarlas mejor. El banquito es también la oportunidad portátil de tomarnos un respiro y apoyar el culo para empollar una idea. Y es el escalón donde hacer pie, después, para pegar el salto.