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viernes, 9 de abril de 2021

CORTAR, AGUJEREAR, AGRUPAR

En PRENDE pasamos estas últimas dos semanas preparando las piezas de madera necesarias para armar 40 cajones de cultivo que construirán en sus casas las familias participantes de A PRENDER 40 HUERTAS, el proyecto que llevamos adelante con el apoyo del programa "Puntos de Cultura" del Ministerio de Cultura de la Nación.









miércoles, 10 de febrero de 2021

SE PUDRE TODO

La cuestión es aprovecharlo. En el museo fabricamos esta súper compostera para convertir en abono el pasto que a diario se corta en el parque de la usina. Acá vendrán a parar la yerba de los mates matutinos y los restos de alguna comilona, para volverse humus de nuestras huertas. Nada nuevo para Ale Gallardo, Gisela López, Caro Pagela y tantas otras mujeres del Prende, que así mejoraron la tierra salada de sus patios, aprendiendo de los más grandes maneras de hacer que parecen prolongar en los barrios un remoto saber campesino.



Si le creemos a Wikipedia, "composta" deriva del latín "compositus" que significa "poner junto". En esta figura de lo que fermenta al entrar en contacto y así se transforma en materia fértil, una pensadora como Donna Haraway invita a imaginar nuevas formas de relación con el mundo. "Comunidades del compost", las llama, en las que antes que humanos nos reconoceríamos "terrícolas", seres en simbiosis con otros bichos, y en las que el suelo ya no sería ese recurso que algunos se apropian, explotan y agotan en busca de beneficios que se distribuyen de modo muy desigual, sino un lugar maravilloso y a la vez difícil, a veces incluso terrible, pero en el que aún serían posibles parentescos inesperados, lazos de co-creación y co-devenir.





(Sí, en un museo también se lee, y el verano es un momento propicio para dejar que el gusano de la duda nos coma la cabeza, la pudra y, con algo de suerte, la fecunde).

sábado, 28 de enero de 2017

UNA PINTURA QUE FLOTA

Ya saben, en este museo se navega. Cañería plástica, lienzo y esmálte sintético le alcanzaron a nuestro amigo Guido Poloni para armar este kayak que usamos para salir a remar cuando está lindo. Casi una pintura que flota.



martes, 26 de abril de 2016

MÁS SOBRE LOS APARATOS DE BLOQUEO

Aldo Petrella se enteró de que estamos trabajando en la reparación de aparatos de bloqueo, y nos envía la patente del invento que Francis W. Webb y Arthur Moore Thompsom, de Crewe, en el condado de Chester, Inglaterra, registraron el 27 de mayo de 1890 ante la Oficina de Patentes de los Estados Unidos de Norteamérica. Aquí algunas de las páginas del documento. ¡Gracias, Aldo!




viernes, 22 de abril de 2016

VÍA LIBRE


¿Cómo sabía un maquinista que no venía otro tren por la vía? Pregunta de vida o muerte. Para saber es que se inventaron los “aparatos de bloqueo”. Había uno en cada estación ferroviaria. Nestor Ibarra se acercó al museo con la idea de hacer funcionar los que guardamos en nuestra colección, "para que la gente conozca de qué se trataba esto". Así, pusimos manos a la obra.


Como tantas otras cosas de la Edad de Hierro del capitalismo, los aparatos de bloqueo están hechos para durar. Una cosa es verlos en fotos, como ustedes ahora, y otra muy distinta tantear su peso. Se necesitaron unos cuantos brazos para cargarlos del depósito al taller. Por suerte, los alumnos del curso de conducción de locomotoras de la Fraternidad llegaron para ayudar. Néstor los conoce a todos porque fue su profesor. Aunque los aparatos de bloqueo ya no se usan en nuestra región, y en pocos lugares su empleo permanece vigente, aún forman parte del RITO, el Reglamento Interno Técnico Operativo que rige el transporte ferroviario en nuestro país, de manera que aprender sobre su funcionamiento sigue siendo de rigor para todos los conductores. Tras su coraza de fundición, estos aparatos esconden un modesto pero confiable cerebro decimonónico. Un mecanismo electromecánico que permite enviar y recibir impulsos eléctricos. Mientras lidia con galvanómetros y circuitos corroídos, Nestor intenta explicarnos cómo era que funcionaban:

"Antes de despachar un tren, cada estación debe comunicarse con la estación siguiente, a fin de determinar que la sección de vía a recorrer se encuentra libre". En otros tiempos, "esta comunicación se realizaba mediante una señal eléctrica enviada desde la estación de destino a la estación de partida a través de estos aparatos de bloqueo, que estaban conectados entre sí, de una estación a otra, por un cable eléctrico". Dicha señal permitía al maquinista retirar del aparato de la estación de partida un 'bastón piloto', conocido en la jerga ferroviaria como 'palo staff', que debía ser introducido luego en el aparato de la estación siguiente. "Al retirar el palo de la estación de partida, el dispositivo impedía que se saque otro en cualquiera de los extremos de la 'sección de bloqueo', hasta tanto no se hubiera ingresado el mencionado bastón en el aparato de bloqueo de la estación de llegada (o, si por algún motivo el tren no salía, hasta tanto no se reintrodujera en el aparato de la estación de partida). Sólo entonces quedaba liberado el tramo de vía simple para ser recorrido en una u otra dirección." Un sistema "a prueba de tontos y distraídos", pero que requiere contar con personal en todas las estaciones, un "costo" que las concesionarias que se hicieron cargo de los trenes tras la privatización de Ferrocarriles Argentinos no estaban dispuestas a asumir.



Con estos aparatos venía un teléfono cuya campanilla Ibarra creció escuchando. Su papá era el jefe de la estación Empalme Piedra Echada. Con el tiempo, el hijo de aquel jefe se convirtió en conductor de trenes, en ingeniero mecánico y en maestro de otros conductores. Ahora que Néstor tramita su jubilación, la campanilla volvió a sonar en su cabeza, convocándolo a atender una tarea que alguno pensará absurda o inútil pero que para nosotros es fundamental. En un museo taller, la historia se parece a una máquina oxidada cuyo funcionamiento es todo un enigma.

viernes, 22 de enero de 2016

YO SOY BENTEVEO





El último sábado, junto a nuestro amigo Ezequiel Semo, fuimos a Saldungaray a conocer el taller de Adolfo Ferreira. Llegamos, por las dudas, después de la siesta, pero como intuíamos, a esa hora Ferreyra tampoco descansa.

“Del museo Ferrowhite”, le decimos, “venimos a conocer el cochemotor”. Y en eso estaba precisamente Adolfo, esa tarde calurosa. Una "idea loca" que de a poco va tomando cuerpo: fabricar un vehículo doble comando con capacidad para 26 personas. Ya están listas las ruedas y el chasis. La idea es andar por la vía entre Carhué y Epecuén "o por donde la Comisión Nacional de Regulación del Transporte me habilite". Y si no, "lo corto en pedacitos y lo vendo como souvenir”, bromea. 

Adolfo trabajó un año en los talleres de Boulogne del ferrocarril Belgrano. Entró de peón y terminó siendo jefe de cuadrilla de relevo, haciendo la reparación de los coches de pasajeros en el turno de la noche. Desde hace 35 años vive en Saldungaray. En la esquina de Pellegrini 107, atiende junto a sus hijos la carpintería que ocupa el edificio de la antigua Farmacia de las Sierras. Ahí fabrican, entre otras cosas, puertas, muebles, alacenas y ruedas para carruajes. La carpintería no ocupa sólo el salón sino que se extiende por el patio: sierras, tupís, tornos, agujereadoras y otras herramientas de todo tipo y tamaño se entreveran con árboles de ciruela, fierros y lonjas de madera cortadas ahí mismo y apiladas.



Como las pestañas de las ruedas de un tren que se balancean sin tocar el riel, la conversación hace equilibrio entre temas varios. Adolfo pasa de explicarnos cómo funciona el cochemotor que está fabricando -“sencillo, para que cualquier mecánico pueda arreglarlo”- a los problemas del transporte en Argentina, muchos menos fáciles de resolver: camiones muy grandes y autos veloces sobre rutas hechas para carretas como las que él repara. De mostrarnos el barco que hizo para la escenografía de un acto escolar (cuyo efecto de navegar entre olas no pudo ver porque era él mismo quien lo hacía funcionar), a contarnos el chiste de un paisano que al bajarse del tren en Retiro encuentra una locomotora manicera y empieza a golpearla diciendo que “a estas hay que matarlas de chiquitas, porque de grandes te arruinan el ganado. A mí ya me mataron tres.”

Ir a conversar con Adolfo no es hacer una entrevista del modo convencional: no concertamos una cita, no llevamos grabador, no tenemos en mente una serie de preguntas insoslayables. En este caso el orden, “el despacho” de la información, como diría Semo, adquiere una forma particular. Sucede a medida que se muestran unos bocetos, se acciona una palanca o se dibuja, o se cuenta, a medida que se conoce al interlocutor: “¿Vos qué sos, carpintero o benteveo?”, le pregunta a Guillermo. Y enseguida distiende, “yo soy benteveo”.



Lo ponemos al tanto del proyecto que estamos llevando adelante en la Rambla de Arrieta de construir mobiliario exterior con viejos durmientes de ferrocarril, y de los problemas que surgen de enfrentar en la práctica una madera tan pesada y dura. “¿Cómo se corta, cómo se agujerea el quebracho?”, preguntamos entre urgidos y esperanzados. Adolfo pone a disposición lo que aprendió en los tres años que hizo en la escuela industrial Raggio pero sobre todo lo que experimentó en sus treinta y cinco años de oficio. “Mejor si está mojado”, dice, y enseguida aclara "no es que sea un genio”. Descubrió ese yeite luego de que una lluvia de invierno le empapara una pila de durmientes que tenía en el patio lista para cortar. “Y se cortaban como manteca”. Como un alquimista generoso, nos revela uno de los descubrimientos de su laboratorio a cielo abierto. Acaso porque sabe que para aprender carpintería hay que mirar “lo que se hizo antes”. "Descular un oficio" como se devana un ovillo de lana o se desarma un vagón de madera, empezando justo por el final.

miércoles, 13 de enero de 2016

¿Y QUÉ QUIEREN? CON EL CALOR QUE HACE


Estamos probando nuestras balsas de bidones para una visita sorpresa. Novedades en breve.

viernes, 10 de abril de 2015

ADÁN



Mañana 11 de abril, aniversario de la fundación de nuestra ciudad, Ferrowhite va a estar cerrado, pero el domingo te invitamos a pasear en bote. Subite al Adán, el botecito que adaptamos para dar paseos por el parque del castillo bajo el comando de nuestro marinero experto, el gran Roberto Orzali.

La embarcación fue donada por los familiares de Adán Vogel, quien la construyó para que sus hijas paseen por las aguas mansas de un tanque australiano, allá en un campo de La Pampa.

viernes, 27 de marzo de 2015

ORDENATUTTI


Así quedó el Ordenatutti y brindamos por eso.

sábado, 21 de marzo de 2015

¡LA SOMBRICARPA!

En La Rambla de Arrieta el verano dura un ratito más. Miren el invento que pergeñó Angel Caputo, ex trabajador de la usina General San Martín: la "sombricarpa", una sombrilla que se convierte en carpa cuando el clima lo requiere, con el simple agregado de una lona con arandela al medio. Practiquísima. Y exclusiva de La Rambla de Arrieta




miércoles, 18 de marzo de 2015

DESORDEN Y PROGRESO

Bueno, claro, este museo es también, a fin de cuentas, un intento de orden. Una institución que responde al impulso, a veces contradictorio, de conservar ciertas cosas y, a la vez, de ponerlas a mano, de volverlas disponibles según cierta lógica.

Luego de la gira loca reparando carteles en estaciones ferroviarias, los últimos días los pasamos adentro, dedicados a la difícil tarea de fabricar espacio. Porque todo orden suele demandar lugar y ese lugar, cuando no falta de manera irremediable, hay que producirlo.

Así que acá van algunas fotos de nuestro último invento con maderas de obra que nos trajo la marea: el Ordenatutti, una biblioteca, mueble, estantería, artefacto -llámenlo como quieran-, "para dar estilo al caos".




martes, 17 de marzo de 2015

ORDENATUTTI

Fabricando esto:






viernes, 4 de julio de 2014

EL PATRIMONIO EN EL BANQUILLO

Este museo se armó con herramientas que algunos ferroviarios, a veces sin permiso, se llevaron a su casa para tomarse el trabajo, después, de traerlas acá. Todavía en buena medida funciona así. Pero puede que hoy por hoy el gran donante de objetos de esta institución no sea una persona sino el mar. Por esa lengua de ría que lame la platea de hormigón sobre la que se levanta el castillo, llegan cientos de cosas a diario. Restos, dirá alguno, de ese naufragio en perpetua expansión y fuga que llamamos capitalismo. Aparecen cascos, neumáticos, granos de soja, cartones de vino y, cada tanto, puntales y placas fenólicas que la marea arrastra desde el flamante muelle de la cerealera Toepfer o las suspendidas obras de la minera Vale. Con esas maderas, en este museo fabricamos cajas de herramientas, mesas de bar, bancos como el que les mostramos en esta entrada y algunas de las piezas de un juego, el Mecano de la Marea, que nos sirve para estudiar el movimiento portuario junto a las escuelas que nos visitan.


¿Pero por qué valdría la pena incorporar estos deshechos a la colección de un museo? Porque, trabajo mediante, un puntal de obra es la punta de un ovillo. La astilla de un árbol de relaciones que nos lleva, por el espacio y a través de las épocas, del flamante muelle de una cerealera trasnacional a la infraestructura y las labores que han facilitado, a lo largo del tiempo, el negocio agroexportador, con sus cambiantes protagonistas, con la renta, a menudo extraordinaria, que ha sido capaz de generar, y su desigual apropiación por parte de los capitalistas, los trabajadores, la comunidad y el Estado.

Silos, rutas, vías, elevadores y muelles; cosechadoras, trenes, camiones y barcos; peones, chacareros, latifundistas, agrimensores, agrónomas, genetistas, camioneros, maquinistas, operarios, ingenieros, contadoras, contratistas, albañiles, ejecutivos, delegados sindicales, corredores de bolsa, legisladores, funcionarios, fomentistas... todo un mundo encuentra sostén en este puntal que ponemos en tus manos, pero comprender eso depende en un punto de que hagamos algo con él, entre él y las demás cosas que pueblan este museo, entre él y aquellos que brindan  testimonio sobre su vida y trabajo, entre ese preciso puntal y los brazos que se organizan en este lugar para darle un uso imprevisto. Porque en un museo taller se vive con la sospecha de que, en definitiva, sólo es posible conservar aquello que se transforma. Habría que considerar, en todo caso, el cuidado amoroso del conservador hacia los objetos como un primer acto de transformación en relación con las condiciones de obsolescencia y deterioro a las que se ven sometidas la mayor parte de las cosas fuera de un museo. Por lo pronto, el humilde puntal de pino paraná que por accidente o descuido se dejó caer al agua, encuentra hogar entre nosotros, pero también perspectiva histórica, rodeado de cientos de voces y miles de papeles, junto a durmientes de quebracho misionero y relojes de roble francés que alguna vez cumplieron su función dentro del gran mecanismo.


Construir con puntales en este museo municipal implica hacer propias, transformar y en ese acto volver -en modesta medida- una cuestión pública, la lógica y las prácticas de la escasez, para reconfigurar a partir de la parte descartada una imagen de conjunto que, aún en su parcialidad, nos ayude a advertir las continuidades pero también los desequilibrios, los conflictos y las alternativas a un orden que suele negociar en el cambio su permanencia. Misión, para qué les vamos negar, poco menos que imposible, pero a la que vale la pena, creemos, ponerle algo de banca.

¿Y el banquito? El banquito es un punto de apoyo provisorio. Un lugar para deshacernos por un rato de lo que traemos entre manos, para tomar distancia de las cosas que nos ocupan, descansar de ellas o estudiarlas mejor. El banquito es también la oportunidad portátil de tomarnos un respiro y apoyar el culo para empollar una idea. Y es el escalón donde hacer pie, después, para pegar el salto.


jueves, 3 de julio de 2014

PASO A PASO


Desde que los puntales salen del agua, el Bancatutti paso a paso.