miércoles, 8 de junio de 2011

LOS FERROCARRILES EN BAHIA BLANCA (1884-1948)

Este sábado, a las 18 hs., en Ferrowhite presentamos “Los ferrocarriles en Bahía Blanca (1884-1948)” libro de nuestro amigo y colaborador Hector Guerreiro, publicado en dos volúmenes gracias a un subsidio del Fondo Municipal de las Artes. Aquí una presentación a cargo de Ana Miravalles y Nicolás Testoni.


Que Bahía Blanca es una ciudad ferroportuaria, que su “segunda fundación” tuvo lugar con la llegada del ferrocarril y la inauguración de un muelle de hierro en el puerto y que las empresas ferroviarias cumplieron un papel preponderante en el “progreso” de toda esta región, son afirmaciones que muchos hemos escuchado. Pero no era tan fácil -hasta ahora- reunir los materiales necesarios para comenzar a establecer una cronología precisa, un mapa detallado y una descripción certera y bien documentada de este proceso. De eso se trata este libro de Héctor Guerreiro. Datos, fechas, nombres y apellidos exactos, basados en una cuidadosa revisión de materiales de archivo, permiten seguir la progresiva extensión de las líneas férreas hacia nuestra ciudad y desde ella hacia la región, la construcción de vías y empalmes, de muelles y colosales elevadores para la exportación de cereal, así como la incorporación de novedades técnicas en el material rodante y de tracción.

No hay que olvidar que Hector Guerreiro es un experimentado ferromodelista. De algún modo, tanto estas páginas  como la maqueta que Guerreiro amplía sin pausa en una de las salas de Ferrowhite (museo taller), son construcciones afines, rieles paralelos que se cruzan en un horizonte imaginario. Por un lado, la lectura de “Los ferrocarriles en Bahía Blanca” permite comprender que ese ferrocarril en miniatura que cada fin de semana fascina a los visitantes del museo no es cualquier maqueta, sino una en la que cada pieza ha encontrado su lugar sostenida por un enorme cúmulo de información: planos, fotos, mapas, recortes de diarios de antigua data vendrían a ser el cemento que mantiene unida esa ficción a escala de un tren “con pasajeros felices”. Pero por otro, nos interesa pensar desde este museo taller, es también el oficio de modelista el que imprime al trabajo con los documentos del pasado algo de su método y secreta lógica.

El objetivo declarado en la introducción de este libro refuerza dicha conexión. El propósito es “ubicar” en el tiempo los momentos relevantes de un proceso cuyo resultado la maqueta traduce al espacio.  En efecto, las obras realizadas en Bahía Blanca y la zona por las empresas ferroviarias de capital extranjero hasta su nacionalización, en el año 1948, son prolijamente enumeradas y descriptas aquí, no solamente aquellas vinculadas al transporte de cargas y pasajeros, o al funcionamiento de los puertos locales, sino también las que determinaron la infraestructura urbana local: la construcción de estaciones ferroviarias, usinas eléctricas, molinos harineros, depósitos de vino, mercados de frutos y balnearios; los puentes, caminos adoquinados y barrios obreros; los servicios de carros, tranvías y colectivos; la provisión de servicios de luz, agua corriente y gas que estuvieron a cargo de las compañías ferroviarias, encuentran también su lugar en este libro bajo la idea de que tanto Bahía y sus barrios (Villa Mitre, Villa Rosas, Villa Harding Green) como las localidades de Ingeniero White, Cerri o Punta Alta, son parte constitutiva e inseparable de una misma estructura de producción.


Sin embargo, este libro comparte con la miniatura ferroviaria no solo la pretensión panorámica, también aquel rasgo que en la representación a escala funciona como su opuesto y necesario complemento. Cronología y maqueta son pródigas en pormenores. Se trata, en ambos casos, de construcciones minuciosas, que proceden menos por planteos de índole general, que a partir del ordenamiento o puesta en serie de innumerables detalles. Y los detalles tienen por función, a pesar o en razón de su aparente irrelevancia, volver vívido al conjunto. Así, el uso de material periodístico no queda circunscripto en este libro a la corroboración de fechas, nombres y lugares: las crónicas aparecen citadas, transcriptas a veces en su integridad, de manera que es posible “ver” a través de los ojos de los cronistas de otras épocas la actividad de los directivos de las empresas, de los políticos o de los usuarios, como si una fotografía se pusiera por unos instantes en movimiento, y uno pudiera, junto a Coleman, Harding Green o d’Abreu compartir un suculento banquete con personalidades de la “sociedad” local y nacional, sumarse al recorrido original de una línea, inspeccionar el flamante hotel de inmigrantes  preparado para recibir a uno de los pocos contingentes que llegaron directamente desde Europa al puerto de Ingeniero White, o retozar al aire libre en alguno de los pic-nics que las compañías ferroviarias organizaban para su personal. Referencias aparentemente triviales como la temperatura, el menú de un coche comedor, la cantidad de minutos que tardaba un tren, o los horarios de partida y llegada de un paseo, permiten percibir parte de la experiencia de quienes eran protagonistas de las noticias de aquel tiempo, e inferir, por contrapartida, la de quienes raramente aparecían mencionados en los artículos de prensa, pero cuya labor muda resulta ineludible considerar a la hora de comprender el sentido de las cifras de exportación, la fecha de inauguración de un elevador o la cantidad de kilómetros de un ramal. 

Empresas que halagan a sus clientes, un sistema de producción y comercialización que parece ser homogéneo y funcional para todos, edificios levantados por impulso del destino, una ostentación del lujo y  los privilegios que aparenta no molestar a nadie... no sería difícil llegar a pensar, en una primera lectura que todo esto corresponde a la realidad de una Bahía Blanca que ya -definitivamente- no existe y que con la ciudad actual comparte solo el nombre. Pero no hay que olvidar que esa imagen es producto del punto de vista con el que la estamos observando: tal como el autor afirma, en esta obra se han tomado en cuenta "los sucesos más destacados... y que obviamente no fueron los únicos"; las fuentes consultadas provienen de sectores inevitablemente interesados en ese proceso (diarios, informes, libros, etc.); y el estado actual de deterioro y desmantelamiento de buena parte de esas instalaciones acentúa los contrastes. No solo las vías aún cruzan Bahía Blanca de punta a punta, o los edificios ferroviarios, aunque ignorados, arrasados o refuncionalizados, todavía lucen imponentes: una compleja trama de inversiones, trabajo, políticas de Estado y resistencias obreras une secretamente el pasado a la ciudad actual. Reconocer ese vínculo depende de un trabajo, en ocasiones nada sencillo, que encuentra en Héctor Guerreiro a un artífice tenaz, y a partir de ahora, en estas páginas, una herramienta imprescindible. 

viernes, 3 de junio de 2011

EL CORAZON DEL CAMBIO: EL TALLER DE VIAS Y OBRAS EN LA USINA DEL BAP

Cambio de vía, taller del distrito Vías y Obras Bahía Blanca, UEPFA, que funciona
en la vieja usina del BAP, en Donado y Brickman.

El jueves 3 fuimos con Héctor Guerreiro a visitar el edificio que perteneció a la primera usina eléctrica del BAP (Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico) y en cuyas adyacencias funciona aún el taller del Distrito Vías Obras (tal como al parecer vino sucediendo desde principios del siglo XX). Cuando le pregunté a Guerreiro cómo se denomina este juego de vías me dijo: "¿Ese? Ese es el corazón del cambio".

Lo que tiene en sus manos Carlos Alfaro, actual jefe del Distrito, es un ancla de vía, las paredes que se ven al fondo son las del magnifico edificio de ladrillos y lo que se ve al fondo son algunas de las antiguas máquinas ya desmontadas y desarmadas después de la privatización.


En esta otra imagen, Alfaro nos explica cómo funcionaba el martinete con el que se hacías las eglisas para los rieles:


En el interior de las dos inmensas naves, se puede ver aún el sistema de transmisión montado, con sus correas, poleas y motores, y se ven también las repisas con las herramientas y los objetos fabricados en este taller. "Acá, cuenta Alfaro, trabajaron en otros tiempos más de 400 personas: herreros, carpinteros, torneros, mecánicos y también, en las cuadrillas de vías, los catangos o catalinos". Desde este taller se proveía a todo el distrito, hasta Carmen de Patagones  de cada uno de los elementos necesarios para el mantenimiento de las vías: desde rieles, cambios, agujas para garitas, clavos, tirafondos, flejes y durmientes, a herramientas como criques de vía, barretas o picos pisón, tanto en las vías como en las playas de maniobras.


El edificio es impactante, con sus muros de ladrillos "alpargata" traídos de Inglaterra, los techos a dos aguas con enormes aberturas vidriadas y los más hermoso, los ventanales que dan en el interior una gran luminosidad. Este área del taller, sin embargo, se encuentra en desuso desde la década del 90: actualmente el taller de Vías y Obras del ferrocarril provincial sigue funcionando en los galpones adyacentes al edificio de la usina, en la reparación de zorras, velocípedos, carpintería y mecánica.

El edificio parece abandonado, las máquinas duermen su sueño reposando de horas y horas de labor, las palomas dejan sus marcas por todos lados. Pero cuando le decimos a Alfaro: "esto podría ser un museo", él dice que no, "qué museo, esto tendría que ser una escuela de oficios, si está todo para hacerlo".

jueves, 2 de junio de 2011

¡TENEMOS KIOSCO!


Ferrowhite es un museo que además de exhibir objetos los fabrica. Imanes, libros, postales, bolsas para las compras... a partir de este fin de semana, todo lo conseguís en nuestro remozado kiosco obrero.

martes, 31 de mayo de 2011

A PULSO

Pedro Marto y Roberto Orzali, el domingo pasado en el museo.



Más dibujos.

jueves, 26 de mayo de 2011

PERDIDOS EN LA NIEBLA

 ¿Quién llega hasta este rincón remoto de la ciudad una mañana de niebla como esta?

 
Ellos son Juan Manuel Levetti y Alejandro Lezcano. Vienen del partido de Lincoln, en el noroeste de la Provincia de Buenos Aires, para cumplir con el curso de conductor de locomotoras que dicta la seccional Ingeniero White de La Fraternidad.

Juan Manuel se detiene ante la cifra, escrita con fibrón en una pizarra, que señala el número de trabajadores que las cuatro empresas integrantes del Polo Petroquímico emplean de manera directa. "¿1100 nada más?". Y nos cuenta que antes de ser "aspirante" a maquinista trabajaba en la fábrica que Sancor tiene en la localidad de Arenaza. "Una planta enorme, también con muy poca gente. Yo atendía la máquina que hace los postrecitos Shimmy. Ocho horas por turno, acomodando los vasitos en cajas y las cajas en palets. Imaginate que la máquina te tira tres postres por segundo, cada vasito sale a 80 grados y no podés usar guantes. Por eso emplean pibes jóvenes. Se gana bien, pero pocos aguantan." 

martes, 24 de mayo de 2011

MOVIENDO LAS CABEZAS



Algunas impresiones, escoba en mano, acerca de lo que pasó por acá durante la Noche de los Museos:

1) El olor a sopa va a tardar días en disiparse y hay pelos por todos lados. Esto fue un éxito.

2) La luz de la mañana vuelve más nítida la siguiente sospecha: un museo taller conserva mejor lo que es capaz de transformar. Mirando la enorme tenaza de herrería que abre la muestra de Ferrowhite, uno de los tantos chicos que llegó hasta acá el sábado le preguntó a su mamá quién era el que usaba semejante pinza para depilar. Pero es factible que la asociación funcionara también en sentido opuesto. Quizás a esa madre le haya resultado difícil atravesar nuestra peluquería sin relacionar por un momento el ingrato deber femenino del depilado con la labor rigurosa del herrero.

3) Sin espejo no hay peluquería. El resto del mobiliario puede variar. En lugar del sillón podemos poner una silla. Resultará sin duda menos cómoda pero, a fin de cuentas, nos va a servir igual. Incluso las herramientas del peluquero son permutables. La emblemática tijera, por ejemplo, tiene un suplente venerable en la navaja y otro, más reciente, en la máquina de rasurar. El espejo, en cambio, es imprescindible. No sólo porque precisamos de él para inspeccionar al milímetro lo que le hacen a nuestra cabeza, además, y esto es más difícil de poner en palabras, porque a través suyo nos miramos, y miramos a los otros, y les hablamos, de otro modo. No necesariamente mejor, distinto. En la pista de ese corrimiento sutil (y a la vez, abismal) andamos.

4) El de la peluquería del museo es un espejo en el que muchos se miran a la vez.

miércoles, 18 de mayo de 2011

SIN PELOS EN LA LENGUA

El sábado 21 de mayo, durante la Noche de los Museos, en Ferrowhite inauguramos una peluquería. Sí, vas a poder cortarte el pelo en el museo, pero también hojear revistas que ya no se consiguen, enterarte de cosas que solo se cuentan al oído, y discutir sobre los temas que inquietan a esta comunidad, que es lo que se hace en toda buena peluquería de puerto.


Titi te invita a sentarte en su sillón
"CEPILLAR LA HISTORIA A CONTRAPELO"
Pero ¿Qué tiene que ver una peluquería con la historia de los trabajadores? Poco y nada si esquivamos la pregunta, ¿Qué hacen los que trabajan además de trabajar? Corto o largo, lacio o crespo, con jopo o flequillo, con raya al costado o al medio, el pelo es esa parte de nuestro cuerpo que más temprano que tarde se trenza (o enreda) a la sociedad y a la época que nos tocaron en suerte. Sobre nuestras cabezas se modela el signo de los tiempos, marcas de sumisión o de rebeldía, señas de pertenencia a un género, a una generación, a una clase.

Pero mejor que lo explique Titi Sedrani, nuestra anfitriona del próximo sábado: “La cabeza de White cambió. Cambió por afuera, pero ojo, también por adentro. Cambió el puerto y sus peluquerías cambiaron a la par”. Titi abrió la suya allá por 1982, en el local que durante décadas ocupó otro peluquero, Raimundo Morelli. “Un gran laburante de la navaja y la tijera, un tipo muy querido”, define Titi, quien además tuvo entre sus primeros clientes a otro colega célebre, José “Pepe” Lamas.

“Al principio fue muy duro, porque yo abrí directamente para caballeros y niños, y acá las peluquerías de hombres las atendían hombres. Los señores que abrían la puerta me preguntaban ¿Y el peluquero? Cuando se enteraban que el peluquero era yo, ni hasta luego me decían, pero bueno, lo que te digo, empezó a cambiar después nuestra cabeza…”

GOMINA Y PLENO EMPLEO
Tal vez el encuentro del sábado ayude a despejar un modesto enigma que apremia a los trabajadores de este museo: ¿por qué en las fotos ferroviarias de los años cincuenta y sesenta nadie o casi nadie, ni siquiera aquel que asoma la cabeza desde adentro de una fosa, sale despeinado? Junto a las cantinas, los bares y los cabarets, las peluquerías whitenses perduran en el recuerdo de calvos y canosos como un negocio próspero. Repasemos: Salvador Puglisi en la calle Belgrano, los hermanos Antonio y Américo Luciani por Avenente, sobre la misma calle los hermanos Villalba, el maquinista Juan Antonio Schbib en Mascarello y Sisco, su hermano Cesar junto a Horacio Faccini en Siches sobre mano par, sobre mano impar Severo Polio, también por Belgrano Santiago Boccanera y su yerno Raimundo Morelli, en la vereda de enfrente Betino Vitale y Antonio Villa, sobre Guillermo Torres Atanasio Dimuchicos, y casi llegando a San Martín, Manuel y José Lamas… ¿Nos olvidamos de alguien?

 “Todas peluquerías de hombres*, ¡y estaban todas llenas!”. Su número y extensa clientela no habla solo de la pertinaz coquetería de los varones que se afincaron en este arrabal ventoso, también de la cantidad de trabajadores que concentraban el ferrocarril, la Junta Nacional de Granos, el Ministerio de Obras Públicas, YPF, la pesca; y de las salidas, las fiestas, las funciones de cine, las cenas, los bailes, y otras tantas ocasiones sociales en las que un buen corte y una afeitada al ras eran requisito indispensable.



CAMBIAR LA CABEZA
A través del espejo del local que bautizó con el nombre de sus hijos (“Mari Mau”), desde ese pequeño sillón giratorio tan alejado de tronos y sitiales, Titi lleva un registro minucioso, capilar, de los cambios sucedidos en White en los últimos treinta años.

“Yo me acuerdo que mi papá, que trabajaba en la Junta, por ahí se iba al puerto a las seis de la mañana y en tiempos de cosecha no volvía hasta la una de la madrugada. Un barco podía estar dos, tres días cargando. Hoy el barco, con las máquinas que hay ahora, llega, está unas horas y se va. Esa gente que no se precisa más para la carga, esa tripulación que no baja más a puerto, tampoco se sienta en este sillón”.

Para Titi la transformación del puerto implicó una merma de clientes, al mismo tiempo que un significativo aumento de la competencia. “En los noventa, mientras muchos negocios cerraban, se abrían peluquerías, porque la gente hacía cursos rápidos y se ponía una en la casa. Yo creo que la situación general en estos últimos años se ha ido acomodando, pero lo que es acá, en White, con tanta riqueza pasando de largo frente a nuestras narices, si no nos organizamos en serio, la vamos a tener difícil.”

VAYAN SACANDO TURNO
Una peluquería –esta es la hipótesis, un poco delirante, que vamos a testear el sábado- puede llegar a funcionar como un laboratorio de narración oral, en el que la historia de una comunidad suma a sus capítulos habituales el relato con el que cada nuevo cliente resume su vida, sus puntos de vista y sus expectativas, en los 15 o 20 minutos que dura un corte. “Esto es un confesionario. Me costó mucho a mí aprender a callarme la boca, la peluquería es política, fútbol… encima yo hincha de Huracán, acá en el centro de White, rodeada de hinchas de Comercial, he perdido muchos clientes por eso, hasta que entendés que tenés que poner el oído y callarte un poco.”

Hace casi 53 años, el 1 de diciembre de 1958, 4000 ferroviarios que reclamaban el pago de una retroactividad se declararon en huelga. A pesar del vigente Plan CONINTES, a pesar del estado de sitio, y de estar “movilizados”, es decir, sujetos a disciplina militar por el gobierno de Frondizi, los ferroviarios de White, Noroeste, Maldonado y Bahía Blanca Sud se concentraron en la Plaza Rivadavia y marcharon por Avenida Alem y calle Florida hasta llegar a las mismísimas puertas del regimiento donde, ¿adivinen qué?, terminaron todos presos. Hay 4000 versiones de esta historia, pero ninguna que no coincida en este punto: cómo los sentaron a todos en la inmensa plaza de armas, con aviones de guerra sobrevolando y soldados apostados, apuntado desde los edificios más altos, y cómo los peluqueros del regimiento fueron rapando cabelleras y bigotes, hasta que, literalmente, las cuchillas de las máquinas rasuradoras se quedaron sin filo.

Mucho antes de que existieran museos con ganas de copar la noche del puerto, esta historia circuló seguramente por sus peluquerías -que según quiere la leyenda, alguna vez permanecieron abiertas hasta la madrugada-, porque una peluquería, en definitiva, es ese lugar donde se corta pelo para que la conversación no pare de crecer. 


* Para “señoras y señoritas” estaban Nelly en calle Brown, y en Brown y San Martín, la peluquería del Italiano. 

domingo, 15 de mayo de 2011

JOAQUÍN Y SUS AMIGOS

Entre las personas que nos visitaron el sábado (que fueron muchas) estuvieron Pamela Brownel, investigadora y crítica teatral, que aprovechó su visita a Bahía Blanca para buscar noticias acerca de la experiencia de teatro documental de Ferrowhite. Y se encontró con las anécdotas de Flying Fish y las peripecias de Pedro Marto contadas en primera persona, y la interpretación exclusiva del bolero de Ravel por Pedro Caballero. Además de los mates de Cacho Mazzone y la compañía de Cacho Romero para conocer la Rambla de Arrieta y ‘la playita de la usina’.



Más tarde, llegó la familia González. Verónica, Alejandro, Candela y el pequeño maquinista Joaquín, que vino preparado para hacer rodar su par de locomotoras de juguete por las vías de la mesa de señales de la sala de ‘La Fraternidad’.



Y que nos recomendó que viéramos alguno de los capítulos de ‘Thomas y sus amigos’, la serie de dibujitos animados que le enseñó algunas cosas acerca del ferrocarril. Aquí va uno.

viernes, 13 de mayo de 2011

APROVECHÁ GAVIOTA






Si pasás por Ferrowhite este fin de semana no dejes de llevar tu "Vera Bolsa Libre de Trust", una bolsa para las compras hecha en el museo junto a trabajadoras de las fábricas de bolsas para cereal que existieron en este puerto. Viene con el libro "Bolseras" de regalo. Y entonces sí, con bolsa y libro bajo el brazo, tomate un café en La Casa del Espía, vos elegís si mirando la playita de la usina, las fotos tomadas por Rodolfo Díaz a las aves de este humedal, o la playa de camiones de una cerealera trasnacional.

miércoles, 11 de mayo de 2011

FARDOS, BLEQUE Y MAMELUCOS CORTADOS EN TIRITAS

El próximo 26 de octubre se cumplen 50 años del inicio de la huelga de 42 días que los ferroviarios de todo el país sostuvieron contra el plan de reducción de los ferrocarriles implementado por el gobierno de Arturo Frondizi.

Para ir entrando en tema, Pedro Caballero nos pone al tanto de lo que pasaba por aquel entonces entre los trabajadores del Galpón de Locomotoras de Ingeniero White.


La huelga de 1961 fue el principio de la lucha para impedir que el gobierno de Fondizi empezara el desguace de los ferrocarriles, al empezar aplicar el plan del ministro Acevedo que implicaba cierre de talleres, galpones, reducción de personal y demás ítems. El 27 de octubre empezó la huelga, hasta el 10 de diciembre.


Durante esa huelga que duró 42 días, la mayor parte de los ferroviarios adhirió y durante ese tiempo se dedicaron a conseguir otros trabajos, yo me dediqué a pintar sillas en Comercial, otros buscaron trabajo en el puerto, en la construcción, de serenos.

Pero hubo algunos que siguieron trabajando en el galpón, durante esos días alistaban locomotoras para correr trenes de emergencia, y eso lo hacían fuera de su tarea específica, hacían el trabajo del personal que estaba en huelga.


Por eso, cuando se levantó la huelga, no la pasaron bien: todos los días les colocaban fardos de pasto en la puerta de la oficina, engrasaban con bleque los picaportes, un día les cortaron los mamelucos, también, a uno de ellos que venía en moto, le pusieron azúcar en el tanque.

Con las bocinas de las diesel tocaban y vos escuchabas car ne ro car ne ro, tocaba la bocina, capaz de dos o tres máquinas; o de las culatas de la Baldwin les tiraban tuercas y tornillos a la ventana de la oficina, el carpintero no daba a basto a colocar vidrios en la puerta de entrada.


Tanto tanto que tuvieron que desaparecer por tres meses del galpón de locomotoras, fueron a trabajar a otras dependencias, hasta que se aplacó todo. Pero quedó mucho resquemor entre la gente.

A mí, igual, no gustaban mucho esas cosas.

lunes, 9 de mayo de 2011

MATE, RAMBLA Y PASTAFROLA

Cuando llegó la noticia, acá estaban ellos para recibirla.




Ayer domingo Ida Muhamed y Nenucha Fordhigini improvisaron una mateada junto a las aguas de la Rambla de Arrieta.



Ocasión inmejorable para conversar con todo el mundo sobre el futuro dragado del estuario, el nuevo muelle que la cerealera Toepfer proyecta para el sector, y la idea, cada vez más firme, de un paseo comunitario que conecte la usina castillo con el viejo muelle de los elevadores de chapa, y a través suyo, a White con su ría. 
  

viernes, 6 de mayo de 2011

UNO DE 97: ERNESTO CORVATTA





Este señor se llama Ernesto Corvatta, nació en Bahía Blanca el 15 de marzo de 1914, o sea tiene, así como lo ven, 97 años.

Me lleva, a lo largo de la conversación:
de la quinta de una hectárea que le dieron en el año 1900 a su padre (ferroviario también él, carpintero en TBBNO) en calle Brasil, a Galván, caminando o en bicicleta;
de White a Neuquén, poniendo rieles, tierra o balasto (década del 30);
del galpón de locomotoras de Ing. White a Talleres Bahía Blanca (década del 40);
de la sección montaje al petit store -el almacén anterior al almacén local- (década del 50);
de la reparación de locomotoras de vapor al proyecto de vagones cerealeros con diez tolvas en el piso (años 60);
del barrio Noroeste al barrio Universitario, y de su casa, a la quinta que tiene enfrente, en un terreno prestado donde cultiva porotos, chauchas, acelga, tomates y choclos.

Y entre medio nos cruzamos con socialistas y comunistas peleandose a los tiros en la actual plaza 17 de octubre, con un sulky que llega con un muerto hasta White, con locomotoras que corren durante la huelga de maquinistas de 1951, con juguetes fabricados en el taller del hermano, acumuladores, bicicletas, veletas, chimeneas y faroles, y con místeres ingleses, jefes ingenieros y militares que organizan trabajos en el taller.

97 años en 197 minutos.

miércoles, 4 de mayo de 2011

HECHOS BOLSA

Este domingo lanzamos una nueva edición de la Vera Bolsa Libre de Trust, una bolsa para hacer los mandados y, de paso, poner el ojo en los que mandan.

 Ida Muhamed con las bolsas que cosió en su casa del barrio 26 de Septiembre

Un día alguien notó que buena parte de las donaciones de material ferroviario que llegan a Ferrowhite, usualmente en manos de los propios trabajadores ferroviarios, lo hacen adentro de bolsas para las compras. De golpe fue evidente que el acervo patrimonial de este museo había dependido siempre de ese tráfico hormiga y de su particular camuflaje. En lugar de 1 paquete de yerba, 2 docenas de huevos y 100 gramos de mortadela, 20 kilos de fierros oxidados.

Así, nos pusimos a pensar qué contienen, de dónde vienen y a dónde nos llevan todas esas bolsas que a diario llevamos en la mano. Comenzamos entonces un itinerario que nos condujo del almacén “El Globito”, en el Bulevar, a los grandes supermercados ubicados en el norte de la ciudad, y del Polo Petroquímico al relleno sanitario de Grünbein, pasando por la formula química del polietileno [(CH2-CH2)n], las discusiones en torno al cálculo del costo de vida medido en canastas (¿Quién hace hoy los mandados con una canasta?), los proyectos para la instalación de un Polo Plastiquero en la zona, y los informes del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) sobre el potencial impacto ecológico de las nuevas bolsas “oxobiodegradables”.

Pero como en un museo taller reflexionar es hacer (y viceversa), nos propusimos convertir todo este divague en un artefacto concreto, y ahí nació la idea de confeccionar nuestras propias bolsas. La “Vera Bolsa Libre de Trust”, primera de la serie, se agotó rápido. Todavía se pueden ver algunas dando vueltas por los comercios de White y Bahía. De su armado participaron los chicos del taller de serigrafía (edición 2009), sus coordinadoras Silvia Gattari, Malena Corte y Lucía Cantamutto, el diseñador Carlos Mux, el director de Ferrowhite Reynaldo Merlino, y las vecinas costureras Susana Cardoso, Titi Trujillo, Maruca Sbaffoni y Rosa Ortiz.

Marta en la carnicería del almacén El Toro, Bulevar Juan B. Justo 

Titi, Maruca y Rosa trabajaron en las fábricas de bolsas para cereal que funcionaron en el puerto hasta los años setenta. Ellas nos contaron cómo era coser más de tres mil bolsas de arpillera en un solo día trabajando adentro inmensos galpones en los que no había un solo calefactor “porque la arpillera arde que da miedo”. De allí que la “Vera Bolsa” no venga vacía sino acompañada por un cuaderno que reúne sus testimonios. 

Esta nueva tanda de bolsas contó con la colaboración inestimable de otra “bolsera”, Ida Muhamed. Ida nos habló de las bolsas que se hacían en su casa. Bolsas no descartables confeccionadas a partir de materiales de descarte: bolsas hechas con retazos de tela, con redes de pesca, con sachets de leche o con el cotín de un colchón de lana. Una manera de hacer economía en un mundo en el que el “use y tire” de la sociedad de consumo aún no había reemplazado al mandato familiar de “que nada se desperdicie”.

“Trust” es una palabra un poco anticuada, aunque su significado, creemos, no ha perdido vigencia. Traducida del inglés al castellano vendría a significar “confianza”. En economía, alude al acuerdo o la unión de empresas bajo una misma dirección con el objetivo de repartirse el mercado, establecer precios (pensemos en las exportadoras de granos instaladas en este puerto, pero también en las cadenas de supermercados), fijar salarios o modos de producción. La expresión “Libre de Trust” puede apreciarse, por ejemplo, en las propagandas de cigarrillos “Particulares” que se conseguían en nuestra ciudad en los años 20. El slogan de la marca remataba así: “Para que no emigre tanto oro argentino”.

Chichín en el almacén El Globito. 

En nuestro día a día, las bolsas materializan sistemas clasificatorios completos. “Poner en bolsas separadas” o “meter todo en la misma bolsa” representan gestos epistemológicos precisos, de los que, podría decirse, se siguen concepciones del mundo contrapuestas. Derivados de la gran industria trasnacional y concentrada (1), las bolsas plásticas organizan el consumo doméstico, el ir y venir de las mercancías. De ellas dependemos para hacer las compras durante el día y para sacar la basura ya entrada la noche. Y ellas, que no se degradan, son una de las marcas más visibles del impacto de nuestro modo de vida sobre el ambiente. Por eso, quizás tampoco el habla, la conversación cotidiana, puede prescindir de su figura. De la Bolsa de Valores a las bolsas de empleo, de las viejas bolsas de arpillera para cereal al desarrollo de los "revolucionarios" silos bolsa que permiten especular mejor con las cosechas, del gran saco de Papá Noel a los bolsones del Plan de Seguridad Alimentaria, las bolsas están en boca de todos, nominando una realidad compleja. Cada bolsa resulta, en definitiva, la punta de un ovillo. La “Vera Bolsa”, cualquier bolsa, es como ese hilo que asoma en la costura de la prenda que llevamos puesta. Ese cabito inocente del que no podemos resistirnos a tirar y que revela, de repente, la trama escondida de las cosas.

(1) Según un informe del CREEBA del año 2006, el 100 % del polietileno de alta densidad, baja densidad y baja densidad lineal que se produce en Argentina es fabricado por la planta que Dow Chemical posee en Ingeniero White. 

domingo, 1 de mayo de 2011

FELIZ DÍA


Algunas (sólo algunas) de las personas que con su trabajo han hecho de este museo lo que hoy es.

martes, 26 de abril de 2011

1884: EL TREN DE LA HISTORIA PASA DE LARGO

La conmemoración de la llegada del ferrocarril a Bahía Blanca, el 26 de abril de 1884, tal vez opaca el hecho de que aquel tren que muchos bahienses esperaban en el andén, en realidad, pasó de largo.

Plano de la Estación "El Puerto", tal como se reproduce en la pagina 99 de la Historia del Ferrocarril Sud de William Rogind.

Al parecer, no se trató de uno sino que fueron dos los trenes que arribaron a esta zona el 25 de abril, alrededor de las siete de la tarde, un día antes de los festejos previstos frente a la Municipalidad para la tarde del 26. Sólo la segunda formación ferroviaria se detuvo unos minutos en la estación Bahía Blanca Sud (1). La primera, en cambio, con el Gobernador Dardo Rocha entre su pasaje, continuó sin detenerse hacia la estación El Puerto (hoy Ingeniero White), donde la empresa británica Ferrocarril Sud (Great Southern Railway) concentraba sus instalaciones e intereses.

Allí una “suculenta cena” servida en el mismísimo Galpón de Locomotoras aguardaba a los visitantes. La inauguración oficial de la línea se realizó a las 12:30 hs. del día siguiente, en ese mismo galpón, con un gran almuerzo que consistió en:

Banquet Hors d´oeuvre – Canapés d´Anchois – Xerez
Potaje Prentanier á la Royale
Relevé Pescaret á la Normande - Aut. Sauterne
Entrées chaudes Bouchées á la Reine – Filet Durham aux Champignones –
Sauté de Volaille a la Perigueux – St. Emilion
Entrées Froide Aspic de Foie Grass Belle-vue – Bourgogne
Punch a la Romaine – Legume Petit pois á la francaise
Rot – Dinde á l´anglaise
Entremets Mille Feuilles á L´italienne – Gateaux de París – Champagne
Glaces - Napolitaines – Fruit frais glàce – Oporto – Café – Liqueurs (2)

Presidían una mesa con más de doscientos comensales, el Gobernador, Dr. Dardo Rocha; el Ministro de Hacienda de la Provincia, Vicente Villamayor; el Presidente del Directorio del Ferrocarril Sud en Londres, Frank Parish; su Secretario C. O. Barker; el Presidente de la Comisión Argentina de la empresa, Guillermo Moores; el Gerente General de la empresa, George Cooper; y el Canónigo Benjamín Carranza, quien bendijo los alimentos.(3)

¿Estaban los trabajadores del galpón invitados al banquete? Nada dicen las fuentes.


La playa de maniobras de Ingeniero White, alrededor de 1940. 
Abajo y al centro, el galpón de máquinas del Ferrocarril Sud.

(1) “Bahía Blanca ha sido, en los días 25, 26 y 27 una verdadera romería. (…) La llegada del tren inaugural tiene preocupada la atención pública y solo espera el pueblo la menor señal para encaminarse a la estación, a recibir al coloso monstruo, emblema eterno del progreso de estos últimos siglos. No menos de ochocientas personas están en el andén de la estación...  Al poco rato se oye un ¡ahí viene!... A este grito responden mil voces que atronan los aires con el hurra más espontáneo y entusiasta que se haya dado entre nosotros. El tren se deslizaba rápidamente por el camino de hierro que termina en el puerto. La obra se había consumado y los hombres con sus semblantes alegres y como poseídos de cierto orgullo por tan grande obra, así lo manifestaron. Sin embargo hubo un pequeño descontento, que desapareció casi enseguida, cuando llegaron hasta nosotros unos delegados del Gobernador que explicaron la causa por la cual había seguido hasta El Puerto el tren y no había parado en la estación (Bahía Blanca), como el pueblo lo esperaba y la razón lo aconsejaba.” Diario El Reporter,  Bahía Blanca, 28 de abril de 1884.

(2) “Días atrás habían llegado, en tren, cocineros y mozos, de la empresa de los hermanos Roverano, amén de las correspondientes ‘vituallas’ a utilizarse en el banquete y en el buffet del baile oficial.” Héctor Francisco Guerreiro, Los Ferrocarriles en Bahía Blanca (volúmen 2, F.C.S. – F.C.R.P.B), en prensa.

(3)  William Rogind, Historia del Ferrocarril Sud, Establecimiento Gráfico Argentina S.A., Buenos Aires, 1937.

lunes, 25 de abril de 2011

ZARPAMOS

2 planchas de cartón corrugado, 15 pomos de cemento de contacto, 1 lata de esmalte sintético, 93 envases de jugo tetra brik recolectados por familiares y vecinos, 10 tubos de pintura acrílica, 3000 horas de trabajo en el living de una casa de la calle Brihuega, la foto de un portacontenedores vista en un catálogo en un remolcador holandés, 11 años de labor en las dragas del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, media docena de amigos, más de 100 embarcaciones (lanchas, remolcadores y dragas) del puerto de Ingeniero White: Trento, Amapola, Diogenes, Las Malvinas, Presidente Antiguo, Whitense, General Cardona, Hasta luego, La Paloma…

De estas, entre otras cosas, está hecho el “San Silverio”, el nuevo buque archivo de Roberto Conte, y desde el sábado pasado, también del abrazo y el brindis de todos los amigos que llegaron a Ferrowhite para acompañar su botadura.

Francisco Vitale, pescador

Cargado de nombres que convocan, lo pudimos comprobar anteayer, innumerables historias, el "San Silverio" es un barco con una misión precisa: volver tangible la relación cambiante entre pasado y presente, grande y pequeño, propio y ajeno, próximo y distante, a través de la que se traman los conflictos pero también el sentido de pertenencia a una comunidad.

Más fotos por acá.

miércoles, 20 de abril de 2011

SÚBETE A MI BARCO (VIDA MÍA)

Este sábado a las 17:30 hs., a pocos pasos de la Fiesta Nacional del Camarón y el Langostino, en Ferrowhite botamos el “San Silverio”, el nuevo buque archivo de Roberto “Bocha” Conte.


El “San Silverio” es un barco cargado del recuerdo de otros barcos. La reproducción a escala de un portacontenedores inmenso en el que pueden leerse los nombres de las embarcaciones más pequeñas de este puerto. Un navío de ultramar construído para transportar el inventario de esa flota que rara vez se aventura más allá de la ría: dragas, remolcadores, lanchas de practicaje y sobre todo, de pesca artesanal, que tienen en la geografía del estuario su historia y razón de ser.

Lanchas amarillas como el “Antonito C”, a la que Bocha se subía "de contrabando", con 11 o 12 años. Remolcadores de la Flota Fluvial del Estado en los que ganó sus primeros sueldos. Dragas del Ministerio de Obras Públicas de la Nación de las que llegó a ser patrón. La maqueta vuelve palpable la historia de su constructor, la de los amigos y familiares que colaboraron con él -“Silverio Churazzo y Alberto Garrini a la cabeza”-, pero también la idea de que toda memoria depende de actos presentes que transforman necesariamente lo recordado.

Con su portacontenedores Bocha le da forma a un archivo paradójico que en lugar ahogar los recuerdos en las heladas aguas del cálculo historiográfico, pone al pasado en tensión, calzando esos nombres casi olvidados -El Envidio, Rodoño, Verita, Res non verba…- en la horma del presente inmediato. Porque el San Silverio es un buque armado para transitar los intrincados canales de la coyuntura ampliando, en lo posible, el horizonte. Un barco para navegar la reconversión de la pesca artesanal y el inminente dragado del canal principal de la ría, la lucha de los pescadores por frenar la contaminación de las aguas y el reclamo de todos los amigos de este museo para que White no pierda su última salida al mar.

viernes, 15 de abril de 2011

DOMINGO DE PELÍCULA



La Orquesta Escuela durante su presentación en el encuentro "Cómo funciona la cosa". 
   
Este domingo, nuestro taller se transforma en cine para recibir a los chicos de la Orquesta Escuela de Ingeniero White. En la sala del obrero bañista, proyectamos los cortos del museo, la película "Los Coristas" y, en plena cosecha gruesa, hacemos pochoclo para todo el mundo.

miércoles, 13 de abril de 2011

CHIQUITOLINA

Desde hace algún tiempo, Ferrowhite exhibe, junto a llaves, martillos y tenazas, artefactos que no provienen de dependencias del ferrocarril o el puerto, sino que han sido construidos por algunos trabajadores para dar cuenta de ese mundo o derivar de él otros. El próximo sábado 23 de abril vamos a presentar en el museo una serie de postales dedicadas a estos artefactos y aprovecharemos para realizar la botadura simbólica del “San Silverio”, el nuevo buque archivo de Roberto “Bocha” Conte.

Por mi parte, y para ir entrando en tema, paso en limpio acá lo que quedó anotado en otro lugar cuando, hace ya casi un año, La Casa del Espía se llenaba con las tallas de madera elaboradas por el mecánico de locomotoras Carlos Di Cicco.




Carlos Di Cicco (1937-2005) fue oficial mecánico en el Galpón de Locomotoras de Ingeniero White y gasista a domicilio. Apasionado por los trenes, en su casa era posible encontrar revistas y carpetas con recortes de noticias ferroviarias y una maqueta poblada por muchas de las figuras que ahora pueden verse en La Casa del Espía.

Si este fuera un museo de arte, diríamos que los pasajeros de Di Cicco son esculturas para mirar con lupa. Su tamaño es cientos de veces menor que el de los principales monumentos de nuestra ciudad, millones de veces inferior al de los muelles, usinas y silos que rodean a este museo. Uno puede sentirse enorme ante estos muñequitos, pero también muy pequeño si trata, por un momento, de mirar el resto de las cosas desde su punto de vista.

Exhibir estas miniaturas en un espacio en el que por lo regular se habla del trabajo colosal con locomotoras y vagones, invita a un juego con los tamaños y los pesos que supone, al mismo tiempo, un juego con las jerarquías establecidas entre quienes cuentan la historia y quienes deben escucharla, o entre quienes son llamados artistas -artífices del sentido-, y quienes no. Porque lo que entre otras cosas cabe ver en estas figuras diminutas, talladas casi en secreto, no es solo la vida de uno de los tantos mecánicos que empleó en Ingeniero White Ferrocarriles Argentinos, sino a la vez a una sociedad entera en la perspectiva de ese mecánico. Una sociedad que se organiza alrededor del tren.

Sobre cada pedacito de madera, Di Cicco le saca punta a una ocupación o a un oficio. Sus pasajeros representan tipos, en la acepción popular pero también sociológica del término. Hay amas de casa, jugadores de fútbol, ferroviarios... A diferencia de otras miniaturas, en las que el carácter minúsculo tiende a subrayar cierto aire solitario, estos tipitos parecen concebidos para formar grupo. Mi compañero Carlos Mux, que se entretuvo sancándoles fotos por separado, no pudo evitar reunir esas imagenes en un damero que está colgado en La Casa del Espía, y en el que es casi imposible no sospechar amistad, antagonismo o parentesco entre los personajes retratados. Al hincha de River le corresponde un hincha de Boca, como al ejecutivo de ataché un obrero de mameluco. Hay amantes furtivos y señoras embarazadas, camilleros y quebrados, y también un señor con esquíes, que no encaja con nada, porque así de imprevisible es el mundo.

A pesar de ser muy pequeñas, las tallas de Di Cicco transmiten una impresión de singular fortaleza. Cada una ha sido resuelta en tres o cuatro cortes netos. Ninguna disimula el material del que está hecha, ni la mano que le dio forma. Una mano que parece haber imprimido en cada cuerpo diminuto su experiencia en el manejo de otra clase de volúmenes y pesos. De allí que responder a la pregunta ¿Cómo están hechos estos objetos? resulte considerablemente complejo. En principio, una lista de materiales no debería excluir aquellas circunstancias que han modelado la propia vida del artesano. Así, quien quiera repetir esta experiencia en su casa, tendría que arrancar apuntando:

2 tablas de madera balsa, 1 cortaplumas, 18 años como mecánico de locomotoras, 3 latas de adhesivo de contacto, 42 días de huelga durante el gobierno de Frondizi, 2 cajas de fibras de colores, 1 navidad adentro del galpón de alistamiento, 4 carpetas con recortes de noticias ferroviarias, 10 pomos de témpera, 1 maqueta que ocupa poco a poco toda una habitación, 730 días en un galpón bajo control militar, 1 pincel extremadamente fino...


Y otra cosa. Espero no equivocarme, pero creo que no hay chicos en esta serie. Pasa algo con eso. Ver a tantos adultos en miniatura resulta tan extraño como familiar. Descubrirlos es como encontrar a nuestros padres adentro de un chocolatín Jack. Como si de pronto todas esas personas que nos vieron crecer hubiesen pasado a formar parte de la misma repisa en la que forman fila nuestros héroes de la infancia. Poniendo patas para arriba el cuento de Collodi, invirtiendo la relación entre el carpintero y su hijo muñeco, este ferroviario que fabricaba locomotoras para los cumpleaños de sus hijas me devuelve, sin querer, a mi viejo convertido en un juguete. No voy a decirles cuál de todos es. Corro a mostrárselo a mi hija.

martes, 5 de abril de 2011

HORMIGÓN ARMADO

Durante la guerra de Malvinas, el ejército argentino movilizó hacia el sur a miles de colimbas, muchos de ellos provenientes de provincias del norte del país. Los militares se valieron para tal fin una red ferroviaria cuyo trazado refleja aún hoy por esta zona el interés de las compañías inglesas que, tras la "conquista del desierto" consumada por ese mismo ejército, fueron dueñas de esos rieles durante más de cincuenta años.
 
La Central Termoeléctrica Luis Piedra Buena es quizás la obra de mayor porte que encaró la última dictadura en nuestra ciudad. En momentos en que el enemigo declarado del gobierno militar era la “subversión marxista”, su edificación fue posible gracias a un acuerdo con la Unión Soviética que estipulaba el intercambio de toneladas de cereal por grandes turbinas de generación eléctrica.

Chacho Gimenez trabajó en la construcción de "la Termo" desde sus inicios, en 1978, hasta los días previos a su completa puesta en funcionamiento en 1991, siempre como obrero de la contratista Benito Roggio e hijos S.A. La empresa trajo a White gente de todas las provincias. Un auténtico ejército federal levantó campamento en los alrededores de la obra. Había sanjuaninos, jujeños, salteños, entrerrianos, chaqueños, correntinos... También varios formoseños como Chacho quien terminó por quedarse a vivir acá, con su familia. Entre la gente del pago, figuraba un tal Ulises. Gimenez puede recordar el rostro, pero no el nombre completo de “ese paisano” suyo, accidentado el 5 de abril de 1982 y muerto 19 días más tarde, en pleno fervor malvinista, tras caer al vacío desde un andamio. 

lunes, 4 de abril de 2011

PERFECTOS EXTRAÑOS

Estos son Fabián Rodríguez y su hija Jeniffer delante de María Agnelli, bañista eterna de la ría.


Y acá, de izquierda a derecha, asoman la cabeza Oscar Gallegos, su yerno Claudio Umbert, y su hija Alejandra.



El papá de Fabián, Domingo Rodríguez, fue herrero en Maldonado, el mismo taller ferroviario en el que Oscar trabajó como mecánico entre 1960 y 1992. Oscar, Claudio y Fabián, Alejandra y Jeniffer, no se conocían hasta hoy. Los domingos este museo puede ser la casa de esa familia paradójica: un lugar lleno de extraños, con mil historias en común.