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domingo, 17 de julio de 2011

LA GRAN TRANSFORMACIÓN

Leandro Alonso (el cuarto desde la derecha) y sus compañeros de
2ºA Polimodal de la Escuela de Comercio de Bahía Blanca

¿Cómo comprender un paisaje como este que nos rodea, hecho de puentes, chimenea de ladrillos, inmensos elevadores de cereal, castillo-usina en ruinas, playita a punto de ser rellenada, muelle de más de un kilómetro de longitud con inmenso buque rojo amarrado en su extremo, planta de silos atiborrada de camiones, chimenea de central termoeléctrica con chorro de humo blanco en su cúspide?

¿Cómo hacer "sentir" - a través de lo que se ve, lo que se oye, lo que se huele - que la retórica del "vaciamiento" producido por las privatizaciones de los años 90 enmascara, en realidad, la puesta en marcha de otro sistema productivo, en pleno funcionamiento?

¿Cómo y a través de qué vueltas se puede hablar tanto del modelo agroexportador a principios de siglo XX como del auge de la actual agroindustria extranjerizada?

El viernes 15 de julio vinieron los chicos de 2º A polimodal de la Escuela de Comercio dependiente de la UNS junto a la profesora Patricia Jorge para pensar y analizar, desde el entorno y la muestra misma del museo, el impacto de la reforma del Estado en el ferrocarril a escala local: el predominio del transporte por camiones en el puerto, el cierre de talleres ferroviarios y del galpón de máquinas de Ing. White, jubilaciones anticipadas, retiros "voluntarios" y despidos masivos, la contundente presencia de industrias que generan poco empleo, mucha riqueza que no se queda e inconmensurable impacto en el ambiente, el funcionamiento de los ferrocarriles privatizados en función de la exportación de granos, de la industria petroquímica y la minería...

Todo esto que se formula así de un modo general se basa en historias con nombre y apellido: algunos de los videos producidos en el museo dan voz y rostro a quienes testimonian su propia vivencia de esa historia; y Pedro Caballero, presente, cuenta también su historia.

Cuando termina, uno de los chicos se acerca a Pedro y le dice:
- mi abuelo también fue ferroviario y trabajó acá en White
- ¿Cómo se llama tu abuelo? - pregunta Pedro
- Alonso

¡Alonso! A Marcelino Alonso lo habíamos entrevistado en mayo de 2006. Este es el video que armamos en ese momento:

sábado, 18 de junio de 2011

UN ACCIDENTE EN EL GALPON DE MAQUINAS, ABRIL DE 1976


Abril de 1976. El galpón está en manos de los militares. Como tienen que sacar rápido una cierta cantidad de máquinas, ordenan a dos mecánicos hacerse cargo de la limpieza del tablero de una locomotora, y como hay apuro, el trabajo se hace con la máquina encendida no más: Ruiz comienza a pasar solvente, se prende fuego, Padellaro se acerca, Ruiz en la desesperación lo abraza, los dos en llamas se lanzan a la fosa contigua, en la que hay grasa y combustible.

Ruiz muere casi de inmediato, Padellaro alcanza a llegar, en un avión de la marina, al Hospital del Quemado en Buenos Aires, conversa todavía con su mujer y sus hijas, y muere recién dos días despues, el 13 de abril, con 49 años.

Siguiendo con una tradición ferroviaria, dos años después, una de las hijas de Padellaro, Viviana, ingresa como secretaria en Talleres Bahía Blanca Noroeste.

Su esposa, Anita Muñoz de Padellaro conserva dos recortes de diario, uno de un diario de Viedma, el otro de La Nación. De La Nueva Provincia tiene, sí, el recorte con el Agradecimiento por las expresiones de condolencias recibidas.


martes, 26 de abril de 2011

1884: EL TREN DE LA HISTORIA PASA DE LARGO

La conmemoración de la llegada del ferrocarril a Bahía Blanca, el 26 de abril de 1884, tal vez opaca el hecho de que aquel tren que muchos bahienses esperaban en el andén, en realidad, pasó de largo.

Plano de la Estación "El Puerto", tal como se reproduce en la pagina 99 de la Historia del Ferrocarril Sud de William Rogind.

Al parecer, no se trató de uno sino que fueron dos los trenes que arribaron a esta zona el 25 de abril, alrededor de las siete de la tarde, un día antes de los festejos previstos frente a la Municipalidad para la tarde del 26. Sólo la segunda formación ferroviaria se detuvo unos minutos en la estación Bahía Blanca Sud (1). La primera, en cambio, con el Gobernador Dardo Rocha entre su pasaje, continuó sin detenerse hacia la estación El Puerto (hoy Ingeniero White), donde la empresa británica Ferrocarril Sud (Great Southern Railway) concentraba sus instalaciones e intereses.

Allí una “suculenta cena” servida en el mismísimo Galpón de Locomotoras aguardaba a los visitantes. La inauguración oficial de la línea se realizó a las 12:30 hs. del día siguiente, en ese mismo galpón, con un gran almuerzo que consistió en:

Banquet Hors d´oeuvre – Canapés d´Anchois – Xerez
Potaje Prentanier á la Royale
Relevé Pescaret á la Normande - Aut. Sauterne
Entrées chaudes Bouchées á la Reine – Filet Durham aux Champignones –
Sauté de Volaille a la Perigueux – St. Emilion
Entrées Froide Aspic de Foie Grass Belle-vue – Bourgogne
Punch a la Romaine – Legume Petit pois á la francaise
Rot – Dinde á l´anglaise
Entremets Mille Feuilles á L´italienne – Gateaux de París – Champagne
Glaces - Napolitaines – Fruit frais glàce – Oporto – Café – Liqueurs (2)

Presidían una mesa con más de doscientos comensales, el Gobernador, Dr. Dardo Rocha; el Ministro de Hacienda de la Provincia, Vicente Villamayor; el Presidente del Directorio del Ferrocarril Sud en Londres, Frank Parish; su Secretario C. O. Barker; el Presidente de la Comisión Argentina de la empresa, Guillermo Moores; el Gerente General de la empresa, George Cooper; y el Canónigo Benjamín Carranza, quien bendijo los alimentos.(3)

¿Estaban los trabajadores del galpón invitados al banquete? Nada dicen las fuentes.


La playa de maniobras de Ingeniero White, alrededor de 1940. 
Abajo y al centro, el galpón de máquinas del Ferrocarril Sud.

(1) “Bahía Blanca ha sido, en los días 25, 26 y 27 una verdadera romería. (…) La llegada del tren inaugural tiene preocupada la atención pública y solo espera el pueblo la menor señal para encaminarse a la estación, a recibir al coloso monstruo, emblema eterno del progreso de estos últimos siglos. No menos de ochocientas personas están en el andén de la estación...  Al poco rato se oye un ¡ahí viene!... A este grito responden mil voces que atronan los aires con el hurra más espontáneo y entusiasta que se haya dado entre nosotros. El tren se deslizaba rápidamente por el camino de hierro que termina en el puerto. La obra se había consumado y los hombres con sus semblantes alegres y como poseídos de cierto orgullo por tan grande obra, así lo manifestaron. Sin embargo hubo un pequeño descontento, que desapareció casi enseguida, cuando llegaron hasta nosotros unos delegados del Gobernador que explicaron la causa por la cual había seguido hasta El Puerto el tren y no había parado en la estación (Bahía Blanca), como el pueblo lo esperaba y la razón lo aconsejaba.” Diario El Reporter,  Bahía Blanca, 28 de abril de 1884.

(2) “Días atrás habían llegado, en tren, cocineros y mozos, de la empresa de los hermanos Roverano, amén de las correspondientes ‘vituallas’ a utilizarse en el banquete y en el buffet del baile oficial.” Héctor Francisco Guerreiro, Los Ferrocarriles en Bahía Blanca (volúmen 2, F.C.S. – F.C.R.P.B), en prensa.

(3)  William Rogind, Historia del Ferrocarril Sud, Establecimiento Gráfico Argentina S.A., Buenos Aires, 1937.

martes, 30 de noviembre de 2010

IL CAPO DI TUTTI I CAPI

Año 1990: una comitiva llega desde Japón a Talleres Bahía Blanca Noroeste para evaluar la posibilidad de comprarlos. Sus anfitriones los reciben y posan con ellos para la foto.

 Di Matteo, Temperini, De Simón, Martínez y Rial, y los japoneses visitantes


Hace un tiempo, mirando esta foto, caigo en la cuenta que ya los había entrevistado a todos: a De Simón  (Jefe de Talleres Bahía Blanca), a Di Matteo (Jefe de la oficina de Control de Calidad), a Martínez (Jefe de la oficina de Personal), y a Rial (Jefe de Almacenes Bahía Blanca). ¿Y quién es ese señor, de camisa celeste y lentes, que está parado tercero desde la izquierda, entre Di Matteo y De Simón?

Hoy fuimos a verlo. Y resultó ser nada menos que Darío Aldo Temperini, quien en el momento de la foto se desempeñaba como Coordinador de Mecánica del Ferrocarril Roca, y que había sido Superintendente, Jefe de zona y Subgerente del ferrocarril Roca-Sarmiento.

Darío Temperini y su señora Juana Costanzi

A lo largo de casi tres horas de conversación, recorriendo los TBBNO, el Galpón de locomotoras de Ing. White, Taller Maldonado, el ferrocarril Patagónico en Puerto Madryn, el taller del Maitén, y Olavarría, una idea volvió una y otra vez sobre la mesa: desde la época del plan Larkin el error fue pensar que el ferrocarril tiene que ser solamente un lucrativo negocio: el ferrocarril presta también un servicio público y parte de sus ganancias, son como las ganancias que deja un hospital, o una escuela.

Y una anécdota, de Talleres Noroeste: un oficial le pide a su aprendiz que adose una percha metálica en la puerta de su taquilla. El aprendiz clava y remacha. Cuando el oficial se acerca protesta: 
- ¿por qué la clavó, y no le puso un tornillo?
- Con el clavo queda más firme, respondió el aprendiz.
- Pero si me voy, puedo desatornillar y llevarme la percha.
- ¿Cómo? ¿Usted planta un árbol y cuando se va, lo arranca y se lo lleva?, replicó el aprendiz.
El oficial calló. Y luego dijo:
-Usted me acaba de dar una lección.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

UN ASADO DE FIN DE AÑO EN EL TALLER DE GALPON WHITE - 1988

Foto: Néstor Pulles

¿Cómo se habitaba un espacio de trabajo como el de este taller como este, construido a principios de siglo por la empresa Ferrocarril Sud?

En el taller que está junto al galpón grande, en Galpón de Locomotoras de Ingeniero White, mecánicos, electricistas, movedores, hicieron su asado de fin de año en diciembre de 1988 bajo las cabriadas, frente a los ventanales de medio punto, y entre columnas para las transmisiones, chimeneas para fraguas y salamandras. Ellos son Espósito, Alvarez, Genovali, Colace, Gómez, Topa, el Ing. Munke, Pulles, Misevich, Eulech, Leyes, Di Falco y otros cuyos nombres ahora no podemos precisar.

lunes, 26 de octubre de 2009

PULLES

Néstor Pulles se presentó como un ex ferroviario curioso que venía a conocer el museo y sacar algunas fotos. Al final, nosotros terminamos prguntándole a él  -que trabajó en Talleres Maldonado hasta 1960 y en el galpón de White, en Superintendencia hasta 1992-  un montón de cosas sobre las locomotoras diesel-electricas, sobre los locales que corrieron hasta fines de los  80, y sobre  ferroviarios que no podíamos terminar de identificar en algunas fotos.

Se fue en el 92, cuando empezaron los retiros voluntarios.

Cuando llegaron los privados, y vi que a los más capaces los dejaban ir -me dijo- me di cuenta de que eso así no estaba bien.

Nos prometió fotos de locomotoras: esperemos que elija en particular las que con más frecuencia andaban dando vueltas por estas vías  .

jueves, 11 de diciembre de 2008

UN DOCUMENTAL EN VIVO EN EL MUSEO TALLER

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Como si fuera una locomotora que acabamos de alistar, ya tenemos preparada esta nueva obra de teatro documental.

La bomba de vacío de la locomotora Baldwin Lima Hamilton recuperada.
Los objetos y los artefactos de Pedro Caballero.
Las herramientas que comparte con sus compañeros del galpón de máquinas, Hugo Llera, Manuel Montes y Pietro Morelli.
La experiencia de hacer "documentales" en vivo de Natalia Martirena, Marcelo Díaz y Vivi Tellas, que son quienes dirigen esta obra.
La presencia constante del director de este museo-taller, Reynaldo Merlino, y de todo el equipo de Ferrowhite.

martes, 20 de febrero de 2007

EN INGENIERO WHITE HAY CIENTOS DE MUSEOS FERROVIARIOS

Ana Miravalles, Marcelo Díaz, Nicolás Testoni



Ferrowhite es un museo que aloja herramientas y útiles recuperados tras la privatización y el desguace de los ferrocarriles en Ingeniero White, Bahía Blanca y su región. Estas piezas, provenientes de distintos talleres y dependencias, conforman una suerte de rompecabezas. Saber cómo y para qué se utilizaban esas herramientas, de qué modo se organizaba el trabajo en el que se empleaban, y por sobre todo, quiénes las utilizaban, depende en gran medida del relato de los propios trabajadores ferroviarios. De allí que una de las actividades básicas del museo sea la realización de entrevistas. Lo que en esas entrevistas aparece, sin embargo, es mucho más que información técnica. Cada voz testimonia una experiencia y va tramando con las otras una compleja red de identidad y disenso, de solidaridades y conflictos. Esa red, podría pensarse, es el retrato vivo que una comunidad hace de sí misma. Hoy, sin embargo, tal comunidad ha dejado de ser un dato, algo que podamos dar por descontado. La reducción del ferrocarril a la medida de los intereses de sus concesionarios privados es una de las principales razones históricas por la que el sentido del término “comunidad ferroviaria” se haya vuelto también una suerte de rompecabezas. Por eso la otra actividad básica y continua del museo es la puesta en circulación de estos testimonios a partir de su cruce con múltiples soportes y lenguajes: cuadernos, volantes, videos, muestras, performances, instalaciones y, últimamente, obras de teatro intentan la apertura de un espacio de aparición de relatos colectivos que permita descubrir, tras las palabras, o por las palabras, un espacio para la acción común.

Una memoria colectiva sería en principio plural. No solo en cuanto a sus contenidos -todos los ferroviarios cuentan historias distintas-, o a sus formas -hay historias que todos cuentan, pero nadie las cuenta igual-, también en términos de los recursos y procedimientos que se ponen en práctica: en Ingeniero White hay cientos de museos ferroviarios. Osvaldo Ceci tiene uno, debajo de su cama. De allí salen cajas con capertas repletas de volantes, boletines y cartas de reclamo acumulados durante más de treinta años de militancia partidaria y sindical. Y allí acude Osvaldo, que era jefe en el galpón de locomotoras de Ingeniero White, cuando tiene que explicarnos el Plan Larkin, las huelgas del ’58 y el ’61. Una sola frase, en su voz potente, vuelve todos esos papeles documentos de candente actualidad: “Aún no está escrito que no se pueda ganar”.

El museo de Mario Mendiondo, soldador, está en otra parte. Todos los domingos después de almorzar, Mario sale de su casa y recorre 20 cuadras a pie hasta llegar al cementerio. Allí visita, puntual, las tumbas de sus amigos y conocidos ferroviarios. Son más de doscientas. La historia del ferrocarril que Mario cuenta varía con el itinerario elegido. Lo que importa, dice, es el propio movimiento, mantener ágiles las piernas y la cabeza. Su museo no es el cementerio sino esa costumbre de recorrer recordando.

El museo de Pietro Morelli, carpintero del galpón, comienza (o termina) con una placa radiográfica: “este es mi corazón”, y continúa con los pedazos de durmiente de quebracho y viraró que conserva en el taller de su casa. La radiografía registra el esfuerzo tremendo de trabajar con esas maderas cuando en el galpón no había sierras eléctricas, y todo tenía que hacerse a serrucho. Aunque el recorrido por el museo Morelli incluye también la madera de una guitarra de sonido dulce -“Yo quise ser carpintero porque quería hacerme una guitarra”-, la de Pietro no es la historia de un cantante frustrado, es la de quien siguió cantando después de que el bocinazo de una locomotora Baldwin le destrozara un tímpano. Los objetos que Pietro guarda están ahí para recordarnos que sin haber sido jamás escrita, esa historia se encuentra ya, en cierta manera, grabada en su cuerpo. Cada memoria supone un modo de conservar o recuperar el pasado y un modo de utilizarlo, de actualizar ese pasado en el presente. La posibilidad de lo común estaría en ligar, no de una sino de mil maneras, el pasado al presente y el futuro.

“3951 Jilguero, 3961 Mirlo, 3952 Tordo, 3962 Cóndor, 3953 Churrinche, 3963 Águila, 3954 Chajá, 3964 Flamenco, 3955 Chorlito, 3965 Martineta, la 3956 Ruiseñor, 3966 Cardenal, 3957 Charrúa, 3967 Calandria, 3958 Picaflor, 3968 Gaviota, 3959 Golondrina 3969 Zorzal, 3960 Ñandú , 3970 Garza.”

Lo anterior no es la cita de un poema experimental, es una lista de nombres de locomotoras a vapor en la voz de Pedro Caballero, ferroviario de memoria prodigiosa. Pedro llega al museo en bicicleta, dona las más variadas revistas, innumerables herramientas del galpón que ha guardado muchos años en el patio de su casa, y habla con nosotros. Horas y horas. Pedro no sólo recita los nombres de las “vaporeras” que dejaron de circular en los ‘70, también el de los ministros desde el primer gobierno de Perón hasta el presente, el de los intendentes de Bahía Blanca desde el ‘45 hasta el presente, y el de los compañeros fallecidos en los últimos años tanto del galpón de locomotoras como del taller Maldonado (“...todos los que se murieron, los voy llevando en un cuadernito”). Pedro cultiva un proliferante “lirismo de archivo” (suponiendo que algo así pueda existir), un placer por enhebrar palabras y objetos en catálogos orales ritmados (¿alguien recuerda el recuento de las naves aqueas en la Ilíada?). Todos admiramos su memoria y su velocidad para engarzar un nombre tras otro sin aparente esfuerzo. A Pedro lo apasiona la historia, y lo demuestra de ese modo, espectacularmente, agregando como en una coda: yo me acuerdo de todo, y hasta él mismo se asombra al decirlo. Pero la memoria de Pedro Caballero luce, más que en esos listados (que si por un lado ordenan y conservan datos, por el otro borran particularidades) en el fechado preciso de acontecimientos de todo tipo (práctica más extravagante, y en principio, inútil).

La costumbre de Pedro de recordar con precisión y no dejar detalle fuera tiene, al parecer, dos movimientos: comienza por fechar lo extraordinario (el choque de una locomotora con un auto que traía dos ministros, día y hora exactos) y continúa en el deseo de volver extraordinario todo lo que fecha (la última vez que viajó a Buenos Aires hace un mes, hora exacta de partida y llegada, temperatura y cantidad aproximada de kilómetros recorridos a pie desde Constitución hasta el Monumental de Nuñez). Desde su pasión desbordante por la historia, alimentada por revistas semanales y enciclopedias, Pedro desemboca en la poesía. Y esa pretensión que parece inocente (recordar todo, y para hacerlo, singularizar todo) es profundamente subversiva, es la voz del que no deja que la historia se vuelva una sucesión de acontecimientos que se encadenan “naturalmente”. ¿Quién es capaz de acarrear cuatro tornillos y una llave inglesa de fabricación industrial y donarlos al museo diciendo “esto es histórico”? Pedro Caballero ¿A quién le importa que no se olvide el nombre de todos los ferroviarios que trabajaron en el galpón de locomotoras? a Pedro Caballero. Porque el reverso de las series que se recitan es la extrema precisión que singulariza. En vez de mil doscientos ferroviarios: Aliaga, Alonso, Marcaccio, Samataro, y así... No es que la memoria de Pedro trabaje desde el absurdo, todo lo contrario, se apoya en algo semejante a lo que Duchamp consideraba lo “infradelgado”, que es aquello que en un mundo que masifica y produce objetos en serie hace de cada cosa algo único e irrepetible. Lo “infradelgado” no es un atributo de las cosas aisladas, es producto de una relación. ¿Y no es acaso necesario contemplar miles de razones económicas, tecnológicas, políticas, climáticas, psicológicas, azarosas, etc, para que se produzca ese acontecimiento único que es su llegada a Buenos Aires y su caminata hasta la cancha de River? ¿No es eso algo digno de asombro? Pedro recorre el ruido de la historia, lo que ya no se escucha, y de ahí trae objetos, nombres, historias. Por eso no debería sorprender que tras el vozarrón épico de Osvaldo Ceci repasando treinta años de lucha ferroviaria, asome la voz de Pedro Caballero contando la vez que en el andén lleno de ferroviarios un gorrión se paró en la cabeza del legendario Samataro, y todos se quedaron un instante inmóviles y en silencio, “a las dos de la tarde”. Tras el haiku ferroviario, el dato preciso. Porque lo que el acontecimiento tiene de irrepetible e irreductible al sentido, también lo tiene de datable: no fue a la mañana, no fue a la noche, no fue en el campo; fue en el andén, a las dos de la tarde, el momento exacto en que tantas variables confluyeron para que suceda lo extraordinario, lo que no estaba en los planes de nadie, y un gorrión suspendiera el movimiento del mundo. Y así como un gorrión pudo parar la respiración de tantos ferroviarios en un andén (ahora imaginamos que es la voz de Ceci la que retoma el relato), también unos cuantos miles de ferroviarios y sus familias, perseguidos, reprimidos y encarcelados por el ejército, pero organizados, pudieron parar el país, y el plan Larkin, y los deseos del Banco Mundial, y del gobierno de los Estados Unidos. Y eso tampoco estaba en los planes de nadie.


Nota
Osvaldo Ceci, Mario Mendiondo, Pietro Morelli y Pedro Caballero trabajaron en el galpón de locomotoras de Ingeniero White. Juntos conformaron uno de los elencos de “Nadie se despide en White”, experiencia realizada en el museo en diciembre de 2006. “Nadie se despide en White” fue “un documental en vivo”, en el que vecinos repartidos por el predio de la ex usina General San Martín, contaron al público sus historias, bajo la coordinación de la dramaturga Vivi Tellas y un grupo de directores teatrales. Este texto retoma algunas de las entradas al blog en el que se narra esta experiencia www.undocumentalenvivo.blogspot.com