viernes, 2 de septiembre de 2016

CULTURA COLABORATIVA

Analía Bernardi viajó a Cordoba representando a Ferrowhite como expositora y tallerista del encuentro "Desafíos de la cultura colaborativa en museos" destinado a trabajadores de museos nacionales de todo el país e instituciones culturales de Córdoba, Buenos Aires y España. Esto es lo que nos cuenta de la experiencia.




La semana pasada participé del encuentro "Desafíos de la cultura colaborativa en museos", organizado por la Dirección Nacional de Museos para compartir la experiencia de trabajo de Ferrowhite museo taller. Me puse el mameluco que con Julieta usamos cuando recibimos a las visitas que llegan al museo de grandes y chic*s (y que inmediatamente suscita una pregunta entre nuestros visitantes y es: ¿y vos, de qué trabajás acá?) porque era difícil para un cuerpo solo participar de un encuentro de colaboración. Lo llevé un poco por cábala, porque en ese mameluco sentía el trabajo de mis compañer*s y también porque en esa prenda genérica de “trabajador/a”, también me acompañaban Nenucha, Cacho, Pedro, Ida, trabajadores, vecin*s y amig*s del museo. 

Claro que no era la única. Del encuentro participaron más de 90 personas provenientes de los 24 museos que dependen de la Dirección Nacional de Museos, de museos provinciales y municipales de Córdoba, y de cuatro experiencias que fueron invitadas especialmente: los Museos Municipales de Berazategui, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (España), la Biblioteca Popular “República Argentina” de la ciudad de Córdoba y Ferrowhite museo taller.



Fueron tres días intensos. Intensos porque además de las presentaciones, de los debates y de los talleres, la charla siguió en los almuerzos y en las pausas de café de la tarde, en las visitas a los museos que vinieron después o en el taxi que nos llevó hasta la terminal. Intensos en cantidad de nombres aprendidos, de datos de contacto intercambiados, de nodos que se extienden en lo que se conforma como una red de instituciones y de trabajadores de museos.

Intensos porque coincidió con que, mientras nos preguntábamos sobre el para qué de los museos, a pocas cuadras se estaba leyendo el fallo de la megacausa La Perla-campo de La Ribera que dictó cadena perpetua para 28 represores. Porque comenzamos presentando nuestros museos, algunos de cuyos territorios no sabíamos si eran llanos u ondulados, tupidos o yermos, y a pesar de las distancias y las diferencias, acabamos encontrando situaciones comunes a muchos de ellos como los procesos de gentrificación, las luchas por las apropiaciones de los bienes comunes o las dificultades en términos laborales. Trabajar con las comunidades es también conocer y doler sus problemas: como los de los pibes de la Villa El Nylon, en Córdoba capital, a quienes se les niega el derecho a la ciudad pero no se los priva de la violencia, o los de los lugareños de las sierras de Alta Gracia que están siendo cercados por los cambios en la matriz productiva de la región y el aluvión inmobiliario que viene junto con la soja.



Intensos porque discutimos si el trabajo de los museos debe ser para o con las comunidades, es decir si estamos acá (o allá) para interpretar sus necesidades y deseos o más bien para aprender junt*s- museos y comunidades- en un proceso colectivo y abierto. Debatimos sobre lo público y lo colectivo y nos preguntamos sobre la diferencia entre los términos 'colaboración' y 'cooperación'. Propusimos museos a escala humana, museos incómodos, museos en los que sea posible pensar, museos que consideren la renuncia y el posicionamiento como un valor en la sustentabilidad de las relaciones con otr*s. Concluimos en la necesidad de reflexionar e investigar sobre las propias prácticas que llevamos adelante, y de reconocer a los museos como comunidades en sí mismas. Nombramos a Paulo Freire y a Rodolfo Kusch y la urgencia de generar un pensamiento latinoamericano que parta (y no se aparte) del estar siendo. Hablamos de la cultura como un derecho, pero también que sin trabajadores no hay cultura.