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martes, 22 de febrero de 2011

UNA PLAYA TOP



La Rambla de Arrieta es la Rambla de María Gabriela, la Rambla de Titi, Atilio, Ida, Dante, Jessica, Juan Carlos, Natalia, Gustavo, Sandra, Miguel...

lunes, 22 de marzo de 2010

LA DICHA EN MOVIMIENTO

Esto pasó el sábado durante la "Noche de los Museos".


Cuando en los 60 alguien hablaba de la “noche del puerto”, con seguridad se refería a bares, cantinas y cabarets que podían permanecer abiertos hasta bien entrada la madrugada. El combustible de aquella farra corrida ardía en los bolsillos de la mano de obra empleada en la estiba y en el ferrocarril, en el de las tripulaciones de los barcos que permanecían semanas cargando cereal o fruta, y por supuesto, en el de todos los bahienses en plan de reviente.

Hoy el puerto tampoco duerme. Pero su noche es otra. La fabricación de pelets de polietileno, la carga de granos o la pesca en alta mar no distinguen las horas del día. Cuando en este lugar se habla de procesos “altamente automatizados” no se alude simplemente a la menor cantidad de trabajadores involucrados en cada tarea, sino también, y sobre todo, a vidas humanas asimiladas casi por completo al ritmo de funcionamiento de las máquinas. Los operarios que, como Marcelo Bustos, pasan meses en alta mar trabajando 12 horas y descansando cuatro, en forma rotativa, pierden inevitablemente la cuenta de los días.

Es a esa noche a la que el museo asoma, desafiando un poco la lógica de funcionamiento cerrado -con entradas y salidas bajo control estricto-, a la que tanto la industria como la industria del entretenimiento -cada vez más segmentada- tienden. Y no para añorar una alegría que la mayoría de nosotros no vivió, sino para volcar la fuerza de aquellas aguas en estas. Un museo atento a la historia de los que trabajan es un museo que se hace con fiesta -mal que le pese a quienes predican las virtudes morales del trabajo, la supuesta necesidad de un permanente sacrificio que, por lo general, les resulta ajeno-, porque lo que nos interesa en esa historia es también la promesa, reafirmada en cada comilona, en cada chapuzón, en cada noche de joda, de una vida por fin liberada de la obligación de yugar. El sábado diluvió. La dicha es un sentimiento que se conjuga en presente.

Algo de lo que se proyectó el sábado acá y acá.

martes, 16 de febrero de 2010

UNA PLAYA EN EL PATIO DE TU CASA



Acaso el adjetivo “autónomo” señala no tanto, o no solo, la relativa independencia de este puerto con respecto al Estado que fue su administrador pleno hasta 1993, como su progresivo aislamiento de la población que levantó sus cimientos, trabajó en él y disfrutó de sus costas ahí donde se pudo. ¿No es esa autonomía, establecida en relación con el orden local, el correlato de una mayor dependencia con respecto a las normativas y vaivenes del comercio global?

Los perímetros alambrados, la audacia de quienes los traspasan a pesar de todo, convierten a la costa de Bahía Blanca en un extraño territorio de frontera. Linde vallado que no separa a un país de otro, sino a los habitantes de un mismo lugar según tengan o no que ver con los enclaves locales a través de los que empresas de capital extranjero almacenan y despachan granos, producen polietileno o urea, eslabonando un sistema de producción que da impulso, pero al mismo tiempo parece fijar rasgos y límites al crecimiento y la distribución de la riqueza.

Juan Carlos Alesoni nació en las colonias ferroviarias que existían debajo del puente La Niña, a metros del sitio en el que grabamos esta entrevista. Para el niño Juan Carlos las vías y los elevadores, la usina y su taller, todo este lugar hasta donde la vista alcanza, formaban parte de su "patio". El patio de la "colonia", esa casa prestada por la empresa ferroviaria estatal que sus viejos, aunque ahora cueste entenderlo, sintieron siempre como propia.

A diferencia de Alesoni padre, quien trabajó casi toda su vida en la playa de maniobras de Ingeniero White, la historia laboral de Juan Carlos –que es parte de la de la Argentina de estos últimos cuarenta años-, lo ha llevado de un lado para el otro. Fue puestero en el viejo Mercado de Abasto de calle Aguado, operario en una fábrica de fideos, ordenanza en La Nueva Provincia, chofer de camiones para YPF y de colectivos para las compañías Coronel Ramón Estomba y La Unión. Hoy es sereno en el molino harinero de Puerto Galván, actual propiedad de la empresa de agronegocios Los Grobo. Juan Carlos ha vuelto a pasar así la mayor parte de su tiempo cerca de las aguas de la ría, a pesar de que su obligación, hoy por hoy, consista en impedir que alguien no autorizado por la compañía llegue hasta ellas.

miércoles, 28 de octubre de 2009

EL PASADO COMO CONSTRUCCIÓN


El 1 de octubre de 1932 comenzaba a funcionar la usina General San Martín, o como la mayoría de los bahienses la conoce, “el Castillo” del puerto. Para celebrarlo, Ferrowhite presenta el próximo sábado a las 18 hs. una réplica (escala 1/100) de este monumental edificio, construida por nuestro amigo y colaborador Héctor Guerreiro.

Desde hace algún tiempo, el museo exhibe, junto a llaves, martillos y tenazas, artefactos que no provienen del pasado ferroportuario, sino que han sido producidos por los propios trabajadores para vincular ese pasado al presente. Esta maqueta continúa esa serie, bajo la idea de que en un museo taller el relato de la historia se convierte también en un acto constructivo. El armado de un castillo en miniatura apunta a tratar de entender cómo funcionaba la usina, al tiempo que nos invita a pensar en su recuperación y futuros usos.

Y decimos “réplica” solo por costumbre. A pesar del cuidado puesto en tantos detalles, esta maqueta no es una reproducción exacta de la realidad. El castillo de Héctor, a diferencia del original, se encuentra sano y estaría en condiciones de ser utilizado si los que transitamos este puerto midiéramos nuestra estatura en milímetros (pero ¿No nos ven así de chiquitos quienes planifican los destinos de este lugar?). Antes que una muestra de lo que ese edificio fue alguna vez, la maqueta de la usina representa un llamado a la acción: nos recuerda, a 77 años de su inauguración, qué castillo queremos.

jueves, 6 de agosto de 2009

PALABRAS CRUZADAS (Y EN EL MUSEO TALLER EL TRABAJO NO SE DETIENE)



Otra instancia del debate, en Un documental en vivo.
Mientras tanto, en el museo taller, el trabajo no se detiene.

martes, 21 de julio de 2009

OH, BAJA EL DEDO DIDACTICO!

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En un artículo publicado hace poco más de una semana en la revista virtual Planta, Lucía Bianco y Luciano Campetella evalúan tres experiencias culturales en comunidades del sur de la provincia de Buenos Aires. Entre ellas se encuentra Archivo White, el proyecto de teatro documental que desarrollamos en el museo.

Dado que discutir en detalle el texto de Lucía y Luciano excede las dimensiones habituales de un post, preparamos una página especial con nuestras notas de lectura, a la que se puede acceder haciendo click acá.
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jueves, 18 de junio de 2009

¿QUÉ ES EL PATRIMONIO?


La mayoría de los objetos que aloja este museo no fueron donados por el -hasta 1992- Ferrocarril Nacional General Roca. Tampoco por los concesionarios privados que vinieron después. Estas cosas están acá, hay que reconocerlo, porque algunos ferroviarios supieron tomarlas del lugar en el que estaban y con, o sin, el visto bueno de sus jefes inmediatos, lograron llevárselas a su casa. A nadie se le ocurriría decir, sin embargo, que las robaron. Estiraron la mano cuando ya se veía cuál iba a ser el destino de la empresa estatal, es decir, cuando fue evidente que el verdadero robo era aquel que ocurría con firma de ministro y a la vista de todos. Es cierto, no todo el que se llevó algo lo trajo al museo después -hay demasiados faroles de guarda adornando quinchos y fogones-, pero también es cierto que si en el museo no exhibimos una locomotora se debe, en definitiva, a que nadie encontró la manera de hacerla caber en un bolso. Al menos por ahora.

Una de mis primeras tareas en Ferrowhite consistió en acompañar a Cristian Peralta y a Adolfo Repetti en busca de un lote de herramientas arrumbado en el Hotel de Inmigrantes de calle Saavedra. Me acuerdo porque traerlas costó. Esos fierros pesaban. Fue durante una de aquellas excursiones que ayudando a cargar una bigornia sobre la camioneta de la Delegación, sentí por primera vez el dolor de cintura que cada tanto me recuerda la trágica obviedad de que no seremos jóvenes ni estaremos vivos para siempre. La bigornia podría haber terminado en una fundición y mi cintura, junto con mi sentimiento de eternidad, hubieran permanecido a salvo, al menos por un tiempo. Pero no, vino a parar acá. TAN, TAN, TAN, martillan con empeño los chicos de las escuelas que Ana guía. TAN, TAN, TAN, los visitantes domingueros que llegan al museo para descubrirse mortales. Y acaso resultó así porque quienes en los años noventa lograban la pequeña proeza de robarle al ladrón, entendían además que la porción escamoteada del botín no formaba parte exclusiva de su interés o memoria personal, sino que funcionaba también como el nexo necesario con una historia considerablemente más amplia.





En una Argentina en la que el significado de “lo público” sufría un giro tenebroso, en la que el desguace de la empresa ferroviaria estatal se llevaba a cabo -esto también hay que decirlo- con la anuencia de buena parte de la "familia ferroviaria" y la abierta complicidad de sus cúpulas sindicales, ferroviarios como Adolfo Repetti nos dejaban, con su tesoro, una pregunta difícil de responder: ¿De qué somos dueños en este lugar? Pregunta complicada, porque en tanto sobre los objetos sí se puede, sobre el interrogante no parece posible colgar ninguna etiqueta de inventario. De su vitalidad, se me ocurre, depende el modesto potencial político de este museo estatal. De la capacidad de bocetar lo común a partir de cuestionar el destino supuesto, el descontado natural reparto de los bienes producidos por nuestra sociedad.

Lo digo por si alguien todavía no lo notó: algunas de las llaves de locomotora que Pedro Caballero saca del depósito de Ferrowhite para contar su vida, se parecen mucho, pero mucho, a signos de pregunta.

martes, 17 de marzo de 2009

ANTEANOCHE



La verdad, no esperábamos un día tan feo.

Pero tampoco esperábamos que Hugo Llera nos regalara una parrilla, ni que Roberto Firpo trajera consigo una mesa para ubicar sobre el césped prolijo del parque, ni que su padre Luis, último jefe del taller que ahora ocupa el museo, preparara un pollo para comer ahí mismo con sus amigos. Tampoco teníamos previsto ver tantas reposeras, o el video que el maquinista Iván Juárez armó contando la travesía en zorra de octubre pasado, y menos que menos el entusiasmo de las más de 2000 personas que llegaron para quedarse con nosotros mucho más tiempo de lo que el tiempo permitía.

A pesar de unas cuantas cosas que no pudimos prever, pero también en razón de muchas otras que tampoco, la Noche en la Rambla no fue exactamente un "espectáculo redondo" sino un hecho que resulta significativamente más complejo de nominar, aunque la palabra “fiesta” quizás no suene, en este caso, tan fuera de lugar.

lunes, 9 de marzo de 2009

lunes, 2 de marzo de 2009

VAMOS A LA PLAYA

TRAÉ TU REPOSERA

UNA NOCHE EN LA RAMBLA DE ARRIETA

¿Mar del Plata? ¿Pinamar? ¿Punta del Este? Ferrowhite te invita a despedir el verano en La Rambla de Arrieta.

En el año 34, el intendente Agustín de Arrieta proyectó un balneario popular junto al barrio Bulevar Juan B. Justo, donde hoy se encuentran la central termoeléctrica Luis Piedrabuena y la trasnacional cerealera Toepfer. En la postal que soñó Arrieta conviven sin conflicto aparente barcos cerealeros, una central eléctrica, sombrillas, lanchas de pesca... Eran años de riqueza portuaria, de trabajo abundante, en los que era posible imaginar unas justas y necesarias vacaciones obreras. Aunque el proyecto de Arrieta nunca se concretó, parte de aquel sector costero fue siempre para los vecinos del Bulevar, de White y Villa Rosas, el balneario de la usina.

El puerto, cómo no, sigue generando riqueza, aunque el trabajo ya no es tanto ni es el mismo, de los balnearios que supo haber en la costa (Atlántico, Colón, Galván…) sólo quedan recuerdos y los sueños de Arrieta son papel pintado. Sin embargo, por una noche, La Rambla se materializa. Por una noche hay playa entre terminales cerealeras trasnacionales y ruinas de industrias de no tan antigua data. Tejo y polietileno, sombrillas y soja, música y gasoducto: no es la Costa Azul, no es Aruba ni Acapulco, no es una playa para soñar que vivimos en otra realidad, sino para tener más claro qué realidad es esta que nos toca vivir.


Los Otero veraneando junto al castillo.

El evento incluirá bandas en vivo, vestuarios de supervivencia, simulacros de playa, acrobacia aérea, tejo, magia y choripán, y una nueva presentación de la fonoplatea de Pedro Fontana Reyes.
Participan Malena Corte, el grupo 36 veces, Elsa Manuel, Fernando D’amico, Sara Straccio, Marita Policano, Né Perín, Itatí Valdez, Fusa y Sol Garcia, Pedro Fontana Reyes, Brian, Candela, Carlos, Maira, Marilyn, Micaela, Natacha y Stefi de la Escuela 21, los magos Galo y Pablo, el grupo de acrobacia “Fuera de código”, las bandas “Después vemos”, “Suena” y “Los Tiburones de la ría” y, claro, el equipo de Ferrowhite.



En el marco de La Noche de los Museos 2009, el sábado 14 de marzo, de 20 hs. a 24 hs.

jueves, 2 de octubre de 2008

GRAN INAUGURACIÓN

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El próximo sábado 4 de octubre, a las 19 hs., Ferrowhite celebra un nuevo aniversario de la localidad portuaria, con un corte de cintas que dará por inaugurada una réplica de la Estación Ingeniero White, construida por el ferroviario Ernesto Micucci.

El 22 de diciembre de 1991, un incendio devoró el edificio de chapa y madera de la Estación White original. Dicha construcción, levantada por los obreros del Ferrocarril Sud en 1900, sirvió durante décadas al paso de los trenes locales que unían Bahía Blanca con el puerto.

Ernesto Micucci, quien trabajó como mensajero en la mencionada estación entre 1961 y 1968, lleva más de dos años componiendo esta miniatura, en cuya confección utilizó tablas de pinotea de su propia casa.

Con este encuentro, Ferrowhite continúa su indagación en torno a las prácticas documentales que, acerca de la historia del ferrocarril y el puerto, llevan adelante los propios trabajadores: cajas de vino que se convierten en un buque archivo; latas de arvejas, luces de navidad y tablas de pinotea que reconstruyen una estación perdida; el garage o el living de una casa transformados en laboratorios de la memoria colectiva.

Ese día presentaremos, además, la balanza de encomiendas (marca "Indargo", para 1000 kilos), que la Escuela Técnica nº 1 guardó por años, y que Gustavo Monacci y Silvia Gattari, junto a un grupo de chicos del barrio Loma Paraguaya, restauraron en el marco del "Taller de los Miércoles".

El encuentro contará con la presencia del dúo de bandoneones Amado - Mansilla y se invitará a los asistentes a compartir una picada ferroviaria.

domingo, 28 de septiembre de 2008

ESTACIÓN MICUCCI

Este fin de semana en el museo celebramos un nuevo aniversario del puerto y el pueblo de Ingeniero White, presentando la estación ferroviaria que el whitense Ernesto Micucci construyó con materiales de su propio patio, réplica en miniatura de aquella que se quemó hace ya 17 años.


Conocemos la estación Garro, o lo que queda de ella. Pero ¿Dónde está la estación ferroviaria Ingeniero White? ¿Como es posible que un puerto atravesado por tantas vías no tenga una estación con su nombre? En realidad, la estación existió. Y no fue hace tanto. Ernesto Micucci la recuerda, con tanta firmeza y esmero, que decidió reconstruirla, hasta el último detalle, en el living de su casa.

“¿Cómo me puse a a hacer esto? Yo trabajé en la estación, del año 61 al 68. Tenía quince años cuando entré. Catorce para quince. Mensajero en la estación de White."

En su tarea, Ernesto enfrenta dos problemas capitales. Por un lado, el edificio que su maqueta debe reproducir ya no existe. El 21 de diciembre de 1991, un incendio devoró la construcción de chapa y madera que los obreros del Ferrocarril Sud habían levantado allá por 1900. Por el otro, él no se atreve ni siquiera a acercarse al lugar en donde estaba.

“Cuando me largué a hacer la maqueta quería ir a medir la plataforma, y pasaba y pasaba y pasaba y no podía medir. Sinceramente, después del incendio no pude ir ni a ver la estación. Había un choque. Un rechazo. Llegaba hasta el mástil y para atrás.”

Micucci me muestra las fotocopias de algunas fotos que le prestó un amigo bombero. En ellas pueden verse nubes de humo, chapas retorcidas como papelitos y un montón de rostros incrédulos, pero la estación no. Si Ernesto fuera un artista, cosa que ninguno de sus amigos duda, la manera que encontró de resolver esta doble dificultad podría ser bautizada el "procedimiento Micucci". Aunque parezca imposible, Ernesto construye su flamante estación desde adentro de la vieja. Él no se anima a pararse ante la estación que ya no existe pero, cerrando los ojos, puede volver a estar adentro de la que alguna vez existió.

“Empecé a hacer un dibujo de memoria... y después caminaba. En casa, yo me contaba los pasos. Decía: la oficina de carga tenía más o menos así, y caminaba diez metros por, que sé yo, doce. Iba contando, uno, dos, tres, miraba la distancia y ahí estaba el armario y atrás del armario, yo sabía, quedaban otros cuatro metros… así se fue haciendo esta estación.”

Desafiando su ansiedad ("y la paciencia de mi señora"), la nueva Estación Ingeniero White lleva más de dos años en obra. A medida que crece va mudando de lugar. De la piecita de atrás fue a parar a la cocina, y de ahí al living. Es que su construcción no parece responder a un plan previo, a esa visión anticipada del conjunto propia del pensamiento proyectual. El "procedimiento Micucci", diría un aprendíz de linguísta, opera  por metonímia. Una cosa lleva a la otra. La aparición de la mesa del jefe revela de pronto la ausencia de las sillas. El carro valijero convoca a la balanza de encomiendas. Ahora, dice Ernesto, solo faltan el tren, las vías, más allá la arboleda... La maqueta se expande como un pequeño imperio. Es el sigiloso desembarco de un mundo en otro que, ¿lo habíamos olvidado?, son el mismo.

“De Luca, Girotti, Mauri, Belmonte, Rossi, Cayaranzo, Bedovaldi, Casiali, De Palma, Sánchez, Manzano, Bocca, Morán, Oliva, Toch, Perez, Santucci, Dáas, Scabarda, Ríos, Faillá, Tauro, Marzulo, Seijas, Vicente, ¿Quién más estaba? En la estación había mucha gente. Eramos casi 100.”

La miniatura no es la representación de un pasado ideal, y por tanto aislado, sino una manera de empezar a configurar, a través de la historia personal, un relato colectivo. Otra manera de comprobar que la historia de uno solo de los habitantes de este pueblo, de uno solo de los empleados de aquel ferrocarril, implica siempre, al mismo tiempo, la de todos nosotros.

"Esto lo hice en un momento bravo. Estaba sin trabajo y accidentado, me había quebrado, no tenía trabajo, así que estaba con tiempo, en casa, y digo, ¿Qué hago?”

Entre la estación que recuerda y la circunstancia que lo llevó a reconstruírla, está la extensa historia de trabajo de Ernesto. Los tiempos buenos y los malos. El primer empleo formal en el ferrocarril, los años en YPF -"donde también eramos muchos"-, las desventuras, ya en los 90, como distribuidor de pilas y hojitas de afeitar, las changas como pintor, el desempleo, el actual patrón, la jubilación para la que solo faltan "367 días".

Escuchar a Ernesto implica empezar a hacer propio su "procedimiento", la manera en que este vecino intenta materializar su punto de vista sobre la historia común a través del artefacto que construye. Es a partir de prácticas como la suya que Ferrowhite se reconoce como un "museo taller".

En estos años, Ernesto no tuvo que ir muy lejos para encontrar los materiales apropiados para su obra.

“La base es el esqueleto de un cajón. La chapa acanalada son latitas de arvejas, los laterales y el techo están hechos de pinotea, algunas tablas de esta casa que desarmé en una reforma, pinotea centenaria como la estación.”

Incluso si intenta disimularlos, el bricoleur sabe que es imposible borrar la huellas de los materiales a partir de los que trabaja.  En las tablas de pinotea, Ernesto encontró no solo la materia prima para dar forma a sus recuerdos, sino además la definición más simple de lo que una estación de trenes pudo, alguna vez, ser: "una estación ferroviaria es una casa".

"Cuando me fui dejé un cartel en el sector encomiendas: «ganamos poco pero nos divertimos mucho». Se debe haber quemado con el incendio también, pero está acá: [Ernesto Micucci levanta el techo desmontable de su maqueta, y señala con el dedo el interior de una de las habitaciones, me inclino]
¿Ves?.”


lunes, 28 de julio de 2008

INSTRUCCIONES PARA DESARMAR UNA BOMBA

Esta es la bomba de vacío de una locomotora Baldwin Lima Hamilton.


La encontró Pedro Caballero en una de sus visitas al Taller Maldonado. Con ayuda de algunos de sus ex compañeros, la trajimos hasta el parque de la usina y allí la encontraron Laura, Brian, Janet, Luciano, María, Ezequiel, Natalia, Magalí y Lucila, los chicos de Loma Paraguaya, en su primera visita al museo.

La bomba es un dispositivo misterioso. En primer lugar, porque lo que produce no es alguna cosa, sino la ausencia de esa cosa. En segundo, porque el vacío, la "nada" que fabrica, lejos de representar una disminución, es capaz de desencadenar una potencia formidable. La fuerza suficiente para frenar un tren.

En Ferrowhite tenemos la sospecha de que desarmando la bomba con los chicos lo que también se desarma y somete a revisión es la operación por la cual el museo transforma un objeto en parte de una historia. Lo que nos preguntamos es si los museos no funcionan a veces como la bomba de vacío, produciendo en su interior una atmósfera enrarecida en la que sería posible percibir determinados objetos al margen de sus relaciones con el mundo presente. Blindadas, herméticas, selladas al vacío, así son las vitrinas que cumplen con las normas de conservación más exigentes. Lo que el museo entendido como bomba de vacío produce, paradójicamente o no, es la ilusión de un pasado completo, capturado en el orden satisfecho de una colección, en el sentido concluso de un relato.

Trabajar con la bomba de vacío de la Baldwin implicaría, entonces, un intento de desactivar, desde adentro, esa otra bomba. O mejor: un intento de alterar su funcionamiento, de activar su mecanismo en otra dirección. Cuando, frente a la bomba de vacío de la Baldwin, Janet pregunta “¿Dónde está el resto de la locomotora?”, cuando junto a los chicos de Loma nos preguntamos ¿De verdad había una estación de trenes en Loma Paraguaya?, algo en el interior del dispositivo museo cruje. El museo ferroviario deja de estar organizado en torno a los objetos que posee, para pasar a estarlo también, y sobretodo, alrededor de aquellos que, por precisas razones históricas, faltan.

Lo que dice Ana:

La pieza testimonia el desguace, la desaparición de la locomotora, y de gran parte del ferrocarril en nuestra zona; pero en un museo taller, el llegar a exhibirla requiere y al mismo tiempo permite la reinvención de un vínculo, de muchos vínculos: abre la posiblidad del encuentro de personas muy distintas en torno a una historia que hasta ese momento quizás desconocíamos como común.

martes, 10 de junio de 2008

SÚBETE A MI BARCO

La botadura de un barco es siempre un acontecimiento significativo, de modo que para darle el marco que se merece a la "botadura" del Ingeniero White, el sábado 14 de junio a las 19 hs. Ferrowhite estrena su fonoplatea con el esperado regreso a los micrófonos de Pedro Fontana Reyes, la voz cordial y amiga del éter whitense. Quien fuera celebrado en la pileta de Comercial cuando anunciaba los estrenos del conjunto de teatro de Giannetto Benavigna, o la programación de los cines Monumental y Jockey Club, o las palabras de El Arca de Noé (Una ciudad se ha perdido en el desierto / Partirá, la nave partirá...) en versión de Iva Zanicchi, se encuentra en pleno proceso de ensayo y programación musical junto a Natalia Martirena y Ana Miravalles, para ofrecer una velada inolvidable.

'INGENIERO WHITE' SE HACE A LA MAR

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Mientras el Excelsior se dedica a convertir en gas su carga, y los argumentos a favor y en contra van levantando presión, en Ferrowhite se prepara la botadura del Ingeniero White, el buque que Roberto Bocha Conte construyó a partir de decenas de envases tetra brick, y que realiza la operación inversa: convierte algo tan intangible como la memoria de un pueblo en una sólida carga de contenedores.
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